Espiral del sueño

José Honorio Martínez Ochoa

Espiral del sueño

 

Algo sucede en la espiral de mi sueño…
no es un acontecimiento,
sino una fisura de la realidad
por donde respira el aire.

Hay un soplo de nube
sosteniendo la forma inestable del mundo,
y una sombra de olas
que se vuelve geometría en los pianos del silencio,
como si la música recordara el mar
antes de ser sonido.

¿Cómo decir que hay aire en mi sueño?
No como sustancia,
sino como presencia que atraviesa
lo que todavía no ha nacido.

Sombra de la luna.
Trémulos pájaros entre flores.
Escala de silencio descendiendo lentamente
hasta el centro del pecho.

El cielo derrama estrellas
como si se deshiciera de su peso antiguo.
Los relámpagos, diáfanos,
tocan unos labios
donde el mundo aprende a decir su fragilidad.

Frente a mi rostro, tu rostro impávido,
no como imagen,
sino como interrogación suspendida
en la orilla del tiempo.

En la orilla del mar
una lluvia finge nostalgia,
como si recordar fuera una forma del agua.

Fuentes de humo.
Roces del puño contra la herida del aire.
Y un collar que pende del cuello del sueño
como si el cuerpo aún buscara su centro.

Respiro la alegría y la soledad al mismo tiempo.
Se incendia en el alma el signo de la imagen
y todo lo que veo
empieza a convertirse en escritura.

Algo sucede en la espiral de mi sueño…
y el sueño vuelve a abrirse.

Los sueños del tiempo rasgan mi boca.
Toco el corazón con la semilla del aliento,
y en esa semilla
arde el polvo,
arde el fuego oculto de los frutos.

Leer en tu mano el mediodía del amor
es reconocer que la luz también tiene destino.

El corazón posee su atributo victorioso:
persistir en medio del derrumbe de las formas.

La mirada se funde bajo la explosión de la semilla,
y yo me difundo en ti
como un prado que no conoce su borde.

En estas horas
la claridad del crepúsculo resbala
sobre el mundo
y permite navegar el río
donde el agua no solo fluye:
también hiere la roca,
la revela.

El mar se altera con la cabellera de la luna
y perfuma la distancia
con una dolencia antigua de añoranza.

Aire de garza:
donde vuela el pensamiento
como presagio de besos sustanciales
que todavía no encuentran cuerpo.

Se deshoja el corazón
bajo la certidumbre del fruto,
como si la vida fuera una mazorca de cacao
abriéndose en su propio misterio.

Necesito una florida virtud,
una forma de permanecer en la luz
sin romperla.

Y entonces me voy un instante de mí mismo,
me voy con la abundancia de una palmera,
con el movimiento alto del sueño
que aún no termina de caer.

Debajo del agua de mi mar
brota tu imagen.

No emerge: nace.
Llega con una porción de aire
que parece caricia antigua de la geografía,
gota de vida suspendida en el origen.

Aguardo con mi cielo, mi luz, mi boca.
Todo en mí se vuelve umbral.

Reposo en el manantial
donde tu mirada convoca la frescura del mundo,
lentejuela de primavera,
principio de toda voluntad posible,
agua de mis labios
donde se esconden peces de luz.

Emisión de verde.
Selva de escritura.
Ejercicio de la paz en la sombra.
Cuerpo de ramas,
tiempo de los deseos.

Tu brillo enarbola el cabello del mundo
y tu alma, en su caída serena,
se vuelve sol de pureza sobre mí.

Me torno en ti sin resistencia,
con la tentación de tu mirada como único destino.

Y el remo de mi ser avanza
entre moléculas celestes,
como si el universo fuera un cuerpo de agua
aprendiendo a reconocerse.

Alborea lo sobrenatural del limo,
la revelación del mar tranquilo
bajo la tibieza de las olas.

Todo es fantasía de flores,
vocación de sonrisas,
y en ese borde
donde el sueño ya no distingue su origen,
permanece lo único real:

la intensidad de lo que aún no tiene forma,
pero ya nos está llamando.

 

 

 

 

 

 

 

 

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