La respiración del oleaje

José Honorio Martínez Ochoa

La respiración del oleaje

Bajo la luz de tus labios
amanece lentamente mi sombra.
No llega desde la noche:
se abre,
como una habitación antigua
donde todavía respira el mar.

Entre las horas
y el largo relámpago de la arena nocturna,
mis manos recorren tu espalda
como quien reconoce una costa
después del exilio.
Hay un temblor en la materia del aire,
un rumor que atraviesa los cuerpos
y deja en ellos
la huella de algo que desea permanecer.

Entonces el viento escribe.
Esculpe los follajes adheridos al vértigo,
levanta sobre los muros
la memoria movediza de la luz,
y todo lo que parecía firme
comienza a consumirse
en el vuelo distante de las aguas.

Yo reconstruyo la quietud.
Recojo el verdor disperso de las horas,
mientras el movimiento del agua
deshace lentamente la rotación del mundo.
Las cenizas descienden sobre el otoño,
y los navíos del mar
cruzan la sombra
como pensamientos fatigados.

Pero ella permanece.

Inmóvil en el centro de sí misma,
esculpe la luz de su mar interior,
dibuja el tiempo con la paciencia de la lluvia
y ama aquello que desaparece
porque sabe
que toda forma nace para dispersarse
en el oleaje.

Se lava en mis párpados de agua.
Su cuerpo trae reflejos de bahía,
claridades de junio,
ráfagas que despeñan la luz
sobre las piedras del día.

Y comprendo entonces
que su voluntad no es otra cosa
que una manera de iluminar la sed.

Estoy cerca de ella con júbilo.
Leo en sus labios
la respiración secreta del verano.
El viento adquiere una desnudez nupcial,
abre su cabellera submarina,
y algo en el mundo
encuentra por fin refugio.

Me instalo en su mirada
como quien entra en una casa encendida.
La nube vegetal de sus ojos
cubre lentamente mi silencio.
Anudo sus labios a mi destino
con una precisión semejante al agua
cuando toca la orilla.

De una nube nacieron mis labios.
Atravesaron la luz huidiza de su pecho
sin voz,
casi a oscuras,
guiados apenas
por la respiración de su nombre.

Hablo de ella:
de la que hace girar las aspas de la espiga,
de la que inventa palabras
para que el mundo no termine de cerrarse,
de la que enciende sus ojos
con la sangre del deseo.

Su fuerza tiene la vocación del roble.
Su voz desciende como agua subterránea.
En ella la hermosura no resplandece:
habita.

Y ahora sé
que fuiste tú
quien diseñó el ruido invisible de las olas.

Mi voz te toca frente al verano.
Mi deseo abre sus alas
hacia el vientre de la tarde,
hacia la espuma lenta del cuerpo,
hacia la habitación donde el mar
abandona por un instante sus mareas.

Mira el agua del verano.

Mi sed permanece sobre la almohada,
extendida en la quietud de la tarde,
mientras los labios golpean suavemente la luz
y mi cabeza descansa,
por un instante,
en la respiración del mundo.

 

 

 

 

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