Pasé la noche despierto, sentado en el borde de mis propios abismos, mientras mis demonios danzaban entre las sombras con la familiaridad de viejos amantes. La madrugada se deslizó sobre mi piel como un suspiro frío, y el tiempo, lento y misericordioso, dejó caer una a una las estrellas sobre el vacío de mis pensamientos.
Entonces llegó la aurora.
La vi descender desde los cielos como una criatura de luz, bordando oro sobre las heridas de la noche. La vi nacer entre nubes y silencios, tan hermosa, tan pura, tan distante de la guerra que habita dentro de mí.
Y mientras el mundo despertaba, yo seguía agotado, sosteniendo entre mis manos los restos invisibles de otra batalla librada en secreto.
Pero el sol no espera a los corazones cansados.
Así que me levanté.
Recogí mis ruinas.
Guardé mis lágrimas en los rincones más profundos del alma.
Y me puse la máscara.
Esa máscara de sonrisas aprendidas y palabras medidas. La máscara que mi familia reconoce, la que tranquiliza a mis amigos, la que engaña al mundo. Una máscara tan perfecta que nadie sospecha que detrás de ella habita un hombre que se desmorona lentamente bajo el peso de sus propios inviernos.
Nadie ve las grietas.
Nadie escucha el eco de los gritos que mueren antes de alcanzar mis labios.
Nadie contempla el jardín de sombras que florece en mi pecho cuando cae la noche.
Porque hay dolores que nacieron para vivir ocultos, como las flores que solo abren sus pétalos bajo la luz de una luna solitaria.
Y yo me he convertido en guardián de mis propias heridas.
Cargo este infierno con la resignación de quien aprendió a caminar encadenado a su destino. Lo llevo sobre los hombros como una cruz tallada con recuerdos, ausencias y sueños que jamás encontraron un lugar donde descansar.
A veces pienso que ya no soy un hombre observando la oscuridad, sino una parte de ella. Un espectro vestido de rutina, una sombra atravesando amaneceres, un alma cansada fingiendo pertenecer a un mundo que hace mucho dejó de comprender.
Y aun así continúo.
Porque incluso en medio de la noche más profunda, una pequeña luz permanece suspendida dentro de mí, tenue como el último latido de una estrella moribunda.
Es ella quien me obliga a seguir respirando cuando todo parece perdido.
Es ella quien sostiene la máscara cuando mis manos tiemblan.
Es ella quien me acompaña mientras camino entre ruinas invisibles.
Y cuando llegue el día en que ya no pueda sostener este disfraz de fortaleza, cuando el cansancio finalmente venza a mis silencios y la máscara caiga al suelo hecha polvo, quizás el viento se lleve mis secretos y revele al mundo la verdad que escondí durante toda una vida:
Que detrás de cada sonrisa habitaba una tormenta.
Que detrás de cada silencio existía un grito.
Y que detrás de mis ojos cansados vivía un hombre que pasó incontables noches conversando con sus demonios, esperando que algún amanecer tuviera la delicadeza de salvarlo.
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Autor:
El oscuro (
Offline) - Publicado: 17 de junio de 2026 a las 11:15
- Comentario del autor sobre el poema: Este poema no habla únicamente de mí. Habla de las almas que sonríen mientras se derrumban en silencio. De quienes se levantan cada mañana después de haber librado guerras invisibles durante la noche. De aquellos que aprendieron a ocultar sus heridas detrás de una mirada tranquila, una sonrisa amable o una aparente fortaleza.
- Categoría: Triste
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, Antonio Pais, rosi12, El desalmado, Osler Detourniel

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