Cuando termina el día

Luis Barreda Morán

Cuando termina el día

No quiero conquistar el mundo.

Quiero llegar a la noche
y encontrarte.

Nada más.

Que el día se desprenda de nuestros hombros
como una lluvia cansada,
que la casa se llene de ese silencio
que solo conocen quienes se aman
sin necesidad de explicarse.

Quiero acercarme despacio,
besar tus labios
como quien agradece el milagro
de que existas,
apagar la luz
y descubrir que la oscuridad
también puede florecer
cuando dos corazones permanecen despiertos
antes de dormirse.

Quiero dormir contigo
en el sentido más puro de la palabra.

Dormir.

Compartir el mismo aire,
la misma cobija,
la lenta geografía del calor
que nace cuando dos cuerpos
dejan de defenderse del mundo.

Quiero aprender la música secreta
de tu respiración.

Saber en qué momento
el sueño te vence,
si tus labios dibujan una sonrisa
mientras viajas por paisajes que no conozco,
si alguna vez murmuras mi nombre
o si roncas,
porque hasta ese pequeño ruido
sería una prueba de que la vida
descansa a mi lado.

Quiero abrazarte
sin miedo a que el tiempo nos despierte.

Sentir tus brazos
cerrándose alrededor de mí
como si hubieran sido creados
para recordarme
que un hogar
no siempre tiene paredes.

A veces
tiene un pecho donde apoyar la cabeza.

Quiero ser
la última imagen
que tus ojos guarden antes de cerrarse,
y la primera claridad
que encuentren cuando el alba
vuelva a pronunciar tu nombre.

Quiero decirte “te amo”
cuando el día nazca.

Y volver a decirlo
cuando la noche nos reclame.

No por costumbre.

Sino porque cada amanecer
te elegiría otra vez,
y cada anochecer
confirmaría la misma elección.

Dicen que el amor vive
en los grandes gestos.

Yo creo que vive
en la taza de café compartida,
en el roce distraído de las manos,
en acomodarte la cobija
mientras sigues soñando,
en apartar un mechón de cabello
de tu frente,
en quedarme despierto un instante más
solo para asegurarme
de que descansas en paz.

Si algún día me preguntaran
qué significa la felicidad,
no hablaría de victorias,
ni de riquezas,
ni de destinos lejanos.

Hablaría de una habitación en penumbra.

De dos respiraciones
aprendiendo el mismo compás.

De un abrazo
que resiste incluso cuando el sueño llega.

Y de ese instante diminuto,
casi invisible,
en que el mundo entero desaparece
porque todo el universo
ha decidido caber
entre tu corazón
y el mío.

Entonces comprendería
que la eternidad
no era un tiempo infinito.

Era una noche cualquiera,
durmiendo contigo,
mientras el amor,
sin hacer ruido,
seguía velando nuestros sueños.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Octubre, 2020.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 30 de junio de 2026 a las 01:33
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 4


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