Habitarme

Sabrina Laura

Habitarme en la contemplación.
Ir despacio, sin prisa, lejos del ruido de afuera; al compás de mis propios ciclos y no de aquellos que el mundo insiste en imponer.


Habitarme en la sutileza del instante, en aquello que mañana quizá sea recuerdo y que el tiempo, con su inevitable descuido, terminará borrando.


Nada hay más mezquino para el alma humana que aferrarse a la melancolía, sin advertir la eternidad escondida en el acto de contemplar, en la presencia del aquí y ahora.


Porque quizá mañana no exista. Quizá no espere. Quizá no contemple.Quizá por eso siempre fui de adioses ligeros antes que de bienvenidas inesperadas.

Porque todo pasa, todo se transforma y todo se desvanece.Pero mientras contemplamos, el espacio tiempo es por un instante eterno.

Y en ese breve instante suspendido entre lo que fue y lo que será, habita la única eternidad que nos es dada.

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  • Daniel Omar Cignacco

    Este texto se sostiene sobre una idea central muy bien definida: la contemplación como forma de “habitarse” y, al mismo tiempo, como vía de acceso a una experiencia de eternidad en lo efímero. Esa claridad conceptual es uno de sus mayores aciertos, porque permite que el discurso avance con coherencia sin perder densidad reflexiva.

    El verbo “habitarme” funciona como eje filosófico y estético. No es solo una elección poética, sino una declaración de postura existencial: la conciencia no se proyecta hacia fuera, sino que se repliega hacia una interioridad activa, atenta al ritmo propio. Desde ahí, el texto construye una ética del tiempo desacelerado, en oposición al “ruido de afuera” y a las imposiciones del mundo. Esta oposición está bien lograda porque no cae en el cliché del aislamiento, sino que se formula como una búsqueda de sincronía con los propios ciclos.

    Otro de los puntos fuertes es el tratamiento del instante. El poema convierte lo cotidiano en un espacio de alta intensidad perceptiva: lo que hoy ocurre puede ser mañana recuerdo, y esa fragilidad no se vive como pérdida, sino como materia de contemplación. En este sentido, el texto propone una estética de lo transitorio donde el valor no está en la permanencia, sino en la atención plena.

    Especialmente interesante resulta la crítica a la melancolía. Al calificarla de “mezquina”, el texto toma una posición poco frecuente en la poesía introspectiva: no idealiza el dolor ni la fijación en el pasado, sino que las cuestiona en nombre de una forma más activa de presencia. Esta decisión le otorga un carácter filosófico más que meramente emocional, ya que desplaza el foco desde el sentimiento hacia la conciencia del tiempo.

    La estructura basada en repeticiones de “quizá” refuerza el carácter especulativo del discurso. Estas modulaciones introducen incertidumbre sin debilitar la tesis central; por el contrario, la fortalecen, porque muestran que la contemplación no es certeza absoluta, sino apertura a lo posible. El lenguaje se mantiene así en un equilibrio entre afirmación y duda.

    El cierre del texto es uno de sus momentos más sólidos. La idea de que la única eternidad posible se encuentra en el instante contemplado condensa toda la reflexión previa con precisión conceptual. No se trata de una eternidad trascendente o metafísica, sino de una experiencia temporal intensificada, lo que le da al texto una madurez filosófica notable.

    En conjunto, es un texto de gran coherencia interna, con una voz reflexiva clara y sostenida. Su mayor virtud reside en transformar una intuición existencial —la necesidad de habitar el presente— en una formulación poética y filosófica consistente, donde el lenguaje no solo expresa ideas, sino que encarna el ritmo mismo de la contemplación que propone.

  • Nkonek Almanorri

    La contemplación de sí mismo es, en cierto modo, también un acto de cuestionarnos interiormente que nos hace más que que preguntarnos qué queremos dejar aquí y para qué.



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