Siempre me llamó la atención su mirada, su forma de mirar. Como si nadie fuese un desconocido, como si a nadie viera por primera vez; así era, así es. Así el cuadro, el contorno, lo abarcativo de su rostro, coronado por dos piedras preciosas color caramelo que invitan a pensar.
Su mirada, una evocación permanente de momentos compartidos: un otoño en que la lluvia nos llevó a refugiarnos en el mismo lugar, mirando llover desde el ventanal, escuchando el ruidoso crepitar de la lluvia; o un día de primavera incipiente, pasando el dedo índice por la baranda del paseo junto al río; la misma heladería cuando el verano se hacía sentir; la misma plaza una tarde de invierno cuando el límite con la noche se desdibuja lentamente, augurando el encuentro.
Pero, al fin, su mirada siempre fue una buena excusa, aun en esos días de dudas; excusa para vernos, sobrellevar algunos silencios y para aquel primer beso, luego de levantar sus lentes y dejar sus ojos a merced de los demás besos, las confesiones, los descubrimientos, cenas de dos, reuniones, compromisos, un hijo y deseos de seguir soñando con toda la piel.
No tenía pensado despertarme; observarla fue lo mejor de este insomnio. Afuera había dejado de llover.
(A la mujer de mi vida.)
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Autor:
Héctor Gregorio (
Offline) - Publicado: 19 de junio de 2026 a las 14:17
- Categoría: Sin clasificar
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