Era un buen día. O al menos eso decía el pronóstico.
Para Nereo, hacía décadas que ningún pronóstico lograba parecer verdaderamente bueno. El cielo podía estar despejado, el viento soplar favorable desde el este y el mar reposar tranquilo bajo el sol de la mañana. Poco importaba. Dentro de él siempre persistía la misma tormenta.
Preparaba la comida como cada día.
Era una rutina precisa, casi ceremonial, monótona y milimétrica. Siempre para dos. Cortaba las verduras en el mismo orden, servía los platos en el mismo lugar y dejaba dos vasos sobre la mesa.
Poco importaba cuánto condimentara la comida; todo tenía el mismo sabor apagado. Sin sentido. Sin color. Mustio. Inapetecible.
Comía sin hambre, por simple inercia.
Observó la fotografía colgada en la pared.
Era la imagen de su último paseo junto a Marina. Ella sonreía mientras fingía gobernar el timón de una pequeña embarcación. Su mirada estaba fija en el horizonte, allí donde el mar y el cielo parecían confundirse en una misma línea azul.
Por aquel entonces, a Nereo le faltaban apenas unas semanas para obtener su licencia de marino.
Y el barco.
El barco que ambos habían soñado durante tantos años ya los esperaba amarrado en el puerto.
Todo estaba planeado al detalle.
Cuando Marina dejara aquel trabajo, largarían amarras y pondrían rumbo al Mediterráneo. Navegarían entre costas antiguas, puertos de piedra y ciudades cuyos nombres habían marcado con tinta sobre mapas gastados.
Pero nada ocurrió como debía.
Todo sucedió de manera repentina.
Una mañana, Marina ya no estaba.
Y con ella desaparecieron los viajes, los puertos y los horizontes compartidos.
Con el paso de los años, Nereo llegó a recordar aquella época como si hubiese pertenecido a otra vida. O quizás a un sueño demasiado lejano para saber si realmente ocurrió.
Fue durante aquellos años de soledad cuando desarrolló una extraña compulsión.
Comenzó a coleccionar barcos de madera encerrados en botellas de vidrio. Pequeños. Grandes. De distintas formas, medidas y colores.
Había algo en ellos que lo fascinaba.
Pequeñas embarcaciones condenadas a permanecer inmóviles para siempre. Velas desplegadas hacia destinos que jamás alcanzarían. Presas del cristal. Incapaces de soltar amarras.
Fragatas.
Veleros.
Decenas de ellos observándolo desde estanterías, mesas y rincones de la casa.
A veces, durante las noches de tormenta, Nereo tenía la sensación de que aquellos barcos lo observaban a él, como si compartieran la misma condena.
Hasta que una mañana despertó con lo que consideró una epifanía.
Una revelación tan absurda como inevitable.
Si no podía partir hacia el mar, convertiría su hogar en un barco.
Acudió al viejo astillero del puerto y compró madera suficiente para transformar cada rincón de la vivienda. Revistió las paredes. Instaló ojos de buey donde antes había ventanas. Cubrió los techos con tablones curvados. Transformó los pasillos en corredores propios de una antigua nave mercante. Incluso construyó una pequeña cubierta desde la cual podía contemplar las puestas de sol.
Poco a poco, la casa desapareció.
En su lugar surgió un barco.
Un enorme barco inmóvil, varado entre calles y jardines.
Los vecinos comenzaron a señalarlo con curiosidad. Los niños se detenían frente a la cerca para observar aquella extraña embarcación
que parecía haber encallado en mitad de la ciudad.
Pero Nereo ya no escuchaba a nadie.
Vivía a bordo.
Dormía a bordo.
Soñaba a bordo.
Hasta que una mañana comprendió que había llegado la hora de partir.
Tomó una de las botellas de vidrio que tanto había coleccionado. En su interior descansaba un pequeño velero de madera. Entre sus mástiles escondió una carta.
La historia de un viaje que nunca había llegado a comenzar.
Luego caminó hasta la costa.
El mar estaba tranquilo.
Como si hubiese estado aguardando aquel momento durante años.
Allí, entre los reflejos dorados de la mañana, distinguió una silueta familiar.
Era el velero que había comprado junto a Marina.
Seguía anclado.
Cubierto de óxido y sal.
Esperándolo.
Sonrió.
Subió a bordo.
Soltó las amarras.
Arrojó la botella al agua.
Por primera vez, el pequeño velero encerrado en el cristal pareció navegar.
La corriente lo empujó suavemente.
Y Nereo lo observó alejarse.
Meciéndose entre las olas.
Cada vez más lejos.
Cada vez más pequeño.
Hasta convertirse en un punto diminuto perdido en el horizonte.
Cuando cayó la noche, ambos desaparecieron.
Nadie volvió a verlo.
Con el tiempo comenzaron las historias.
Algunos juraban haberlo visto navegando por el Mediterráneo.
Otros aseguraban que jamás existió y que todo era una leyenda inventada por viejos marineros aficionados.
Había quienes afirmaban haberlo encontrado caminando por distintos puertos del mundo, hablando solo, sonriendo al mar y habitando algún extraño lugar entre la locura y la lucidez.
¿Cuál era la verdad?
¿Existió realmente Nereo?
Nadie lo supo jamás.
Muchos años después, en una playa distante golpeada por corrientes desconocidas, un turista encontró una botella de vidrio arrastrada por las mareas.
Dentro descansaba un pequeño barco de madera.
Y una carta.
La carta de Nereo.
Aunque ni siquiera eso podía saberse con certeza.
Quizás había sido escrita por él.
O quizás por algún soñador fascinado por las viejas leyendas del mar.
Tal vez por un marinero.
Tal vez por nadie.
Porque algunas historias pertenecen al océano.
Y el océano jamás revela todos sus secretos.
Nunca.
Jamás.
Y quizá, en el fondo, así es mejor.
Autora: Sabrina
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Autor:
Sabrina Laura (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 22 de junio de 2026 a las 17:34
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Poesía Herética, Antonio Pais

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