Recordaba la de veces que "masticaba" los deditos de tus pies. Tus talones, y la de veces que te he lavado con mi lengua las plantas sin reparo alguno.
Ni a olores ni a sabores, porque todos me han parecido deseablemente dulces.
Recordaba cómo algo dentro de mí estaba impaciente, como niño un seis de enero, por pasar a los tibiales y las pantorrillas, donde ahí sí dejaba que los dientes diesen tajadas a mandoble limpio, hasta el punto de que, en ocasiones, tirabas de la pierna rogando que no te propinase bocados.
Esa carne blanquita, tierna, apetecible, que se desparramaba ante mí interminable... o eso quería yo, que nunca se acabase.
Pasar de las rodillas ensalivándote toda enterita ya era una excitación para mí insostenible, pero algo dentro de mí, como las riendas tensas de un jinete imaginario, tiraba apaciguando el trote y bajando mi pulso, antes violento como mar brava.
Esa saliva que humedece los muslos, desde la cara anterior hasta la interior, dejando escapar en ti un suspiro algo más evidente que los demás.
Para cuando mis labios besan tus nalgas, ambos cachetes, siento tus ganas en mis dedos, nerviosos como ladrones que roban deseos pintados de un "no" que nunca se cumplirá.
Unos ladrones intrusos de tus braguitas blancas, limpias de no ser por el olor a mi saliva y tu esencia de mujer, suelta cual lluvia correteando libre por el impluvium de tu zaguán, que se abre, discreto, a mi llamada.
Bajo el algodón despacio, un poco más; te arqueas, un poco más; gimes, un poco más y te dejo la bandera blanca a medio muslo, que aún recuerda mi olor.
Beso el final de tu espalda y voy pasando lentamente mi boca por el contorno de tu culo, que está expedito a mis anhelos.
La lengua frota tu ano con extrema suavidad y se para en el perineo.
Me pides compasión con un gesto de aprobación que termina en la vuelta boca arriba.
Te terminas quitando del todo, desde la mitad de tus piernas, la única prenda que te tapaba y la desechas, ya incómoda, al suelo, en un afán de liberarte de la última de las cadenas que impedían tu entrega total.
Abres las piernas hasta casi no poder más y la flor que antes dormía ahora se abre al sol de mi boca; abiertas las dos, labio a labio, aún sin tocarse. Libidinosas ambas, deseosas, narcisos asomados al agua de las vanidades.
Inquebrantable, viajo aproximándome y tus efluvios inundan mis sentidos; borracho de ellos, me pierdo en lo que subyace ya inevitable.
Veo palpable tu erección, el corazón te late desde tus genitales en un pulso nervioso.
Se abre más la cueva de tu ámbar rosado y las alas de mariposa vacilan de qué lado caer; las ayudo con un leve roce de mi índice, que abre camino a la toma de posesión de mi lengua, como un caballero toma el castillo tras un sitio de meses...
La entrada te deja sin más aire que el que llena plenamente tus pulmones.
Exhalas y fuerzas el roce de mi oral en tu sexo, apretando desde mi pelo mi cabeza a tu entrepierna.
Mi cara se moja en el frenesí de tus movimientos inagotables, exigencia que te lleva a sentir latigazos en tus entrañas, y gritas como si el mundo se hubiese escapado de ellas, inundándolo todo con tu agua de amor.
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Autor:
M.G.Ratia (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 14 de junio de 2026 a las 21:05
- Categoría: Erótico
- Lecturas: 4
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, racsonando

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