Hoy comparto esta reflexión contigo para recordarte una verdad fundamental que a veces olvidamos en el ajetreo de la vida: ninguna persona es responsable de las cargas emocionales de otro ser. Todos tenemos, por derecho propio y libre albedrío, la elección de hacer, de estar, de encontrar, de obtener y de amar para construir nuestro propio camino hacia la felicidad o la infelicidad.
A menudo callamos. Elegimos el silencio para evitar situaciones incómodas, sin darnos cuenta de que, al hacerlo, vamos minimizando nuestro propio entorno emocional. Es en ese preciso instante cuando empezamos a perder la esencia que nos hace sonreír y pensar con claridad. Dejamos entrar a personas que, sigilosamente, cargan en su espalda mochilas de un pasado lleno de arrastres y heridas de años. Sin buscarlo, su presencia se convierte en una agonía silenciosa que deposita su peso sobre nosotros. Nuestros pensamientos pasan a ser entonces como demonios emocionales que atormentan la mente, envolviéndonos en una confusión constante entre lo bueno y lo malo.
Es ahí cuando nacen esas preguntas repetitivas que nos roban el sueño: ¿Será que lo hice mal? ¿Será que soy yo y no me doy cuenta? ¿Ahora qué hice mal? El temor a hablar o a preguntar abre la puerta a nubes grises que perturban la existencia. Sin embargo, entre lágrimas, debemos encontrarnos para no perdernos; debemos luchar sin miedo contra esas malas energías mentales que a veces aceptamos como propias.
Por eso, te invito a reflexionar sobre a quién dejas entrar a tu espacio más sagrado. Si alguien se acerca a tu vida con un pasado a cuestas, lleno de confusión y oscuridad, no le abras la puerta. Si notas que aún tiene apego a su vida anterior y habla siempre de lo mismo, no le abras la puerta. No lo hagas si arrastra fantasmas de relaciones pasadas amarrados a su espalda, o si no ha solucionado sus conflictos y es incapaz de ver el hoy. Quien nunca ha aprendido a vivir en soledad no sabrá escuchar tu silencio; y quien no reconoce su arrogancia porque se cree perfecto, solo te causará dolor. Si su voz enojada te hace temblar, o si ves que no le duelen tus lágrimas y calla al lastimarte, no cierres la puerta: déjala abierta de par en par para que se marche. No te conformes con corazones guardados en armaduras ni con personas que necesitan de un harén para brillar y sentirse felices.
Si ya abriste esa puerta buscando la felicidad, no permitas que ningún demonio mental apague tu luz. Sé tú quien, con valor, dé fuerza a ese faro interno que Dios te regaló. Abre la puerta con firmeza y saca de tu vida todo lo que ponga en agonía tu salud emocional.
Recuerda siempre, querido lector, que tu alma no es un centro de rehabilitación sentimental. No estás aquí para cambiar o salvar a quienes no desean hacerlo. Nacimos libres. No permitas que otros transformen o decidan sobre las bases sólidas de tu existencia, hundiéndote en arenas movedizas. Protege tu paz. No abras la puerta a quienes solo desean poner cargas en tu vida.
Gracias por leer estas líneas y por tener el valor de proteger tu luz..
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Autor:
Reyshell (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 28 de junio de 2026 a las 02:00
- Comentario del autor sobre el poema: Hoy te escribo esta carta para recordarte una verdad fundamental que a veces olvidamos en el camino: ninguna persona es responsable de las cargas emocionales de otro ser. Todos tenemos, por derecho propio, la elección de hacer, de estar, de encontrar, de obtener y de amar para construir nuestra propia felicidad o infelicidad.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Reyshell Mendez, Noa Subin
- En colecciones: Lo que guarda el alma.

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