Carta de renuncia

Annet Ramon

Quiero renunciar. No a la vida, sino al mandato.
Renunciar al decreto invisible que me fue entregado al nacer:
sé vista, sé deseada, sé elegida —o no seas nada.
 
Quiero renunciar a la urgencia de ser validada
por ojos que solo buscan reflejos,
de ser nombrada por quien no sabe mi gusto,
de ser amada solo cuando le resulta útil.
 
Renuncio a la idea de que mi valor depende de una elección ajena.
Renuncio a la ficción de que necesito un cuerpo al lado
para ser funcional, respetable,
o para estar completa en el aparador social.
 
Renuncio al mito del alma gemela, de la media naranja,
del hombre correcto en el momento correcto
como única salvación narrativa.
 
No quiero esta carga.
No quiero esta vida jugando eternamente a perseguir o a ser perseguida.
No quiero ser presa, ni cazador.
No quiero ser objeto en un mostrador, ni la apuesta más tentadora de un apostador aburrido.
 
Quiero ser mía. Y de nadie más.
Quiero toda esa intensidad regresando a casa.
Todos esos poemas, todas esas letras, toda esa prosa derramada —pero sobre mi propio cuerpo.
 
Quiero elegirme sin testigos.
Quiero sentirme completa sin permiso.
Quiero vibrar sin deuda.
Quiero ser libre.
Libre en serio.


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