Yo creo que te amo, pero no de esa manera limpia y luminosa con la que hablan los poemas, te amo como se aman las cosas que llegan cuando uno ya está cansado. Cuando ya ha perdido demasiadas veces, cuando ya conoce el sonido que hace el corazón al romperse y aun así sigue insistiendo.
A veces me pregunto en qué momento comenzaste a vivir dentro de mí. Porque no fue de golpe, no hubo relámpagos ni señales del destino. Fue algo más lento y más terrible, como la humedad que asciende por los muros de una casa antigua hasta que un día descubres que toda la estructura ha cambiado de color.
Te fuiste instalando en mis pensamientos, en mis costumbres, en esos rincones donde uno guarda las cosas que no piensa compartir con nadie. Y ahora apareces en todas partes, en las canciones que escucho cuando la noche se vuelve demasiado grande. En las calles vacías, en los días buenos, cuando algo me hace sonreír y el primer impulso es buscarte. Y sobre todo en los días malos, porque el dolor siempre encuentra más rápido el camino hacia aquello que ama.
Hay noches en las que me descubro pensando si alguien te estará abrazando cuando tengas miedo. Si alguien escuchará las historias que nunca cuentas completas, si alguien conocerá esa tristeza secreta que todos llevamos escondida detrás de los ojos, entonces siento unos celos absurdos, silenciosos, que no nacen de la posesión sino de la impotencia. Porque quisiera estar ahí cuando el mundo te lastima, quisiera ser refugio para las partes de ti que nadie mira.
Y eso me asusta, porque uno puede sobrevivir sin muchas cosas, sin dinero, sin certezas, sin sueños incluso, pero cuando una persona empieza a convertirse en refugio, el alma comienza a correr riesgos que la razón no puede controlar.
Hay algo de catedral abandonada en mis sentimientos por ti, algo viejo, algo solemne, como si dentro de mí existiera un lugar donde siempre es de noche y donde tu nombre permanece encendido entre las sombras, no como una esperanza, las esperanzas mueren, tu nombre permanece como permanecen las velas encendidas frente a los muertos: porque apagarlas sería aceptar una ausencia que todavía no puedo comprender.
Y lo peor es que conozco tus defectos. Conozco las heridas, los errores, las contradicciones, no amo una versión perfecta de ti, amo todo aquello que intentas esconder, amo las cicatrices invisibles que la vida dejó sobre tu alma, porque las personas realmente hermosas no son las intactas, son las que sobrevivieron.
Quizá por eso me duele tanto pensarte, porque cuando imagino perderte no siento el miedo de quien pierde una compañía. Siento el miedo de quien pierde una parte de sí mismo, como si alguien arrancara una habitación completa de su memoria y dejara únicamente el eco.
Y entonces entiendo algo terrible, que tal vez el amor no es felicidad, tal vez el amor es reconocer a una persona entre miles y sentir que algo dentro de ti se arrodilla.
Es escuchar su nombre y que todas las heridas vuelvan la cabeza.
Es mirar un mundo cansado, cruel, indiferente, lleno de despedidas, y aun así encontrar un solo rostro capaz de justificar la existencia.
Porque cuando pienso en el futuro, no imagino ciudades ni dinero ni triunfos. Te imagino a ti. Respirando en alguna parte.
Y eso basta para que el universo parezca un lugar menos frío, eso basta para que la oscuridad no gane del todo.
Eso basta para seguir aquí, aunque duela, aunque tiemble, anque jamás encuentre una forma digna de decir cuánto te amo.
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Autor:
Bruno Gatica 1 (
Offline) - Publicado: 25 de junio de 2026 a las 03:36
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3

Offline)
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