Denunciando a una silla que no pertenece a ningún salón.

JordiCris

 
 
Quizás es que iba para trono, pero no bastó la madera, o se la llevaron toda.
 
Me siento. No para descansar, sino para conversar con las hormigas que transportan catedrales invisibles mientras los ministros inauguran paraguas para protegerse del sol de medianoche. Y empiezo a escribir sin papel ni pluma, pero ligero…
 
Desde aquí practico
la amable irreverencia:
 
Saludando con una reverencia exagerada a la silla y a los relojes que llegan tarde a sus propias órdenes mientras que le ofrezco té a los decretos señoriales a los que se les enfrían las mayúsculas mientras pierden los acentos en las telarañas de discursos llenos de palabras vacías.
 
Luego, limpio el polvo de la silla y las estatuas para que descubran avergonzadas que son también figuras hechas de barro, aunque ahora son de fango seco, y, que no salieron de ninguna costilla, sino del cincel de algún demiurgo o artista que pensó en poner belleza en un lugar tan feo y tan triste como la cámara de las descalificaciones, bulos y acusaciones de, ¡y tú más!
 
Después cultivo
la educada discrepancia:
 
Digo "quizá", con la precisión de un relámpago cediéndole el paso al dogma para observar cómo este tropieza torpe consigo mismo siguiendo los cantos de sirenas, que no lo son, pues son las voces de sus propios amos y las soflamas de las masas enardecidas antes de chocar con las rocas de la razón. Y en estas, un público inesperado, milenario y de clorofila me da la razón corrigiendo.
 
Aplaudo en silencio a los árboles cuando corrigen con la sabiduría de la simpleza que dan los milenios, sin levantar apenas la voz, susurrándole a los discursos de cemento y hormigón armado esperando que alguien sepa leer sus correcciones hechas en el lenguaje universal del tiempo. El del sentido común.
 
Nadie se siente ofendido.
 
Excepto el poder, que tiene la epidermis de piel de cebolla o cristal de Bohemia y confunde cualquier pregunta o argumento con una bandada de martillos alados o de flechas punzantes que han de revertir con escudos hechos de mentiras y lorigas de manipulaciones. Tienen miedo a la verdad porque siempre se casaron con la mentira. Ya pocos les creen, excepto los ciegos y sordos cuyas vendas no dejan traspasar la luz para iluminarlos.
 
Entonces llega
la combativa denuncia:
 
No grita, sino que abre todas las ventanas del océano para que entre el tiburón a declarar sobre la espalda del viento todos los nombres que la tinta oficial esconde debajo de las sucias alfombras de palacios, Congresos, Senados, ayuntamientos y entes públicos, otrora impúdicos, mientras declara: No sé, no me consta, no recuerdo, no era mi responsabilidad, yo confiaba en, y, solo soy un escualo que habla, aunque no sé lo que digo. Y el pez que lo denunció sale derrotado por la ventana abierta luciendo en sus escamas de plata otra cicatriz.
 
Y yo, que siempre ando con brújulas en los bolsillos de quienes aprendieron a caminar mirando hacia adelante, buscando el cielo, el sol, las estrellas y los paisajes de colores perfumados, que, no son espacios ficticios ni salones bucólicos decorados en grises y negro como sus almas y trajes, entonces, hago la pregunta molestando o dejando la reflexión que induce a la sospecha incómoda como una “china” dentro del zapato.
 
Y el poder, ese gigante tan alto, titánico, descubre de pronto que, aquella simple silla no era su trono y que de repente es una molesta montaña y, que, un gesto cortés vale más que miles de sus palabras, y, que este, el gesto pequeño, puede llegar a desordenar y derrotar a un imperio. Qué una sonrisa sin permiso es, a veces, un animal imposible de domesticar. Así se dan cuenta de que sus pies de gigante no son pedestales de mármol, sino que son de barro en realidad. Entonces la duda los tambalea. Y yo…
 
Sigo sentado, callado,
escuchando y observando…
 
No por miedo ni obediencia, sino porque desde esta inmovilidad fértil los pájaros libres redactan constituciones para las nubes mientras que las cucharas alimentan el hambre de justicia con piedras, y, cuando nadie las ve, ensayan la antigua costumbre de convertir las piedras en pepitas de oro que otros harán suyas para comprar voluntades y mentiras morales y éticas. Y yo soy testigo.
 
Pero permanezco sentado,
solo, pero bien acompañado:
 
Conmigo mismo y con mi amable irreverencia que charla con la educada discrepancia en un debate de combativa denuncia como quien sostiene una vela que no pretende incendiar la noche, pero, que, sí me recuerda obstinadamente que toda oscuridad se rompe con un pequeño atisbo o haz de luz, y eso, pretenden ser apenas mis opiniones de fuego.
 
Resultado:
 
¡Gritos en el desierto! Nadie escucha sino los cantos de sirenas. Soy un absurdo soñador, un poeta frustrado que como bardo desafinado me siento obligado a cantar mis propios Goliardos pensando en que podré remover alguna conciencia, alguna montaña; pero, la verdad es que, no sé si es porque soy un cándido soñador o por mi ego desmesurado que…, ¡Iluso de mí! Veo como mi voz y mis notas se las lleva el viento como plumas agitadas. Aun así, desafinando, no dejo cantar. Y me quedo solo denunciando a una silla que no pertenece a ningún salón.
 
 

@JordiCris Derechos de autor reservados©

Mi poesía / Serie poemas críticos.

Poema N.º 2

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  • Autor: CRISPÍN (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 2 de julio de 2026 a las 05:19
  • Comentario del autor sobre el poema: Poema surrealista y crítico con el poder político, la corrupción simbolizados en una poltrona, otrora silla, porque el poder nunca fue ni tuvo un trono.
  • Categoría: Sociopolítico
  • Lecturas: 3
  • En colecciones: Serie \\\"Mi poesía\\\".


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