Bailar con la muerte

Jhondy Algenys

La encontré vestida de silencio,

envuelta en un manto de ceniza y viento.

No llevaba cadenas ni amenazas;

solo una mirada antigua,

más vieja que el primer amanecer.

Me tendió la mano,

y el tiempo contuvo el aliento.

El universo guardó sus relojes,

mientras el destino afinaba, en las sombras,

una melodía que ningún oído mortal podía escuchar.

Bailé con la muerte

sobre un salón de hojas marchitas.

Cada paso despertaba un recuerdo;

cada giro deshacía una despedida;

cada pausa pronunciaba el nombre

de alguien perdido en la memoria del mundo.

Ella no sonreía.

Tampoco lloraba.

Había visto caer imperios,

apagarse estrellas

y florecer jardines sobre antiguas ruinas.

Entonces comprendí

que nunca fue mi enemiga.

Era la última página

del libro que todos escribimos

sin conocer su desenlace.

Cuando la música llegó a su último compás,

soltó mi mano con una delicadeza infinita.

Aún no era mi hora.

Se alejó entre la niebla,

como un susurro que el viento se niega a olvidar,

dejando una única verdad suspendida en el aire:

Quien ha bailado con la muerte

aprende que la vida no se mide por los años,

sino por la intensidad con que arde el alma

antes de que el silencio cierre el telón.



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