El rostro invisible de un amor
es todo lo que cabe en un verso,
no hay nada más bello que el color
de la carne y la sal del tiempo.
Escuché por primera vez
tu voz condenadamente bonita
tu caminar arraigado a la belleza de un momento
en la esencia de tu ser escrita
y adherida a la fuerza de tu tez.
En el aire equilibrado de tu mirada
permanecen la vanguardia y la poderosa presencia
de tus por qué, el adiós interminable de tu cuerpo
la insólita amargura de no tenerte se hace visible
y muestra la hondura más plástica de tu ausencia.
en la juventud de tu carne y de tu gloria.
Tres veces te dije adiós
en el perfume inmenso de una despedida
y no hay nada más firme que la pasión
de tu sangre y tu sabor a la excelencia de tus besos vestida.
Nadé en los rios absurdos de tu alma,
conviví con el alegría y el frescor de la mañana
erguidos en tu recuerdo y tu calma
y sentí el prodigio de una semilla a tí amarrada.
¡Eres tú el ritmo y el prodigio de las horas
que se ahogaron en la desdicha de tu nombre!
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Autor:
cblanco53 (
Offline) - Publicado: 15 de junio de 2026 a las 12:35
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Osler Detourniel, Poesía Herética, Salvador Santoyo Sánchez
- En colecciones: La vereda.

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