Un Padre:
«Eso no es música, es solo ruido,
un eco vacío sin alma ni aliento.
En mis tiempos el ritmo tenía sentido,
poesía que se grababa en el viento.
¿Cómo puedes oír ese caos de frente?
No hay valor en el arte que hoy te consume».
Y juzga el presente, severo y ausente,
desde el pedestal que su edad le presume.
Un Hijo:
«No entiendes la vida, te has quedado atrás,
vives preso en un siglo que ya se murió.
Tu mundo de estantes no vuelve jamás,
el futuro es ahora y la regla cambió.
Tus viejos discursos no tienen valor,
no comprendes el pulso de mi generación».
Y guarda el reproche, con cierto rencor,
tras los auriculares de su aislamiento.
Un muro:
Se cierra la puerta, se apaga el puente,
cada uno blindado en su propia verdad.
Asumen que el tiempo de forma inocente
les dio el monopolio de la realidad.
Ninguno camina hacia el barrio del otro,
no ven que la música, el arte y la piel,
son solo el reflejo del mismo alboroto:
querer ser eternos, ayer y también hoy.
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Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 18 de junio de 2026 a las 06:38
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., El desalmado

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