La celda blanca

Antonio Portillo



 

El zumbido de la luz fluorescente
mientras esperas el nombre de tu propio cuerpo
en una sala donde nadie se mira las manos.

La fila de frascos con sus horas exactas
repartidos en la mesita de noche
como un inventario que tú no has elegido.

La herida no viene de afuera;
es tu propia materia la que ha decidido rebelarse,
crecer a oscuras, sin pedir permiso,
multiplicando el silencio en los tejidos.

El cuerpo se vuelve pesado, ajeno,
un mapa de marcas de rotulador en la piel
donde otros deciden por dónde entrar.
Mirarse al espejo y no reconocer el desgaste sino la prisa de la sombra.

El goteo constante de un tubo transparente,
mientras afuera, el mundo continúa
con su ruido distraído,
y aquí dentro, solo queda este hueso
que resiste a solas la invasión.

 

Antonio Portillo Spinola © 



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