El milagro secreto del azar

José Luis Barrientos León

 

No el azar, sino una antigua y secreta trama

nos condujo a la esquina de este mapa preciso.

Bendito sea el sitio que el destino dispuso,

y el motivo ignorado que el olvido reclama.

 

Bendita la cifra que los hombres llaman coincidencia,

que no es más que el orden de una oculta memoria.

Bendito el instrumento, reloj de arena o de sombra,

que midió los pasillos para esta convergencia.

 

El tiempo es un río que me rinde y desgarra,

pero en este fragmento de universo y de historia,

bendito sea el peso fatal de tu presencia,

que detiene los tigres y el dolor que nos narra.

 

Bendito el arquitecto de los largos caminos,

que, en el laberinto de la gris soledad,

borró con tus pasos mi desierta ansiedad

y cambió la nadería de mis duros destinos.

 

Bendita la luz que de tu alma desciende,

no la luz de los astros ni del día que cede,

sino el íntimo fuego que en tus ojos se enciende,

un fulgor que el espejo del pecho retiene.

 

Ojos que simulaban el rigor del desdén,

como antiguos reinos que me daban la espalda;

esquivaban mi sombra con descuido o desgana,

en un juego de máscaras que fingía el desdén.

 

Y de pronto, en la tarde que el misterio declara,

sostienes el hilo, la mirada levantas,

y justificas la tierra y las cosas tantas,

fijando en mi centro tu eterna mirada.

 

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