Lo que habita el vacío
Un vacío habitaba mi pecho.
No era ausencia solamente,
ni una herida abierta en el cuerpo;
era más bien una habitación silenciosa,
un espacio que permanecía esperando
algo que todavía no encontraba su forma.
Y lentamente comenzó a llenarse de follajes.
Las ramas descendieron con una calma antigua,
como si vinieran desde un lugar anterior a la memoria,
y sus hojas se derramaron en tus manos
con la naturalidad con que el agua busca su cauce.
Entonces comprendí
que ciertas presencias no llegan para ocupar un lugar:
llegan para volver habitable aquello que parecía vacío.
El eco de la noche rozó tus párpados,
y la memoria despertó entre dos olas del golfo,
allí donde el agua conserva en su movimiento
lo que nunca termina de abandonar.
A esta hora uno piensa en las manos enlazadas.
Piensa en esa cercanía sencilla
que no necesita palabras para permanecer;
dos cuerpos frente a frente,
respirando la misma lentitud,
dejando que el tiempo suspenda por un instante
su costumbre de avanzar.
Entonces el beso aparece.
No llega como un incendio,
ni como una fuerza que irrumpe;
aparece como un relámpago breve
que ilumina el rostro vacío
y deja una claridad permaneciendo detrás de la piel.
Los peces atraviesan la noche,
la ola alcanza el pensamiento,
y basta ese pequeño movimiento del agua
para guardar la alegría dentro de una piedra.
He vivido atado al oleaje.
He aprendido de las aguas
su modo de acercarse y retirarse,
su manera de no poseer aquello que tocan.
Las olas llegan a los pies sobre la arena,
y el deseo asciende lentamente desde el mar,
como una llama escondida
que busca una respiración para existir.
Frente a mí se abre un espacio lunar inmenso.
La niebla rodea el pulso,
y el pensamiento desciende hacia una profundidad callada,
hacia una sima que no termina de cerrarse.
Las aves atraviesan el cielo,
y su vuelo deja signos invisibles
sobre la piedra del tiempo.
Entonces encontré un cielo de azul mineral.
Y encontré un perfume oculto en el viento,
como si el aire también guardara una memoria
que esperaba ser pronunciada.
Comprendí entonces algo de tu alma:
llevaba una sed tropical en sus raíces,
una fuerza nacida del mar,
una antigua inclinación hacia lo distante,
hacia aquello que todavía no se había revelado.
Y la paciencia comenzó a abrirse.
Se abrió lentamente,
como una puerta que no sabía que estaba cerrada.
Después llegó el silencio.
Entré en él siguiendo la retirada de la ola,
y descubrí que la ausencia no estaba vacía;
también ella respiraba.
Cada noche vuelvo allí.
Me derramo sobre la arena,
y escucho la voz de las olas golpeando las rocas.
El día consume lentamente sus horas,
y el tiempo parece caer gota a gota
desde una estrella escondida.
Mi memoria parpadea en su recorrido,
y de pronto aparece tu risa.
Entonces el cielo despierta sobre nosotros,
y las estrellas dejan de ser distancia;
se convierten en pétalos suspendidos
sobre la profundidad de una mirada.
Te recuerdo cada noche.
Entro en tu silencio
como quien atraviesa una casa conocida.
El aire se deshace lentamente sobre los párpados,
el sueño sonríe desde el fondo del día,
y permanezco escuchando
el crujido de la soledad entre los labios.
Pero el crepúsculo vuelve a sostenerme.
Su luz fermenta lentamente dentro del aire,
y la memoria se inclina sobre las palabras escritas,
como si el lenguaje hubiera esperado desde siempre
este momento para abrirse.
Entonces comprendo:
el cielo germina con la obstinación del mar y del sol.
La palma de mi mano se llena de flores de almendra,
el viento gira dentro de las nubes,
las flores esperan sobre la loma,
y la esperanza asciende lentamente por la espiga.
Yo escribo en silencio.
La calle, la plaza, la risa y la soledad
atraviesan el mundo y permanecen.
Y sobre las aguas del mar continúa una fuerza antigua,
una voluntad paciente que arroja su red
hacia aquello que aún permanece oculto,
esperando una palabra
para comenzar a revelarse.
