La ilusión de lo que nunca fue

Noelia Beteta

Siempre me intrigó la facilidad con la que el corazón
confunde una mirada con una promesa,
como si el destino hablara en silencios
y nosotros, ingenuos traductores,
llenáramos los vacíos con esperanza.

Tus ojos encontraron los míos tantas veces
que terminé creyendo en las coincidencias.
Qué peligrosa es la repetición;
una gota constante sobre la piedra
también termina pareciéndose al amor.

Entonces llegué con las manos abiertas,
ofreciendo tiempo, palabras y desvelos,
como quien planta un jardín en primavera
sin notar que la tierra,
desde el principio, pertenecía al invierno.

Mientras tú respondías,
yo interpretaba.
Mientras tú hablabas,
yo imaginaba.
Qué fácil resulta enamorarse
de aquello que aún no existe.

La distancia no llegó de repente.
Fue una vela apagándose despacio,
una puerta cerrándose con delicadeza,
un nombre pronunciado cada vez menos
hasta convertirse en eco.

Y allí comprendí que la inseguridad
no nace de sentirse pequeño,
sino de contemplar algo tan bello
que uno comienza a sospechar
que jamás le perteneció.

Quizás nunca te perdí.
Para perder algo,
primero hay que poseerlo.
Yo solamente abracé una ilusión
hasta confundirla con tu nombre.

Y cuando el tiempo terminó su trabajo,
cuando la esperanza dejó de inventar caminos,
solo quedó una verdad sobre la mesa:

Tú guardaste intacto tu mundo;
solo fui yo quien perdió el corazón.



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