POEMA XXIII

Marcos Magallanes

El horizonte está callado.
Hemos llegado aquí para encontrarnos
después del cansado día.
Puedo reconocerte en el fondo
de aquél paisaje que se aprieta
sobre la línea asediada del ocaso,
para definir el paso de estrellas.

Partidos por el rayo nos reconocemos,
luz de rayo en nuestras horas
y en cada átomo, celebra
este cimbrar de estruendo silencioso.
La verdad siempre sale a la luz
y entre las flores te busco.

A nuestros pies
caen, mariposas en llamas
con sus alas en pena,
yacen en montoncitos de polvo
y tus lágrimas
se mezclan en ellas,
fangosa tristeza de lejanías;
antes estuviste en el aire
con tu imagen y colores múltiples
y hoy eres algo más.

Miedo tienes de mis labios
de mis labios que esconden
mis dientes, y también la raíz
que de todo mi cuerpo
culmina en mi lengua,
y que la sientes
también raíz tuya;
a eso tienes miedo.

La noche es tres veces noche
si no te tengo.
En esta nueva inmensidad me oigo,
me quejo y
un círculo extraño me habita.
Aquí te conocí, dolor desnudo
en el suelo directo,
enredada al frío y la sombra eras
un girar de astro que arde,
plegaria torpe de vela
en parpadeo constante.
Yo me pegué a tu cuerpo
y fuimos entonces una sola raíz
que rompió la tierra,
que emergió hacia el sol
cómo milagro floral y sonoro;
una flor de sol y de agua
una flor que es nuestra
y del mismo color de nuestro milagro.

Tómala, te dije al oído.
Esta es tu flor, este es tu hijo.
Temes que mis manos no sean
sino dos ganchos,
que mi aliento no sea primaveral
encuentro, sino la enfermedad
de los que se aman desde el miedo.
Con las manos desnudas
has tocado la humedad de mi alma
has habitado el ojalá con una ternura
de la que hoy me deshago cual lastre.

Toma con esas manos esta flor
y riégala,
o entrégala al diablo
y que sus finos dientes
la convierta también en polvo,
en el cobarde alivio del olvido.



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