Llegó la tarde con su andar de raso,
y en el palacio del amor dormido,
un alma humilde, sin pedir aplauso,
limpió las sombras del hogar querido.
Pulió los mármoles de casta albura,
abrillantó el bronce de heráldico brillo,
y con afán de mística ternura
barrió el olvido de cada rincón sencillo.
Sufrió el aroma del jabón y el paño,
libró batallas contra el gris olvido,
dejando el templo, libre de aquel daño,
como un sagrario puro y encendido.
Más vino el otro, con andar herido,
el soberano de la vista ciega,
que no percibe el oro ya bruñido
ni el sacrificio que el amor entrega.
Miró los muros de cristal destellantes,
las ricas sedas, el jarrón de Oriente,
pero sus ojos, antes tan amantes,
buscaron solo el soplo de la mente.
Y en la pantalla del cristal oscuro,
donde la tele duerme su letargo,
halló un residuo, un átomo impuro,
y lanzó el dardo de su juicio amargo:
"¡Vaya desidia! ¡Vaya desencanto!
Que aquí la estridencia del polvo impera.
¿Qué has hecho hoy que te ha costado tanto?
¡Si está la casa como el mes que fuera!"
¡Oh, ceguera del alma que no mira
el sudor santo que costó la gloria!
Filtra el cerebro lo que el pecho aspira,
borra el esfuerzo de la humilde historia.
Como no vio la mano que limpiaba
el vasto reino de la blanca sala,
asume el necio que la vida erraba
y que el esfuerzo no batió su ala.
Quedó el silencio como un muro frío,
donde el ultraje su bandera eleva,
uno en el fondo de su propio hastío,
y el otro... herido por la mancha nueva.

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