La Historiadora villana - capitulo 22

Luciernaga 30

Las miradas de ambas jóvenes se llenaron de asombro y emoción; apenas podían creer lo que veían y sentían. Pero esa admiración duró muy poco. Las nubes cubrieron casi todo el cielo en cuestión de minutos, los truenos retumbaron con fuerza y el viento comenzó a rugir con violencia en lo alto del acantilado. Sin previo aviso, la lluvia cayó con furia, acompañada de relámpagos y estruendos. Todo se puso en su contra: no era un lugar seguro, el miedo se les metió hasta los huesos y una sensación de peligro inminente dominó el sitio.

 

Elena: —¡Oh, no! Esto no es nada bueno. Tenemos que irnos ya, ¡rápido!

 

Dania permanecía inmóvil, con la mirada perdida y presa del pánico. Solo reaccionó cuando Elena la tomó del brazo con fuerza y la arrastró hacia el bosque para regresar. Pero se llevaron una gran sorpresa: el camino de vuelta había desaparecido. La lluvia había provocado un deslizamiento de tierra que bloqueaba todo paso; no había forma de cruzar hacia el otro lado. Aterrorizadas, decidieron subir con la esperanza de encontrar el sendero habilitado, pero también se toparon con un muro de tierra y rocas.

 

Elena: —¡Ahhh, no puede ser! ¿Y ahora qué hacemos? —gritó desesperada.

 

Dania: —Lo siento mucho... es mi culpa que estemos aquí —respondió con voz temblorosa.

 

Elena: —No es momento de buscar culpables. Eso lo hablaremos cuando estemos a salvo. Ahora hay que pensar.

 

Dania: —Tienes razón... ¿Deberíamos volver y bajar por lo que queda del borde del acantilado?

 

Elena: —Ni se te ocurra, es la opción más peligrosa de todas.

 

Dania: —Más peligroso es quedarnos aquí quietas y esperar que ese deslizamiento avance y nos cubra por completo. ¿No lo crees así?

 

Elena: —A veces no sé si finges ser despistada o lo haces a propósito para ponerme de los nervios —replicó Elena, impaciente.

 

Dania solo asintió, con una mueca resignada. Sin más opciones, decidieron bajar avanzando poco a poco por el borde del peñasco. Lograron llegar a una zona más llana donde podían seguir, aunque la tormenta no daba tregua. Sabían que lo mejor era cruzar esa planicie cuanto antes para intentar retomar el camino seguro.

 

Sin embargo, cuando iban por la mitad, otro deslizamiento las obligó a correr cuesta abajo con mayor desesperación. En la confusión, Dania agarró fuerte la mano de Elena y ambas cayeron por una pendiente de unos cinco metros, rodando hasta detenerse abajo; Dania se esforzó por cubrirla con su cuerpo para protegerla.

 

Cuando por fin dejaron de girar, Elena se levantó de golpe mirando a su alrededor: estaban aún más perdidas y no sabía qué hacer. De pronto, escuchó un pitido agudo. Al buscar entre sus cosas, vio que el dispositivo de emergencia se había activado por el golpe. Mientras tanto, Dania seguía en el suelo, gimiendo de dolor: al caer se había torcido gravemente el pie.

 

Elena: —¡Diablos! ¿Qué hago ahora? ¿Cómo se apaga esto? —decía intentando desactivarlo.

 

Dania: —¡¿Qué diantres estás haciendo?! —le gritó desde el suelo.

 

Elena: —¡Tenemos que apagarlo rápido! No podemos dejar que nadie sepa dónde estamos ni lo que pasa.

 

Dania: —Dámelo a mí.

 

Tras silenciar la alarma, una voz grabada siguió sonando, indicando que debían dirigirse cuanto antes a la zona segura. Pero Elena ya tenía otra idea en mente: nadie debía enterarse de verdad de su situación. Al darse cuenta de que el dispositivo funcionaba, dedujo que debía haber señal, así que sacó su teléfono y llamó de inmediato.

