En la patria del miedo, donde el sol era un castigo,
nuestras almas orbitaban sin saber de su existencia;
la ley que, no solo, sentenciaba al tirano y al enemigo,
y las voces en pantallas desafiando la ciega obediencia.
El destierro nos unió en la frontera del espanto,
dos naufragios compartiendo el camastro del olvido,
allí donde la jueza se deshizo en su propio llanto
y la joven creadora vio su lienzo destruido.
Habías sido la ley, la toga, el verbo severo,
yo era el destello fugaz en la red, la imagen prohibida,
pero en la noche del norte, bajo el invierno extranjero,
fuimos solo dos cuerpos buscando la vida.
Se desvanece el pasado cuando tus manos maduras,
que una vez firmaron actas de justicia y de condena,
recorren hoy mis hombros, deshaciendo las costuras
de este miedo ancestral que aún nos encadena.
Me despojas del velo que el tirano imponía,
con una calma trágica, con dedos que tiemblan,
en el roce contenido de tu boca en la mía
se borran los escombros que las calles contemplan.
Tu piel tiene el aroma del cardamomo y los años,
la mía es el lamento de una juventud truncada,
nos amamos despacio, como dos extraños
que se salvan del abismo en una cama prestada.
Hay un erotismo sutil en tu espalda desnuda,
un gemido que callas por la culpa del que huye,
mientras fuera la nieve cae blanca y muda,
adentro el deseo nos reconstruye.
Es trágico este fuego que en el pecho nos quema,
saber que somos libres en el lecho del exilio,
mientras nuestra patria sangra en su propio poema
y nosotras nos amamos... al borde del delirio.
¡De las sombras de Kabul al hielo de Alberta, el dolor mutó en refugio, y el silencio en un fuego compartido!
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Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de julio de 2026 a las 12:02
- Categoría: Amor
- Lecturas: 5

Offline)
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