La constelación interior
Noche:
mi corazón reposa hoy sobre tu pecho
como un animal cansado
que finalmente encuentra abrigo en la oscuridad.
Permanezco escuchando tu respiración.
El aire entra y sale lentamente de tu cuerpo
y en ese movimiento sencillo
el mundo parece abrirse otra vez.
No hay distancia entre las cosas:
la sombra de los árboles,
el rumor del mar,
la piel atravesada por la brisa,
todo participa de una misma intimidad silenciosa.
Recojo tu paisaje con los ojos cerrados.
La forma de tus hombros en la penumbra,
el brillo apagado de la espada,
la serpiente descendiendo hacia las soledades
como un pensamiento antiguo
que busca nuevamente la profundidad de la tierra.
La noche respira alrededor de nosotros.
La ola avanza sin descanso hacia la orilla
y vuelve siempre,
como si en su repetición interminable
intentara aprender el nombre del mundo.
Entonces el recuerdo comienza a abrirse.
Vuelven las hojas agitadas por el viento,
la roca detenida bajo el agua transparente,
el chirriar distante de la urraca,
la flor húmeda entre los labios,
la bruma suspendida sobre una hazaña olvidada.
Todo aparece lentamente,
no como imágenes dispersas,
sino como señales de una presencia
que nunca terminó de irse.
Comprendo entonces
que recordar no es regresar al pasado,
sino permanecer junto a aquello
que todavía respira dentro de nosotros.
A veces uno tiene sed
y no sabe exactamente de qué.
Sed de espuma al caer la tarde,
sed de una palabra capaz de sostener la intemperie,
sed de un rostro que ilumine
la oscuridad interior del tiempo.
Pienso en los labios amargos
bajo la mitad de la luna.
La luz se filtra lentamente por los hombros
y en esa claridad tenue
aparece el rostro de mi madre.
La miro desde la distancia del sueño.
Su memoria no habla:
permanece.
Habita el aire que respiro,
la manera en que el silencio
se posa sobre las cosas sencillas.
Entonces descubro
que la constelación que buscaba en el cielo
ha estado siempre dentro de mí,
encendida en la profundidad del cuerpo
como una lámpara invisible.
Te hablo al oído.
La voz apenas roza la noche.
Entro en ti igual que la lluvia entra en la tierra:
lentamente,
dejando sólo humedad y resonancia.
Mis labios encuentran los tuyos
y por un instante
la oscuridad se vuelve luminosa.
No porque desaparezca la sombra,
sino porque algo comienza a revelarse dentro de ella.
Avanzo en silencio.
Llevo conmigo mis transparencias,
mi cansancio,
las horas áridas que el tiempo deja sobre la piel.
Y aun así,
permanezco.
Poco a poco la noche profundiza su morada.
Estoy junto a ti
como una flor inclinada sobre los arrecifes.
El silencio eriza el recuerdo
y los sueños comienzan a florecer
con la lentitud secreta de las magnolias.
La luz de tus labios vuelve a encenderme.
Abro los ojos
y veo atravesar la oscuridad
una libélula frágil y persistente,
como si incluso en los tiempos más sombríos
algo continuara buscando la claridad.
Mi corazón queda archivado
en las horas y en los días.
Las arenas desgastan lentamente la piedra,
el tiempo roe la memoria,
y sin embargo
hay algo que permanece intacto:
la respiración compartida en medio de la noche.
Llevo tu corazón oculto dentro del mío.
Un gato vigila desde los tejados,
las tardes antiguas regresan lentamente,
bruñidas por una luz tranquila
que todavía sabe demorarse sobre las cosas.
Después todo entra en reposo.Mi alma queda suspendida
bajo la siesta inmóvil del árbol.
El mar respira cerca.
La arena anuncia una música remota,
una rapsodia nacida del agua y del viento.
Y las flores abiertas junto a la ribera
permanecen inclinadas sobre el mundo,
como si pensaran en silencio
la fragilidad de estar vivos,
la breve claridad del amor,
la morada invisible
que el lenguaje construye entre dos cuerpos
antes de desaparecer.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 23 de junio de 2026 a las 00:08
- Categoría: Amor
- Lecturas: 4
- En colecciones: Poemas de amor.

Offline)
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