 

Durante la llamada:

 

Elena: —¿Sr. Daimon? Indíqueme la ubicación exacta del refugio cercano al Sendero de los Apalaches.

 

Sr. Daimon: —Señorita, ese lugar queda en la zona trasera de la propiedad del sector oeste.

 

Elena: —Muy bien. Escuche bien lo que debe hacer... —y comenzó a dar instrucciones precisas.

 

Sr. Daimon: —Entendido, señorita. Se hará tal cual lo pide.

 

 

 

Dania, desde donde estaba, no podía escuchar bien por el dolor que sentía, aunque su curiosidad crecía por momentos: ¿qué estaría tramando Elena? Cuando la vio regresar, dudó si preguntar o simplemente pedir ayuda.

 

Elena: —Bien, ya está todo resuelto. Ahora muévete rápido, ya casi oscurece y no pienso quedarme perdida aquí toda la noche.

 

Dania: —¿De qué hablas? —preguntó confundida y dolida.

 

Elena: —Solo digo que no necesito que esto salga a la luz, o será un problema para ambas.

 

Dania: —Ya sé lo que estás pensando. ¿Te parece poco haberme metido en este lío por mi curiosidad? —respondió en tono burlón y enfadado—. Ahora resulta que tú eres quien manda...

 

Elena: —Iba a decirte que primero debemos revisar ese pie antes de que empeore, pero veo que te encanta hacerte la víctima. Me alegra saber que eres consciente de tus defectos.

 

El rostro de Dania se puso rojo de rabia, aunque no pudo contradecirla: todo era verdad, estaba allí por no saber medir riesgos y por ser demasiado insistente. Prefirió guardar silencio, estiró la mano para ayudarse a levantarse y comenzó a caminar sin decir palabra.

 

Elena: —¿A dónde vas así? —le preguntó detrás de ella.

 

Dania: —A llegar pronto, ¿no era eso lo que querías? —respondió con sequedad.

 

Elena: —Sí, pero no escuchaste bien: ahora me sigues a mí.

 

Dania: —¿Cómo que...? ¿A dónde vamos y por qué por allá? —se sorprendió al ver que tomaba una dirección distinta.

 

Elena: —Solo sé que si seguimos por ahí llegaremos a una cumbre imposible de subir, y los demás caminos ya están cubiertos. Ahora sígueme por aquí y deja que te ayude con el paso.

 

Dania: —Espera un momento... ¿Cómo sabes todo eso?

 

Elena: —Te lo explicaré mientras caminamos, ahora avanza, que se nos hace tarde.

 

Dania logró avanzar apoyándose en el hombro de Elena, pero cada paso se volvía más pesado y agotador. El terreno era rocoso, el camino largo y la tarde comenzaba a teñirse de tonos cálidos: el rojo y el naranja del atardecer se filtraban entre los árboles, mientras la fatiga se hacía sentir con fuerza en sus cuerpos.

 

Dania: —Elena, ya debemos parar. Es mucho el peso y el camino. Deberías seguir tú y dejarme...

 

Elena: —¡No termines esa frase! ¡Jamás te dejaría aquí! Ya hiciste lo suficiente protegiéndome y ahora quieres que te abandone en medio de la nada.

 

Dania: —¡Ya está bien! Solo quería hacerte las cosas más fáciles. Ya casi se acaba el día y seguimos aquí.

 

Elena: —Ah, lo siento por gritarte. Pero calmemos los ánimos, que ya casi llegamos a la zona segura.

 

Dania: —¿Qué...?

 

Elena: —Que ya ha llegado la ayuda —dijo con un suspiro de alivio.

 

De pronto, divisaron una luz a lo lejos y escucharon voces que llamaban a Elena. En cuestión de segundos, un grupo de cinco hombres se acercó a ellas. Al frente venía uno mayor, de aspecto cansado, rostro arrugado y cabello canoso. Se dirigió primero a Elena para comprobar su estado, pero ella solo señaló hacia Dania, pidiendo que dos de ellos se acercaran y, con su permiso, la cargaran con cuidado hasta el lugar donde descansarían.

