Miras el reloj y ya es jueves, o tal vez sea martes en una equina cualquiera,
qué más da si los tiempos corren con esa prisa estúpida de los que toman el autobús a las seis de la tarde.
Tu corazón, ese extraño aparato que antes vibraba como un solo de saxofonista desolado, se ha vuelto un poco sordo.
Ya no capta los puentes levadizos, las llamadas pulsiones que nos arrojaban al río sin preguntar si sabíamos nadar.
Te has vuelto un poco ingenuo, asustado, o peor, un solitario que calcula el ritmo de los latidos.
Pero de pronto ocurre.
Decidirse a tirar las monedas por la alcantarilla.
No contar el vuelto, porque contar el vuelto es empezar a morirse un poco en cada balance.
Si das lo que tienes, el universo que es un gato negro que nos mira desde el tejado,
te lo devuelve todo duplicado en un juego de espejos oblicuos.
Siempre es de más. La demasía es la única categoría respetable.
¿Estar de menos? ¿Estar de más? Puras categorías de diccionario para uso de secretarios de juzgado. Al final del juego, cuando nos quitemos las caretas de pasaporte, el cielo y el infierno van a resultar el mismo patio de baldosas flojas donde jugábamos a la rayuela.
Un cuadrado de tiza que es lo mismo si se mira desde arriba o desde el barro.
Lo importante no es ganar el cielo, sino haber tenido el coraje de dejar volar los sueños
La noche acecha con su lobo de tiempo, devorando el corazón que ya no canta y solo conoce el lenguaje de la ceniza.
Es el don del vacío, el despojo del cuerpo, donde ser es apenas un error en el espejo y la memoria, un jardín clausurado donde nombrar la herida es el único acto posible.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 1 de julio de 2026 a las 11:27
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco

Offline)
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