Antes del nombre
Las olas atraviesan mis venas.
No llegan como una fuerza extraña;
parecen regresar a un lugar que ya conocían,
como si el mar hubiera permanecido desde siempre
dentro de mí,
esperando el instante de recordar su nombre.
Y en ese movimiento mis ojos levantan su fronda,
abren lentamente sus ramas hacia la luz,
como árboles que descubren otra vez
la antigua tarea de mirar.
La memoria despierta.
No busca únicamente lo que ha quedado atrás;
avanza hacia algo que todavía no termina de aparecer,
un vástago nacido del desvelo,
una forma todavía incierta
que intenta abrirse paso entre las sombras.
Entonces me acerco al agua.
No para contemplarla desde lejos,
sino para aprender de ella
la manera de permanecer sin detenerse,
la manera de cambiar
sin abandonar aquello que se es.
Y descubro que mi voluntad
descansa en un azul silencioso,
en una región callada de la conciencia
donde las cosas todavía no tienen nombre
y, sin embargo, ya existen.
El frío nace del viento.
Desciende lentamente entre las ramas
y encuentra refugio en el secreto de los árboles.
Permanece allí,
como una respiración antigua
que atraviesa la corteza y la raíz
sin apresurar su paso.
En la montaña el sol se detiene un instante.
No parece elevarse ni caer;
simplemente permanece,
sostenido por una sed lunar de mi mirada,
como una presencia que no exige ser comprendida,
sólo habitada.
Entonces llega la noche.
Se prolonga en los gestos de las amapolas,
entra en las flores, en la tierra y en el aire,
hasta alcanzar la raíz más secreta del corazón.
Y la luna desciende lentamente.
Toma aquello que estaba disperso,
lo reúne con una paciencia silenciosa,
y yo beso el pulso de tu mano
como quien encuentra una pequeña anidada
después de una larga travesía.
Cierro los ojos.
Y me acerco a la semilla del centeno,
a su permanencia oscura bajo la tierra,
a su manera de esperar
sin exigir la llegada de la luz.
Las libélulas atraviesan el aire,
rozan las hojas,
y el mundo parece entrar poco a poco
en una respiración compartida.
Después las olas golpean la orilla.
La palmera se inclina,
el coral se anuda a la sombra,
y comprendo que incluso aquello que parece inmóvil
participa en el movimiento secreto de las cosas.
Las hormigas recorren las ramas del huerto,
persistentes y pequeñas,
como si el amor también supiera avanzar así:
sin estruendo,
sin apresurarse,
llevando consigo apenas lo necesario.
Levanto la mano
y dibujo un colibrí en el centro de una flor.
La noche continúa pasando.
Los árboles abandonan sus hojas,
el otoño entra en ellos lentamente,
y las horas comienzan a deslizarse
como agua sobre una piedra.
La oscuridad ya no pesa.
Respira.
Y en tus ojos permanece un fervor secreto,
una claridad nacida del agua,
una luz que no busca imponerse
sino quedarse cerca.
Entonces la calma desciende sobre nosotros.
Mi alma se llena con la esencia del rosal,
hasta dejar sus hojas dispersas
allí donde la noche se convierte en huella,
en viento,
en memoria,
en azahar.
Un río para mis manos.
Flores para mi alma.
Y permanezco tendido bajo el horizonte,
con la inquietud de mi mano sobre la herida,
escuchando la lluvia y el aire
entrar y salir del mundo.
Entonces abandono el miedo.
Descubro el origen de la brisa,
su transparencia quieta,
y floreces lentamente entre mis manos,
con la claridad redonda del deseo.
Me aparto del tiempo.
Y dejo en ti la respiración del cielo,
esa brisa antigua que sostiene el vuelo del pájaro
cuando se inclina sobre el agua.
Porque hay cosas que no llegan para ser poseídas.
Llegan para revelarse,
y para enseñarnos, lentamente,
una forma de habitar el mundo.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 11 de junio de 2026 a las 00:04
- Categoría: Amor
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Antonio Pais
- En colecciones: Poemas de amor.

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