 

Sin decir mucho más, guiaron a las jóvenes por un sendero oculto que terminaba en una reja, donde un gran letrero advertía: “Zona restringida – Propiedad privada”.

 

A unos diez kilómetros de distancia, se distinguía una cabaña preciosa, iluminada por faroles que brillaban en la oscuridad. Cuanto más se acercaban, más se abrían los ojos de Dania, llena de asombro. Nadie pasó por alto su reacción, y todos se miraron con curiosidad hasta que Elena rompió el silencio.

 

Elena: —¿Dania, ya conoces este lugar? —preguntó con un toque de curiosidad.

 

Dania: —Es real... —fue lo único que logró articular, completamente sorprendida.

 

Elena: —¿De qué hablas? —preguntó, ahora más confundida.

 

Dania: —Perdón, solo estoy asombrada. Hace un tiempo recibí una postal con una imagen idéntica a esta cabaña. Creí que era solo un dibujo, pero al verlo con mis propios ojos, entiendo que hay algo de verdad en todo esto.

 

Elena: —Imposible... Nadie conoce este lugar más que yo... y... ¡Ese maldito Ethan! Ya tendrá que darme explicaciones.

 

Dania: —¿De qué hablas?

 

Elena: —Dime: ¿esa postal venía de parte de Ethan? —preguntó sin rodeos.

 

Dania: —Ehhh... sí, es así —respondió, dudando de si debía decirlo.

 

Elena: —Dios mío... No te preocupes, luego te explico todo. Por ahora entremos y revisemos ese pie.

 

Dania: —Está bien... —respondió, sintiendo un ligero temor al revelar esa información.

 

Una vez dentro de la cabaña, los hombres dejaron a Dania con mucho cuidado sobre un sillón cómodo en la sala de estar.

 

Elena: —Disculpa un poco el desorden. Te presento: él es el señor Daimon Retrich, el cuidador de este lugar. Junto a él están sus dos hijos mayores, Rafael y Damián, y los menores, Federico y Javier.

 

Dania: —Es un placer conocerlos. Soy Dania Torres.

 

Todos respondieron con una reverencia y un saludo respetuoso.

 

Elena: —Rafael es médico, así que revisará tu pie.

 

Dania: —Muchas gracias, pero no quisiera causarles tantas molestias.

 

Rafael: —No se preocupe, señorita, estamos aquí para eso.

 

Dania: —Muy bien, entonces adelante.

 

El joven se acercó, hizo una revisión detallada, acomodó el pie con cuidado y le explicó lo que haría, advirtiéndole que no hiciera movimientos bruscos mientras lo atendía. Al terminar, le puso una venda firme y le recomendó reposo.

 

Con todo lo que había pasado durante el día, Dania se había olvidado por completo de sus padres. De pronto reaccionó, dio un pequeño grito de susto y pidió su teléfono de inmediato para llamarlos. Mientras Rafael terminaba de vendarla, Elena la calmó.

 

Elena: —Tranquila, ¿qué haces?

 

Dania: —¡Tengo que llamar a mis padres! —gritó desesperada.

 

Elena: —No hace falta. El señor Daimon ya se encargó de eso. Descansa.

 

Dania: —¿Qué les dijo? Ellos no son personas que se queden tranquilos con unas pocas palabras.

 

Elena: —La verdad costó convencerlos, pero les explicó que te habías torcido el pie —algo que no está muy lejos de la realidad— y que pasaríamos la noche en mi casa de descanso para que puedas recuperarte y caminar mejor mañana.

 

Dania: —No creo que eso los haya convencido tan fácil.

 

Elena: —Al principio querían venir a buscarte, pero agregó que hacía tiempo no te relajabas y que estábamos revisando libros de mi biblioteca... y eso sí los convenció.

 

Dania: —¡Vaya! ¿Cómo sabías lo de los libros? —preguntó, incrédula.

