Claustro capullo

Juan Vallejo

Me volveré un ermitaño. 

Me escurriré en mis dobleces. 

Me encerraré en mi ensimismamiento. 

Destriparé mis campos y enjuagaré los dolores con la melancolía de los limones. 

Cerraré los ojos para no cegarme con las sombras de afuera. 

Detendrá mi pecho su métrica para desaparecer. 

Clausuraré mis labios para pasar desapercibido. 

Ensordecerán mis oídos el silencioso cantar de los vientos del areópago de la montaña. 

Mi espalda será la adarga ante el enemigo intempestivo. 

Mis brazos serán moharras de sal y miel para los días claroscuros advenedizos. 

Y en el claustro capullo de mi conmiseración velaré baladas elegiacas para apaciguar mi ira. 

Y en la llanura de la abundancia escaza de mi alegría, meceré delfines subterráneos de ajonjolí para curar mercedes. 

Y en el valle triste de mis axilas me rodearán lamentos para acunar desagües. 

Y esperaré... 

viendo las ventanas de mi claustro capullo... 

a ver si algún día Apolo destripa las negras nubes... 

a ver si la tempestad germina en Gea jarillones larguizos de arvejas...

a ver si volvieron las abejas a recoger cemento para la casa del mañana. 

Seguiré esperando entonces a que la montaña me indique el momento. 

Esperaré todavía más, quizá siglos después de que la tierra arrasada deje de llorar mis nombres. 

Esperaré a que se obnubile el miedo coronado en las copas de los árboles y de las mesas rebosantes de veneno. 

Abriré mis alas y ojearé el mundo. 

Y si más allá del candor del siglo inmediato vislumbro

tortugas y peces de oro naciendo del maíz, 

me lanzaré al vacío de eudaimonía 

con el deseo inextinguible de ser feliz.  



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