Morir para Florecer

Luis Barreda Morán

Morir para Florecer 

No le pido al tiempo que detenga sus relojes,
ni al destino que renuncie a su sentencia.
Sé que todo cuanto nace
alguna vez emprende el viaje
hacia el silencio de la tierra.

Pero, cuando llegue el instante
en que mis manos ya no puedan
acariciar la luz del alba,
quisiera disolverme lentamente
en la respiración del universo.

Que mi voz se vuelva lluvia
sobre los campos fatigados,
y que cada gota encuentre
la raíz sedienta de algún sueño
que aún no ha aprendido a florecer.

Quisiera convertirme en río,
no para escapar del océano,
sino para recorrer de nuevo
las aldeas de mi infancia,
los puentes donde alguna vez
dejé colgada una esperanza.

Que mi memoria sea viento,
de ese que entra por las ventanas
sin pedir permiso,
moviendo las cortinas del recuerdo
y sembrando ternura
en los corazones que me nombren.

No deseo convertirme
en una estatua de mármol frío,
ni descansar bajo el peso
de un nombre escrito en piedra.
Prefiero ser polvo luminoso
que viaje con la aurora
hasta perderse entre las montañas.

Si alguna vez mis ojos se apagaran,
que aprendan las estrellas
a mirar por ellos.
Que el cielo conserve
una pequeña chispa de mi asombro
para regalarla a quien contemple la noche.

Quisiera ser semilla de horizontes,
no de jardines conocidos.
Dormir bajo la tierra oscura
hasta escuchar el llamado
de una estación desconocida,
y romper el barro
con la fuerza humilde de un brote.

Que mis pasos no desaparezcan;
que el camino los transforme
en senderos invisibles
por donde otros puedan caminar,
sin saber que alguna vez
también tuve miedo de caer.

Si mi corazón dejara de latir,
que su música permanezca
escondida entre las hojas,
para que cada otoño
la escuchen los árboles desnudos
y comprendan que perder las ramas
no significa renunciar al cielo.

Quisiera aprender del mar,
que nunca muere,
aunque cada ola desaparezca.
Su existencia consiste
en regresar una y otra vez
con un rostro distinto
y el mismo rumor eterno.

No quiero ser un recuerdo inmóvil,
encerrado en fotografías amarillas.
Prefiero vivir
en la risa inesperada de un niño,
en el abrazo que reconcilia,
en la lágrima que limpia el alma,
en la palabra que devuelve esperanza.

Que el sol recoja mi cansancio
cuando termine la jornada,
y, al amanecer, lo transforme
en claridad para otros viajeros
que todavía buscan
el sentido de sus pasos.

No le temo al final;
le temo únicamente
a no dejar encendida
una pequeña lámpara
capaz de orientar
a quien atraviese la noche.

Porque la verdadera ausencia
no comienza cuando cesa la respiración,
sino cuando nadie encuentra
un motivo para seguir amando.

Por eso no deseo extinguirme
como la llama olvidada
que el viento consume sin testigos.
Anhelo permanecer
en el eco de las montañas,
en el perfume de la lluvia,
en la paciencia de los ríos,
en el vuelo interminable de las aves.

Y, si el universo concede
un solo milagro a mi existencia,
que no sea volver con el mismo rostro,
sino renacer convertido
en toda la belleza
que alguna vez fui incapaz de contemplar.

Entonces comprenderé
que ningún amor desaparece del todo,
que toda vida cambia de forma,
y que morir
es apenas entregar la voz
para que el infinito
continúe cantando con ella.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Diciembre, 2022.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 27 de junio de 2026 a las 01:41
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 5
  • Usuarios favoritos de este poema: AZULNOCHE
Comentarios +

Comentarios1

  • AZULNOCHE

    Siempre florecemos en el recuerdo de las personas que nos lllevan y nos llevarán en el carazón.
    Tus palabras serán tu valioso legado.
    Un abrazo Luis!!



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