A Cuauhtémoc Alejandro

Elizabeth Maldonado Manzanero

Águila, centinela del viento,

custodio del jade y de las plumas  

que guardan el resplandor de antiguos soles,

quiero hablarte

con la fuerza serena de un pequeño hermano,

porque en tu entereza

he reconocido el camino que otros nos enseñaron.

 

No es el vino quien honra o menosprecia

a quienes caminaron antes que nosotros,

ni la niebla que envuelve el pensamiento

la que decide su permanencia,

es en cambio la mirada fiel

de quien se empeña en conservar la voz

cuando todos los ecos parecen extinguirse.

 

El cariño no habita

en el fondo de un cáliz,

ni responde las preguntas

cuando la noche pesa sobre los hombros.

Habita en la memoria que resiste,

en la palabra compartida,

en la mano que no se aparta

cuando el dolor nos llama por nuestro nombre.

 

Cuauhtémoc,

eres águila que asciende

para mirar y proteger a sus hermanos,

¿por qué mirar la muerte

como un fuego que sólo confunde y consume?

A veces el dolor no llega como enemigo;

tal vez solo sea,

un mensajero arcaico,

una antorcha encendida

que alumbra nuestros pasos

y los senderos oscuros

donde la memoria aprende a renacer cada día.

 

Alejandro,

defensor de las ideas

y las palabras justas,

arquitecto del discurso,

no confundes el olvido

con la paz de los muertos,

ni el adormecimiento etílico

con la sabiduría.

 

Tú eres fuerza creadora

del nuevo universo.

Tus manos escépticas llevan

ríos secretos buscando desembocadura,

y en tu pecho permanece ardiendo

esa sed heredada

de quienes nos dejaron

como posibilidades un manjar preguntas

en lugar de certezas.

 

Tu corazón de piedra

es un templo antiguo,

la morada silenciosa de un ancestro

que desde donde nos mira ahora

Nos comparte el secreto:

las raíces del ahuehuete

no huyen de la tormenta;

la atraviesan,

beben de sus relámpagos

y aprenden de la lluvia

el idioma de la permanencia.

 

Tú también has aprendido eso.

No te has extraviado detrás de la ausencia.

Has seguido andando,

y en cada paso

has sabido encontrar

la huella de quienes partieron,

para devolverles un lugar

entre los vivos.

 

Su canto vuelve a nacer en tus labios

y, en el eco de quienes te escuchan

florece la armonía.

La flor puede desprenderse del tallo,

pero jamás abandona el jardín;

el viento no consigue arrancar

lo que ha echado raíces en el corazón.

Ella vuelve convertida en semilla,

en perfume,

en primavera para otros.

Así también permanecen

a los que nos han trascendido.

 

Alejandro,

hijo de un tiempo de tribunas y pactos,

no olvides lo que sabían

los hombres y mujeres de rostro y corazón verdadero:

No hemos venido para permanecer por siempre,

sino para dejar,

a nuestro paso,

flores y cantos.



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