El poeta iluminado
no transpira.
Flota.
Camina por la ciudad
sin tocar el suelo,
porque el barro es para los otros.
Él ve lo que nadie ve.
Descifra las sombras.
Interpreta la miseria
como quien corrige un examen.
Habla del hambre
con la panza llena de metáforas.
Habla del dolor
como si lo hubiera inventado.
Si el mundo arde,
es porque no lo escucharon a tiempo.
El poeta iluminado
no se equivoca.
Se indigna.
No ama:
dictamina.
No duda:
declara.
Y cuando escribe,
desde su pequeña altura,
mira a los mortales
como si fueran borradores
mal hechos.
—
Pero hay algo que no dice.
Yo también quise ser ese pequeño dios.
Yo también probé
la embriaguez de tener razón.
La tentación de señalar
sin mancharme.
Creí que la poesía
era una torre.
Hasta que la vida
me bajó de un golpe.
La poesía no es una lámpara
que te pone por encima de la noche.
Es una herida
que no termina de cerrar.
La miseria que señalo
es también mía.
El barro que desprecio
es el mismo que me sostiene.
La poesía no te eleva:
te desnuda.
Y si alguna palabra sobrevive,
no será por su claridad moral,
sino porque alguien —
un lector cansado,
una mujer sola,
un hombre que no entiende su propio dolor—
se reconoció en esa grieta.
El poeta iluminado no muere
cuando deja de brillar.
Muere
cuando olvida
que también está hecho de sombra.
Y recién cuando tiembla,
cuando se sabe igual a todos,
...empieza
...de verdad
...a escribir
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Autor:
Darío Méndez (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 13 de junio de 2026 a las 10:07
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Osler Detourniel, Una voz, Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
Comentarios1
Un poeta iluminado no pretende ser Dios sino el humilde hombre que se reconoce humano y eso ya es poesía.
Dios te bendiga
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