La noche expulsa meteoritos sobre nuestros cuerpos,
evaporando el fuego que he guardado, siento tu perfume denso y lejano,
extraído del tanto amor que hemos alzado,
y baja como marea desde tus cielos a mis firmamentos olvidados.
Aquí, donde el viento arrastra la sal de tu tez,
vengo a reclamar la arquitectura de tu piel.
Hay un dolor sordo en la música que creamos mientras hablamos piel con piel.
Los destellos de tus ojos me persiguen mientras lloro,
cuando ondulas tu cabello y me desvistes incendiando el fósforo,
llega la lluvia,
nos deshace y nos descubre hasta el fondo.
Surgiendo la necesidad de arrebatarte las prendas que te visten,
agitando la fuerza de mis ganas que te embiste,
para sostenerte mientras penetro mi amor,
en la humedad donde existes.
Y soy un maldito afortunado al olerte.
En la tregua, mi cama se estremece al inventarte,
te hace mía al escucharte,
fusionando nuestras almas en el oleaje de
días y noches sudando nuestras voces,
mordiéndose en el centro vivo de este roce,
y nuestros cuerpos se conocen.
Te desvisto con esta boca que te necesita y te toca al leernos,
al devorarnos en el eco de la estrofa.
Pongo mis manos sobre tu boca,
arrastrando mis yemas entre sus pliegues;
tu saliva entiende que debe tocarme.
Descoloco el peso que cubre tus hombros,
desprendiendo poco a poco,
descubriendo el color canela que te cubre,
hasta atraparte con la urgencia de mis brazos,
destapando la belleza que nunca tuve.
Mi lengua viaja por toda tu escultura,
sabiendo a incendio, descifrando la textura;
te respiro el clima entero que me has otorgado
en esta noche eterna que no termina desde hace diez años.
Te empujo a nuestras camas qué se encuentran como nosotros en esta entrega,
abriendo tus muslos con firmeza, desencadenando la tristeza,
que transformo la belleza en explosión,
cruzando mi cuerpo con el tuyo estoy,
repetidamente saboreando tu sudor,
palpitando mi agonía dentro de ti,
que te espero hasta existir,
escuchándome en tu voz.
Y en el incendio de mis besos,
toco tu pecho, ahogando mis labios olvidados,
frotando a la vez las manos qué te sujetan.
Sintiendo lo que mis letras esperaban, desesperadas por hacerte gemir,
por hacerte sentir.
No dejamos de existir;
este papel donde me oculto agoniza por saborear tu elixir ardiente,
bajo mi escrito ferviente,
mientras todo se quema hasta borrarnos de la realidad.
Generamos tormentas al exsudar la marea lírica.
—¿Dónde estabas? —te dije.
—Perdida... —respondiste,
y nos creamos al estamparnos
con todas las ganas que perdiste.
Exististe de nuevo con este encuentro que nos dimos;
a nuestros ojos desvivimos, con tanta calma y fuerza,
recorriendo cada lugar de tu construcción,
aquí no hay destrucción,
porque la convertimos en succión,
de nuestras almas que se escapaban en la tortura de la distancia.
Mi papel y letras te hicieron el amor,
pero fue mi presencia —si me escuchas, si me lees y disfrutas a su vez—
y el desesperado origen de estas ganas que sentí de esta manera.
Lo hice para ti;
aunque se apague tu marea, me entregue a ti por fin.
-Juan Diego Kammler
-
Autor:
Juan Diego Kammler (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 23 de junio de 2026 a las 00:19
- Comentario del autor sobre el poema: Esta obra es el testimonio de un amor que se construyó en el papel y se consumó en la piel, transformando la agonía de la espera en una tormenta inevitable.
- Categoría: Erótico
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Annabeth Aparicio

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