Alianza con el mar
Hundir los pies en la arena después del golpe de la ola
es aprender a pertenecer sin resistencia.
No es caída:
es una forma de conocimiento.
Hundirlos, sobre todo,
para percibir el goteo invisible del aire,
esa humedad que no pertenece al agua
ni a la tierra,
sino al instante en que ambas se reconocen.
La arena conserva una mansedumbre imaginaria,
como si la materia soñara con ser miel
antes de endurecerse en su forma de mundo.
Allí, bajo el borde del mar,
los peces trazan sus rutas extrañas,
dibujando un pensamiento sin lenguaje
en la profundidad del agua.
El cuerpo queda impregnado de mar.
No como aroma,
sino como permanencia.
Caracolas crecen en la visión soberana del aire,
enredaderas de labios oscuros
que parecen hablar desde un origen vegetal del deseo.
Hundir los ojos es otra forma de entrar.
Buscar el aire en ti,
desazonar la enredadera con vehemencia,
encrespar el ansia en los frutos
hasta que el deseo se vuelva materia respirable.
Me encomiendo a los torrentes marinos
como quien confía su nombre
a una fuerza anterior al lenguaje.
Mar casi azul,
como el abril contenido en tus manos
cuando las hundes en el sueño de la arena.
Todo en este paisaje es lejano y cercano a la vez,
como si la distancia fuera una forma del tacto.
Me inclino hacia la azucena
con un bocado amargo de aire.
Y en esa amargura
el mundo se vuelve más real.
Me robustece la ola solitaria,
la que insiste sin compañía
en este lugar sostenido por palmeras
que parecen custodiar el tiempo.
Amargo monte.
Sombra que remunera mi voz.
Acento maternal de los verdores
que entibia el cielo hasta hacerlo redondo, respirable.
Fisonomía de frutales que altera el viento,
vaivenes de barca en una dispersión submarina
donde todo lo sólido aprende a oscilar.
Hundirse en la ola
es buscar una alianza antigua con lo indomable,
ser rehén oculto entre las arenas
y al mismo tiempo
pertenecer al movimiento del mundo.
Las horas se pierden en el día
como si el tiempo no supiera sostener su propio peso.
Las nubes atraviesan el cielo
como si el cielo fuera un cuerpo que camina.
La luz avanza en el río
sin pedir permiso a la orilla.
El tiempo se pierde en un abrir y cerrar de ojos,
y en ese parpadeo
el sol nace en los surcos del agua
con los tobillos hundidos en la tierra del mundo.
El roble rodea las miradas
como si la memoria tuviera forma de árbol.
El cielo se pierde en la vereda de la luna,
y el viento toca el rostro
con flechas que no hieren: revelan.
Desde el agua del río
que brilla como una herida luminosa,
el tiempo se parte en días y horas,
como si la luz tuviera su propia manera de fragmentarse.
El rostro se enciende
con la llama de la luz entre los dedos,
y todo lo visible
parece a punto de decir algo
que aún no encuentra boca.
Busco el comienzo del día en las montañas.
Lo palpable tiene tu nombre escondido en su centro,
como si la materia te recordara
antes de volverse forma.
Y busco esa imagen sin detenerme,
como quien sabe
que lo único real
es aquello que aún insiste en ser buscado.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 3 de julio de 2026 a las 00:03
- Categoría: Amor
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Lualpri, alicia perez hernandez
- En colecciones: Poemas de amor.

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