Hay recuerdos que no regresan como imágenes, sino como heridas que aprendieron a respirar dentro de nosotros, a veces basta una sombra, un olor perdido entre la tarde o el ruido distante de una puerta cerrándose para que todo vuelva: la luz que alguna vez habitó los rincones más oscuros del alma, la extraña certeza de que el mundo tenía sentido y de que la felicidad no era una palabra inventada para consolar a los derrotados.
Entonces uno recuerda.
Recuerda cómo la vida parecía inclinarse suavemente hacia la esperanza, cómo las cosas más simples poseían una grandeza inexplicable, el sonido de una voz querida, una mirada sostenida unos segundos más de lo necesario, la sensación de caminar sin el peso constante de la ausencia, todo era pequeño y, sin embargo, inmenso. Todo era frágil y, por eso mismo, sagrado.
Pero la belleza tiene una crueldad silenciosa: nunca avisa cuándo será la última vez.
Un día estás viviendo el milagro y al siguiente sólo conservas sus cenizas.
Y comienzas a preguntarte si ocurrió realmente, si aquellas sonrisas existieron fuera de tu imaginación, si aquella paz fue una presencia verdadera o una alucinación misericordiosa que el corazón fabricó para soportar la intemperie de estar vivo.
Porque hay pérdidas que no se llevan personas, sino mundos enteros.
Se derrumban los paisajes interiores donde uno había aprendido a descansar, las habitaciones de la memoria quedan vacías, el eco ocupa el lugar de las voces, y la noche, paciente y antigua, vuelve a sentarse junto a nosotros como una vieja conocida.
Entonces regresamos a las fantasía, no porque sean más bellas que la realidad, sino porque son los únicos mausoleos donde aquello que amamos continúa respirando, allí nada muere del todo, allí las manos siguen siendo cálidas, las risas siguen habitando el aire y el tiempo tiene la misericordia de no avanzar.
Mientras tanto, aquí, en el mundo de los vivos, uno aprende a caminar entre ruinas invisibles.
Nadie las ve, nadie sospecha que detrás de una sonrisa común existe una catedral derrumbada, que detrás de una conversación cualquiera sobrevive un incendio que jamás terminó de apagarse, que hay personas que siguen de pie únicamente porque no encontraron la forma de derrumbarse con elegancia.
Fue hermoso mientras duró.
Hermoso de una manera feroz, de esa manera que transforma para siempre a quien la conoce, de esa manera que condena porque después de haber visto la luz verdadera, todas las demás parecen imitaciones.
Y ahora sólo queda este silencio.
Este reino extraño construido con recuerdos, fantasmas y nombres que aún pronuncio en secreto.
Este lugar donde el corazón regresa cada noche para contemplar lo que perdió y donde, por un instante, antes de que amanezca, todo vuelve a estar vivo.
Hasta que la realidad abre nuevamente los ojos y comprendemos que algunas cosas no nos abandonan jamás.
Simplemente dejan de existir en el mundo y continúan existiendo dentro de nosotros.
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Autor:
Bruno Gatica 1 (
Offline) - Publicado: 21 de junio de 2026 a las 23:42
- Categoría: Sin clasificar
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