 

Elena: —No lo sabía, pero lo supuse. Al conversar contigo me di cuenta de las referencias que usas; se nota que te gustan mucho los libros de inspiración, crecimiento personal y autoestima.

 

Dania: —Pareciera que me has leído por completo.

 

Elena: —Un don especial, pero posible.

 

Dania: —Anotado. No quiero llevarme más sorpresas esta noche. Ahora bien, ¿podrías empezar a explicarme cómo conoces este lugar y por qué sabes tanto de todo esto?

 

Elena: —Primero me encargaré de despedir a quienes nos ayudaron. Luego hablaremos de todo lo que falta.

 

Elena salió un momento para despedir a los hombres, pidiéndoles total discreción. Les explicó que sus padres estaban fuera de la ciudad y que su abuela no solía preocuparse demasiado por lo que hacía. Después de despedirse y entregarles las indicaciones para el día siguiente, se quedaron solas por fin.

 

Habían pasado tantas cosas y revelado tantos secretos en un solo día, que Dania sentía que le daba vueltas la cabeza.

Dania: —Ahora que ya no hay nadie más... empieza a hablar. ¿Qué es este lugar en realidad? ¿Y por qué mencionaste a Ethan de esa forma? —preguntó sin rodeos, mirándola fijamente.

 

Elena: —Respira, que no te voy a ocultar nada más. Esta cabaña y todo este terreno fueron propiedad de mi abuelo. Él la construyó hace muchos años como refugio, lejos de todo el mundo. Cuando falleció, me la dejó a mí en herencia, con la condición de que casi nadie supiera de su existencia. Por eso tiene el letrero de zona restringida.

 

Dania: —Entiendo... pero ¿qué tiene que ver Ethan con todo esto? ¿Cómo pudo enviarme una postal de aquí si es un lugar tan secreto?

 Elena: —Ethan... —dijo apretando los labios, con un tono que mezclaba sorpresa y curiosidad—. Es el único que, además de mí, tenía permiso para venir aquí. Y tu pregunta es difícil de responder, porque no tenía ni idea de que te hubiera enviado una foto de mi cabaña.

 

Dania: —No te preocupes, no es nada malo. Solo me escribió un mensaje de amistad con la imagen de este lugar al reverso.

 

Elena: —Aun así, conocía perfectamente mis condiciones.

 

Dania: —Bien, dejemos ese tema de lado. Creo que ya he entendido muchas cosas por hoy. Y además, tienes que admitir que puedes dar mucho miedo cuando te enojas.

 

Elena: —A veces no sé qué hacer contigo. Por el momento, prepararé algo de comer y luego nos iremos a dormir.

 

Dania: —De acuerdo. Oye, ¿puedo revisar esos libros que están ahí? Me llamaron mucho la atención.

 

Elena: —Claro que sí, pero cuídalos: son de primera edición.

 

Dania: —¡Espera! ¿Todos estos son tuyos? —preguntó con asombro.

 

Elena: —Claro, ¿de quién más iban a ser?

 

Dania: —Parece que tenemos casi los mismos gustos.

 

Mientras Elena se dirigía a la cocina, Dania se deleitaba con la gran cantidad de libros que tenía a su alcance. No podía creer lo que veía: cada ejemplar estaba autografiado por su autora, una de las cuales era su favorita desde que era muy pequeña.

 

La noche pasó con rapidez: la cena fue deliciosa y, al fin poder descansar, notó que su pie le dolía un poco menos, aunque seguía sintiendo molestias. Pero algo llamó especialmente su atención: entre todos los volúmenes, había uno muy especial, escrito por su autora preferida, the Queen Literary.

  • Autor: Luciernaga30 (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 1 de julio de 2026 a las 20:09
  • Comentario del autor sobre el poema: La vulnerabilidad de una persona se puede utilizar como un arma de fortaleza o una debilidad constante de fracasó.
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 5
  • Usuarios favoritos de este poema: Poesía Herética


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