El aire pesa como el café espeso.
Pum-tak, pum-tak, pum.
El pulso de la sabana no golpea la madera,
golpea directamente el centro de mi pecho.
Bajo el baobab, las siluetas de las hermanas se disuelven,
licuadas por un sol de oro viejo que devora los contornos,
Kayira muerde el horizonte con la mirada.
Su piel de caoba suda luz;
las telas finas son una segunda epidermis que confiesa el movimiento,
el vaivén felino, la danza oculta de una leona que tritura el tiempo.
Un muro de aire denso y magnético nos separa,
mis manos, acostumbradas al rigor de la química,
tiemblan ante el misterio que tus ojos custodian.
Traía remedios de Occidente, pero soy yo el enfermo
que busca el veneno sagrado de tu conocimiento,
Zari adivina mi naufragio.
Con un roce sutil en tu hombro,
desmantela la fortaleza invisible,
la grieta se abre: un laberinto de atracción prohibida.
Entonces ocurre la alquimia.
Mis fórmulas perfectas se evaporan en el calor de tus manos curanderas.
Nace un amor embrujado, una lascivia que no necesita la piel,
un torrente de electricidad extrasensorial
donde mi ciencia se rinde, de rodillas, ante tu anatomía divina.
Doce años han colapsado en este instante.
La distancia es solo un fantasma que domesticamos
con cartas que queman y pantallas que parpadean en la noche.
No te toco, no me tocas,
pero nuestras almas siguen atrapadas en ese vaivén eterno,
esclavas de una belleza soberana que aún me prohíbe el olvido.
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Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 29 de junio de 2026 a las 07:15
- Categoría: Amor
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, Alexandra I

Offline)
Comentarios1
No te toco, no me tocas,
pero nuestras almas siguen atrapadas en ese vaivén eterno,
esclavas de una belleza soberana que aún me prohíbe el olvido.
Precioso
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