No Me Vuelvo a Enamorar

Luis Barreda Morán

No Me Vuelvo a Enamorar (Prosa)

Ya recorrí ese camino del amor una vez y conozco cada una de sus trampas. Sé cómo empieza: con una mirada que parece distinta a todas las demás, con una palabra sencilla que encuentra el lugar exacto donde habita la esperanza, con una promesa silenciosa que nadie pronuncia pero que ambos creen escuchar. Todo parece luminoso al principio. El corazón se vuelve un viajero imprudente que confunde los espejismos con oasis verdaderos y abre todas sus ventanas antes de saber que vientos habrán de entrar.

Pero también conozco cómo termina. He visto cómo las ilusiones se agrietan lentamente, como un cristal fino que nadie nota romperse hasta que ya está hecho pedazos. He escuchado el eco de las despedidas que llegan disfrazadas de excusas, de silencios cada vez más largos, de ausencias que se vuelven costumbre. He sentido el peso de esperar una voz que no llega y de sostener recuerdos que poco a poco dejan de pertenecer al presente.

Por eso hoy camino con cautela. No porque haya olvidado amar, sino porque aprendí el precio de entregar el alma a quien no sabe cuidarla. Hay cicatrices que no se ven en la piel, pero que enseñan más que cualquier libro. Son marcas invisibles que aparecen cuando una canción trae de regreso una historia terminada, cuando una fecha cualquiera despierta una nostalgia dormida o cuando una calle conocida recuerda una promesa que nunca llegó a cumplirse.

No me vuelvo a enamorar otra vez. Lo repito como quien cierra una puerta en medio de una tormenta. Lo digo para convencer a mi memoria de que ya no debe regresar a los lugares donde fue herida. Lo digo para que mis noches entiendan que no quiero volver a construir castillos sobre nubes pasajeras. Lo digo porque aprendí que no toda compañía evita la soledad y que a veces el abandono comienza mucho antes de la despedida.

He conocido las palabras dulces que se evaporan con el tiempo. He visto juramentos perderse como hojas arrastradas por el viento. He descubierto que algunas personas llegan a nuestras vidas con la intensidad de un incendio y se marchan dejando solamente cenizas. Y aunque durante mucho tiempo creí que el amor era un refugio, entendí que también puede convertirse en una tormenta cuando se entrega a las manos equivocadas.

Ahora prefiero la serenidad de mi propia compañía. Prefiero las mañanas sin incertidumbre y las noches sin preguntas. Prefiero escuchar el murmullo tranquilo de mis pensamientos antes que el ruido de falsas promesas. Hay una paz extraña en dejar de perseguir aquello que siempre se aleja. Hay una libertad silenciosa en dejar de esperar milagros de quienes nunca tuvieron intención de quedarse.

No me vuelvo a enamorar otra vez. No porque el amor no exista, sino porque ya no quiero confundir los sueños con la realidad. Ya no quiero vestir de eternidad lo que apenas es un instante. Ya no quiero entregar mis mejores emociones a quien las considere un detalle sin importancia. He aprendido a guardar para mí la parte más vulnerable de mi corazón, esa que antes ofrecía sin reservas y que tantas veces regresó herida.

Que otros persigan estrellas fugaces y las llamen destino. Que otros crean en promesas escritas sobre el agua. Yo me quedo aquí, observando el horizonte con la calma de quien ha sobrevivido a sus propias tormentas. Ya no necesito que alguien complete mis días ni que dé sentido a mis caminos. He descubierto que la verdadera fortaleza nace cuando uno aprende a sostenerse por sí mismo.

Y si alguna vez la nostalgia intenta convencerme de volver atrás, recordaré todo lo aprendido. Recordaré las lágrimas ocultas detrás de las sonrisas, las esperas interminables, las palabras vacías y las despedidas inesperadas. Recordaré que el corazón merece descanso después de tantas batallas.

Por eso, mientras la noche avanza y el tiempo sigue su curso inevitable, hago una promesa sencilla a mi propia alma: cuidaré de ella mejor que nadie. La protegeré de las falsas esperanzas y de los espejismos disfrazados de felicidad. Y aunque el mundo insista en cantar las virtudes del amor, yo responderé con la serenidad de quien ya conoce sus riesgos.

No me vuelvo a enamorar otra vez. Quizá mañana cambie el rumbo de los vientos, quizá el destino escriba nuevas historias, quizá la vida tenga otros planes. Pero esta noche, y en este instante, mi corazón descansa libre de cadenas, libre de expectativas y libre de promesas rotas. Esta noche elijo la paz. Y por primera vez en mucho tiempo, esa paz es suficiente.

—Luis Barreda/LAB

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