Bajo la sombra triste de la noche
me quedé abrazando aquel recuerdo,
el eco de tu risa en mi memoria
y el calor de tus manos en mi pecho.
Te fuiste como se marcha el viento,
sin avisar siquiera a mis heridas,
dejando un corazón enamorado
llorando entre silencios y cenizas.
Yo no sé en qué momento me perdí,
ni cuándo te volviste mi universo,
solo sé que contigo descubrí
que también duele hermoso un sentimiento.
Te di mis madrugadas y mis sueños,
las canciones más dulces de mi alma,
las palabras que nunca dije a nadie
y las ganas eternas de cuidarte con calma.
Un osito dormilón te regalé
como un niño inocente enamorado,
porque en sus ojos tiernos yo escondía
todo lo que por ti había callado.
Y aquel beso pequeño de despedida
fue suficiente para hacerme eterno,
porque desde ese instante comprendí
que ya vivías dentro de mi pecho.
Ay amor…
cómo olvidarte si hasta el aire
me recuerda tu perfume cuando pasa,
si cada rincón murmura tu nombre
y mi tristeza contigo se abraza.
No te culpo por haberte ido,
quizás el amor no fue suficiente,
quizás yo te amé demasiado rápido
y tú solo querías algo diferente.
Pero qué difícil es arrancarte
cuando uno ama con toda el alma,
cuando cada detalle se convierte
en una cicatriz que nunca sana.
Yo fui cariñoso, tú bien lo sabes,
te hablé bonito y te cuidé despacio,
te miraba como mira la luna
al mar enamorado en el espacio.
Nunca quise hacerte daño,
ni apagar la luz de tu alegría,
yo solamente quise ser refugio
para tus miedos y tus días.
Ahora camino solo entre la gente
con este corazón hecho pedazos,
preguntándole al cielo cada noche
por qué el amor termina en llanto.
Y aunque me digan que te olvide,
mi alma insiste en esperarte,
porque hay amores que se quedan
aunque la vida quiera arrancarles.
Si algún día lees estas palabras,
quiero que sepas algo, vida mía:
jamás me arrepentiré de haberte amado,
aunque hoy me ahogue la melancolía.
Porque contigo aprendí ternura,
aprendí a soñar despierto,
aprendí que un simple beso
puede cambiar un universo entero.
Y si me llego a morir de tristeza,
no culpen nunca tu belleza,
culpen a este corazón ingenuo
que te entregó hasta su inocencia.
Culpen a mis ojos por mirarte
como se mira un milagro perdido,
culpen a mi alma enamorada
que aún pronuncia tu nombre en el olvido.
Pero jamás te culpen a ti…
porque incluso en medio de mi dolor,
seguiré guardando aquel osito dormilón
como la prueba más tierna
de que un día existió amor.
Y al final terminamos como todo comenzó dos desconocidos lo raro tus ojos ya no miraban los míos en cambio yo seguía buscándolos en cada rostro que no eras tú.
-
Autor:
Luis de leon (
Offline) - Publicado: 12 de junio de 2026 a las 00:19
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.