A una mujer anónima.

Mil vaggio

A ella debo mis horas más plenas,

la comunión entre mi alma y la armonía infinita,

la longitud extensa de mi percepción del amor,

el sometimiento de mis demonios,

mi luz en la noche espesa.

A ella debo la claridad y mi esperanza,

el percibir el mundo como un lugar seguro;

debo esa paz que no viene de este mundo,

como un campo verde y florido donde la serenidad toma el sol,

un río brillando a la luz de la clara mañana.

¡Oh, refugio de mi frágil existencia!

En ti se ahogan todas mis penas

y florecen mis alegrías;

de ti levantan sus alas los sueños.

Oh, ninfa,

llevas entre tus manos mis horas más felices;

te recuerdo, y cada anhelo en mi pecho echa raíces.

Tu piel es como el desierto callado,

iluminado por un sol apacible,

un sol que te toca con la timidez de un adolescente.

Ven a recoger los besos

que mi boca guarda para ti, amada mía;

quiero hacer contigo lo que el sol con la primavera.

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