La respiración del ser
En aquel tiempo
estaba acostumbrado a caminar
bajo una claridad que descendía del universo
como una centella silenciosa.
No era solamente luz.
Había en ella una fuerza antigua,
una respiración que atravesaba los montes
y dejaba sobre las piedras, sobre las hojas,
una vibración difícil de nombrar.
Yo avanzaba despacio,
como si cada paso necesitara aprender nuevamente
la cercanía de la tierra.
Las hojas suspiraban alrededor de mí.
El viento las levantaba con intensidad,
pero en su movimiento no había violencia,
sino una manera secreta de permanecer vivas.
Siempre verdes,
abiertas hacia el aire,
como si el mundo entero respirara
a través de sus ramas.
Entonces comprendía los caminos del monte.
No como senderos que conducen a un lugar,
sino como aperturas.
La fragancia húmeda de la vegetación
brotaba desde la profundidad del suelo
y se extendía lentamente en el espacio,
uniendo las piedras, la sombra y el cuerpo
en una misma presencia.
Todo parecía tejido
por una perfección silenciosa.
No la perfección inmóvil de lo acabado,
sino aquella que nace
cuando las cosas habitan plenamente su existencia:
la raíz hundida en la tierra,
la luz descansando sobre el follaje,
el corazón atravesado por una energía
que no le pertenece únicamente a uno mismo.
Debajo de los árboles
el tiempo adquiría otra densidad.
La sombra no ocultaba el día;
lo volvía más profundo.
Y en esa penumbra luminosa
algo esencial comenzaba a revelarse,
como si el mundo se acercara lentamente
hasta tocar el pensamiento.
Por las noches regresaba a mi habitación de adobe.
La casa guardaba el calor de la tarde
en sus paredes silenciosas.
Entraba despacio,
escuchando el leve crujido de la madera,
la respiración del viento junto a la ventana,
la oscuridad acomodándose en los rincones.
Entonces me acostaba.
Y mientras el sueño descendía lentamente sobre mi cuerpo,
la melancolía cincelaba el silencio
con sonidos apenas perceptibles.
No era tristeza solamente.
Era una forma de escucha.
Sentía que algo quería hablar
desde el fondo de la noche.
Por eso buscaba la luna.
Desde un sitio secreto la contemplaba elevarse
sobre la tierra costeña.
Inmensa y quieta,
como una vasija donde el pensamiento
depositara su resplandor más antiguo.
El mar respiraba debajo de ella.
Su rumor llegaba hasta mí
como una lengua anterior a las palabras.
Y en ese instante
el mundo parecía abrirse lentamente,
dejando visible una profundidad
que durante el día permanece oculta.
Entonces aparecías tú.
No venías desde lejos.
Surgías de la misma claridad de la noche,
como si la luna hubiera encontrado en tu cuerpo
una forma más cercana de permanecer.
Mis manos buscaban tu vestido
con la lentitud de quien toca algo sagrado.
El aire tenía una quietud equinoccial;
todo parecía suspendido
entre la respiración y el silencio.
La luz descansaba sobre la tela
como agua sobre una piedra clara.
Y tus ojos…
Tus ojos guardaban un resplandor mineral,
una profundidad terrestre
donde el fuego y la sombra convivían sin destruirse.
Al mirarlos comprendía
que la presencia no consiste en poseer,
sino en habitar plenamente el instante
hasta que el lenguaje mismo
se vuelva refugio de lo que ama.
Entonces callábamos.
Pero el silencio ya no era ausencia.
Era el espacio donde el mundo, la tierra y el cuerpo
respiraban juntos
bajo la misma claridad invisible.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 17 de junio de 2026 a las 00:05
- Categoría: Amor
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais
- En colecciones: Poemas de amor.

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