El monstruo un día volvió.
Extendió una manta sobre mis hombros y se sentó a mi lado mientras caía el sol.
Esta vez fue distinto, vino en la total calma que conserva un océano por la noche.
No hubo chocar de olas entre las rocas, ni tampoco ese barullo de la gran ciudad, o el impacto de dos objetos masivos.
Fue casi tan sutil como el beso de una pluma, el rocío posándose en el césped o incluso la fusión de dos moléculas.
El había vuelto, y lo que más me aterraba era la seguridad con la que había traído sus maletas, pretendiendo quedarse por un tiempo.
Los días pasaban, la rutina seguía con total normalidad, pero cada vez que regresaba a casa con la esperanza de que se hubiera ido, lo encontraba plácidamente esperándome.
Supongo que una parte mía comenzó poco a poco a aceptar la idea de que quizá nunca se iría.
Puedo decir que al final del día somos dos monstruos, el que habita estas paredes conmigo y su sombra que observa paciente cada uno de mis pasos.
Quiero dejarles un consejo; no dejen que la sombra los vea por mucho tiempo, pues podría empezar a nublarles el juicio y hacerles creer que los monstruos se multiplican.
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Autor:
Lara A. (
Offline) - Publicado: 18 de junio de 2026 a las 14:06
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Poesía Herética, Sheilo Sanz

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