Águila, centinela del viento,
custodio del jade y de las plumas
que guardan el resplandor de antiguos soles,
quiero hablarte
con la fuerza serena de un pequeño hermano,
porque en tu entereza
he reconocido el camino que otros nos enseñaron.
No es el vino quien honra o menosprecia
a quienes caminaron antes que nosotros,
ni la niebla que envuelve el pensamiento
la que decide su permanencia,
es en cambio la mirada fiel
de quien se empeña en conservar la voz
cuando todos los ecos parecen extinguirse.
El cariño no habita
en el fondo de un cáliz,
ni responde las preguntas
cuando la noche pesa sobre los hombros.
Habita en la memoria que resiste,
en la palabra compartida,
en la mano que no se aparta
cuando el dolor nos llama por nuestro nombre.
Cuauhtémoc,
eres águila que asciende
para mirar y proteger a sus hermanos,
¿por qué mirar la muerte
como un fuego que sólo confunde y consume?
A veces el dolor no llega como enemigo;
tal vez solo sea,
un mensajero arcaico,
una antorcha encendida
que alumbra nuestros pasos
y los senderos oscuros
donde la memoria aprende a renacer cada día.
Alejandro,
defensor de las ideas
y las palabras justas,
arquitecto del discurso,
no confundes el olvido
con la paz de los muertos,
ni el adormecimiento etílico
con la sabiduría.
Tú eres fuerza creadora
del nuevo universo.
Tus manos escépticas llevan
ríos secretos buscando desembocadura,
y en tu pecho permanece ardiendo
esa sed heredada
de quienes nos dejaron
como posibilidades un manjar preguntas
en lugar de certezas.
Tu corazón de piedra
es un templo antiguo,
la morada silenciosa de un ancestro
que desde donde nos mira ahora
Nos comparte el secreto:
las raíces del ahuehuete
no huyen de la tormenta;
la atraviesan,
beben de sus relámpagos
y aprenden de la lluvia
el idioma de la permanencia.
Tú también has aprendido eso.
No te has extraviado detrás de la ausencia.
Has seguido andando,
y en cada paso
has sabido encontrar
la huella de quienes partieron,
para devolverles un lugar
entre los vivos.
Su canto vuelve a nacer en tus labios
y, en el eco de quienes te escuchan
florece la armonía.
La flor puede desprenderse del tallo,
pero jamás abandona el jardín;
el viento no consigue arrancar
lo que ha echado raíces en el corazón.
Ella vuelve convertida en semilla,
en perfume,
en primavera para otros.
Así también permanecen
a los que nos han trascendido.
Alejandro,
hijo de un tiempo de tribunas y pactos,
no olvides lo que sabían
los hombres y mujeres de rostro y corazón verdadero:
No hemos venido para permanecer por siempre,
sino para dejar,
a nuestro paso,
flores y cantos.
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Autor:
Isel (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 30 de junio de 2026 a las 00:36
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Poesía Herética, Lualpri

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