Transparencia del fruto
En la transparencia de una uva
la semilla me devora lentamente,
como si el origen supiera
cómo volver al cuerpo que lo contiene.
Y en el amanecer de la fruta
se diluye el viento:
no desaparece,
se vuelve sabor del aire,
memoria húmeda de la luz.
Llego con la embriaguez que el mar deposita en mis pasos.
Camino como quien ha bebido el horizonte
y aún no distingue
si la tierra es sueño o materia.
Las manos sobre el espejo
no buscan reflejo,
buscan sustento:
la palabra que apresura el beso
antes de que el mundo termine de cerrarse.
En una región de tu cuerpo
hay una llanura secreta
donde el sol es guía y bandera,
y todo lo que toca
se vuelve expansión del día.
La sed se detiene allí
como una flor que ha aprendido a escuchar el agua.
Se levanta el trote leve de la llovizna,
y el tiempo se hace animal silencioso
respirando entre las hojas.
Me resigno en la hamaca del mundo.
Una iguana roe la paciencia del árbol,
y el rebaño del sudor
renace en la frente como pensamiento antiguo.
Quizá los árboles se alimenten del aire,
y el sol también del invierno,
como si todo lo vivo
dependiera de su contrario.
El polvo entra en las uñas de la sombra.
El viento crece en la rama
como una escritura que no cesa.
Se filtra la brisa en la sortija de la noche
y mi voz golpea cada hora del otoño
buscando un lugar donde permanecer.
Los frutos encuentran su soledad
constelada de hojas.
Se alimentan de una llovizna clara
como si la humedad fuera pensamiento del bosque.
El bosque pulsa una brisa
que parpadea con mis ojos,
y en ese parpadeo
la realidad se vuelve respiración compartida.
Las letras descienden a la página
como briznas de luz o de sueño,
y los signos del corazón
no son palabras:
son huellas en el árbol,
cicatrices luminosas
donde la luna ha tocado la materia.
El alba busca el amor
como quien busca su forma original.
Graba el canto en las orillas del viento,
crece desnudo en la montaña
con su abanico de aire abierto al mundo.
La madera se pule sola por el aire.
Se vuelve joya en el borde del beso,
y en su superficie
crecen alas de yedra
que derraman el movimiento del tiempo.
Sabor de la luz del sol:
instante de música detenida.
Agua que adorna la frente
como si el pensamiento pudiera beberse.
Blanca e inagotable luz.
Noche como vino antiguo
respirando en el jazmín de octubre,
donde todo lo vivo
aprende a decirse sin palabra.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 28 de junio de 2026 a las 10:27
- Categoría: Amor
- Lecturas: 4
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez
- En colecciones: Poemas de amor.

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