El origen de la tarde
Tiembla el árbol junto al mar.
No sé si es el viento
o una respiración más antigua
la que atraviesa su corteza
y la hace inclinarse lentamente hacia la tarde.
Permanezco mirándolo.
El día se ha recostado sobre la tierra
como un cuerpo fatigado por la luz.
Sus horas se extienden despacio,
arrugadas como las huellas de unas manos
que han tocado demasiadas veces el mundo.
Y en medio de esa quietud
siento que algo nace en mi frente:
una claridad tenue,
todavía sin palabras,
que abre espacio dentro de mí.
Las olas cuchichean cerca de los mangles.
Hablan una lengua que no alcanzo a comprender del todo,
pero cuya respiración reconozco.
El aire pasa entre las ramas húmedas,
reúne las aves sobre la sombra verde
y las deja suspendidas un instante
entre el cielo y el agua.
Yo escucho.
Hay una felicidad discreta en esta hora,
una manera silenciosa de gravitar con la luz
sin necesidad de poseer nada.
Todo parece mantenerse apenas unido:
las hojas, la sal, el murmullo del río,
la lenta inclinación del día hacia la noche.
Más allá de la tarde
el horizonte comienza a abrirse.
Algo invisible se congrega en el espacio,
como si el mundo preparara una revelación
hecha solamente de aire y resplandor.
Entonces apareces tú.
No llegas desde lejos.
Emerges lentamente de las cosas cercanas:
del movimiento de las ramas,
de la humedad que asciende de la tierra,
del temblor de la luna sobre el agua.
Tus muslos descansan en mis manos
con la naturalidad de un fruto maduro.
Y en ese instante
la luna ensancha los espacios interiores,
abre una profundidad nueva entre los labios
que acaricio en silencio.
Comprendo entonces
que el diálogo no pertenece únicamente a las voces.
También conversan la respiración y la luz,
la piel y el viento,
las raíces ocultas del jardín,
el agua que golpea las piedras del río.
Cada minuto riego un limonero.
Lo hago despacio,
como quien intenta cuidar una forma secreta del tiempo.
Las lilas se estremecen bajo una lluvia breve;
su aroma asciende y permanece flotando
sobre la tarde que comienza a oscurecer.
Levanto la frente.
Los astros resbalan lentamente sobre mí
y arden después en los brazos del mar.
Una constelación cuelga del jardín
como una lámpara silenciosa.
Brilla sobre la corteza del árbol,
madura en las venas
y atraviesa el cuerpo
con una paciencia de fuego.
Entonces te doy mi mirada
sin buscar realmente tus ojos.
Reclino los labios
sobre la transparencia que respira tu pecho,
y escucho allí
algo semejante al origen:
una apertura serena
donde el mundo vuelve a nombrarse.
Mi delirio nace de esa cercanía.
No es exceso ni fiebre,
sino una espuma de imágenes vegetales,
de follajes que avanzan lentamente hacia el insomnio
como si la noche necesitara todavía
seguir floreciendo dentro del cuerpo.
Mi voz se desliza
como agua sobre la hoja del almendro.
Nada quiere imponerse.
El lenguaje aprende a permanecer cercano a las cosas,
a decir apenas lo necesario
para que algo se revele.
Y cuando la oscuridad finalmente desciende,
mi mirada retrocede hacia el cielo,
tatuada por los astros,
y comprende, al fin,
que también ella pertenece
a la respiración del mundo.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 16 de junio de 2026 a las 09:28
- Categoría: Amor
- Lecturas: 2
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- En colecciones: Poemas de amor.

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