Es un regalo despertarse
y ver cómo la luz se cuela
por la ventana,
con ese color indeciso
que solo conocen
las primeras horas del día.
Salir a la calle
y descubrir que el mundo
permanece en su lugar.
No ha cambiado;
simplemente me despedí de él
la noche anterior.
Y entonces,
otra vez,
vuelvo a acurrucarme en la vida
como un niño
que apoya la cabeza
en el regazo de su madre,
seguro de que allí
todo puede comenzar de nuevo.
No son las prisas
las que dan forma a los días,
sino esos pequeños hábitos
que regresan sin hacer ruido:
el café humeando entre las manos,
el saludo de un vecino,
el árbol de la esquina,
la acera conocida
y el cielo estrenándose despacio.
A veces llamamos rutina
a lo que, en realidad,
es el delicado oficio
de sostener la alegría.
Porque la vida
no está hecha solo
de grandes acontecimientos,
sino de esas pequeñas fidelidades
que nos devuelven,
sin decir una palabra,
la certeza de seguir en casa.
Hace tiempo aprendí
que cada amanecer
guarda un obsequio silencioso.
Espera, paciente,
detrás de una ventana abierta,
en la primera luz del alba,
dispuesto a recordarnos
que la vida
no solo se vive:
también se paladea.
José Antonio Artés Sánchez
-
Autor:
José Antonio Artés (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 1 de julio de 2026 a las 13:37
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Mª Pilar Luna Calvo, Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.