Donde el sol dejo de salir

Yeoreum

Las personas hablaban de un frío capaz de adormecer la piel y quebrar los huesos. Yo solo asentía en silencio. ¿Cómo podía sentir el invierno quien llevaba dentro un paisaje donde hacía años que el sol había dejado de salir?

 

Cada amanecer encontraba un nuevo rincón de mi alma desmoronándose. Era como contemplar una casa antigua que, sin hacer ruido, se derrumba ladrillo a ladrillo mientras todos siguen caminando como si nada ocurriera.

 

Las palabras ajenas no solo herían; echaban raíces. Permanecían en mi interior, creciendo lentamente hasta convertir mis pensamientos en un bosque donde la esperanza apenas encontraba un rayo de luz.

 

Había días en los que respirar era semejante a intentar llenar de aire unos pulmones hechos de piedra. No era el cansancio del cuerpo, sino el agotamiento de un corazón que llevaba demasiado tiempo luchando una batalla que nadie podía ver.

 

La pregunta que más me perseguía no era quién era, sino quién habría sido si el miedo, la culpa y la tristeza no hubieran aprendido a pronunciar mi nombre antes que yo misma.

 

Mi habitación terminó pareciéndose a mi mente: silenciosa, inmóvil y cubierta por una penumbra que parecía alimentarse de cada pensamiento. Allí el tiempo no avanzaba; simplemente se acumulaba sobre mis hombros como polvo olvidado.

 

Y, sin embargo, cada noche buscaba la luna. Extendía la mano hacia ella sabiendo que jamás podría alcanzarla. No porque estuviera demasiado lejos, sino porque había comenzado a creer que algunas cosas hermosas solo existen para recordarnos la distancia que nos separa de aquello que anhelamos.

 

Aun así, seguía levantando la vista. Porque, incluso cuando el corazón aprende a convivir con la oscuridad, siempre conserva la absurda esperanza de que una pequeña luz decida quedarse un instante más.

  • Autor: Yeoreum (Offline Offline)
  • Publicado: 3 de julio de 2026 a las 05:14
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 5
  • Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z.


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