Incisiones del cielo
La luna deshila unos ojos,
segundo a segundo,
como si el tiempo aprendiera a deshacerse
en la mirada.
Estoy de pie.
Recibo un puño de serenidad lunar
que no golpea: sostiene.
Esgrime una paciencia antigua
que atraviesa el cuerpo
sin romperlo.
La nube frunce el viento
y lo conduce lentamente
hacia el origen del aliento,
como si respirar fuera recordar
un principio olvidado.
Huye la luna entre las montañas.
Deja gestos suspendidos en los horizontes,
plenilunios convertidos en collares de distancia
que se anillan en el aire
mientras las formas del alma
se mojan de claridad.
Aquella luna en mi existencia
se ahonda en el limonar del mundo,
aprieta el momento hasta hacerlo fruta,
siembra en la colina
cristales invisibles
que nombran la fragilidad del brillo.
Diamante fino de las flores:
la luz no ilumina,
talla.
Galaxias.
Gas y estrellas.
El cielo enrarecido del futuro
respira sin forma definida,
como si el universo todavía dudara
en qué dirección expandirse.
En la cima
los caminos se dilatan,
y los segundos se congelan
en su propio asombro.
El agua nace en un reflejo
y bajo la luz el cielo se anega
hasta dispersarse en un espacio
que lentamente me contiene
como si fuera tu presencia extendida en la materia.
Resplandor de flor y fruto:
día encendido y calcinado,
desmoronado en su propia ceniza luminosa,
inasible, tembloroso,
como todo aquello que intenta permanecer.
Sombra de la galaxia sobre el mundo,
tenaz, persistente,
vibración de astros
que atraviesan la respiración del espacio
y descienden al subsuelo del cuerpo
como agua secreta.
Incisiones en el tiempo.
Deslizamientos del río.
Sol entre dos montañas
que hace del aire una frontera respirable.
Brisa que nos convierte en aire.
Ola de sol entre las piedras,
mis manos suspendidas entre follajes
recogen en los dedos
el eco de párpados entrelazados,
como si la mirada pudiera tocarse.
La noche, con su cielo vacío,
desvanece el sueño,
lo ciñe en lazos invisibles
y lo guarda en los zapatos del día,
listo para volver a caminar.
Desperté
con la interacción de dos olas.
Cientos de gaviotas atravesaban el reflejo de la desnudez del mundo,
mientras el péndulo roía el tiempo
sobre los pasos de la gravedad
que se levanta en el vacío
como una pregunta sin respuesta.
Afuera, una voz retórica
atrapada por un rayo,
el enigma suspendido de Saturno,
como si el universo hablara
en un idioma que no termina de traducirse.
Y yo
me mantuve como una incógnita en la nube.
Levanto la vista.
La luz viaja sin interruptor
en el espacio del día.
Amanece.
El sol en la cima, a plenitud,
derrama su presencia sobre el bosque,
y la lluvia, sin prisa,
vuelve a escribir el mundo.
Al final,
la densidad del viento canta
en las algas de la rama,
como si todo lo vivo
fuera una forma de música
a punto de volverse silencio.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Online) - Publicado: 1 de julio de 2026 a las 00:18
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Lualpri

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