Peripecias del hada torpe Titania Episodios XX al XXIV (Reescritos)

Salva Carrión

 

 

EPISODIO XX

el beso del sol y la luna

La búsqueda del Ara Astral se convirtió en una carrera febril contra el reloj de arena. Mientras descendían de las cumbres heladas, Titania escudriñaba el firmamento, descifrando el lenguaje de los astros. Las palabras que la Reina de las Nieves le había confiado al oído —un confidencia reservada frente al resto del grupo— pesaban como plomo en su pecho: «En apenas tres días, el cosmos dictará sentencia».

Se aproximaba el Eclipse de Ámbar, un fenómeno donde las luminarias se alinean en el cenit para sellar el "Beso de Alabastro". En esa conjunción astronómica, el cielo se torna un crisol donde el oro solar y el platino lunar se funden en una frecuencia insólita y divina. Es el instante preciso en que el Velo de la Aurora deja de ser un mito para volverse tangible.

Siguiendo las coordenadas del Oráculo, el grupo abandonó las alturas para internarse en el Valle del Crepúsculo. El lugar poseía una topografía onírica donde el tiempo gravitaba impasible y las leyes de la física se volvían laxas, como resina tibia de arce. Allí, las flores se abrían en un alba rosada perenne y los ríos fluían hacia atrás, buscando su fuente materna.

Sin embargo, el sosiego era un espejismo. —No bajéis la guardia —advirtió Titania, señalando el suelo—. El enemigo no descansa.

Los Acechadores del Vacío, hermanos de los Devoradores, habían mancillado el camino con su presencia fétida. Eran manchas de "negativo" absoluto que devoraban el color de la vida; por donde ellos pisaban, el mundo se volvía bidimensional y gris. Su paso no era un ataque, era toda una erosión de la existencia que dejaba tras de sí un rastro de atrofia cromática.

—El eclipse ocurrirá allí —señaló el hada hacia unas imponentes columnas de basalto—. Es el Altar de los Mundos. Solo cuando las dos luminarias se unan, el Velo se materializará.

De pronto, el cielo se tiñó de una extraña penumbra violeta. El disco marfil de la Luna comenzó su lenta travesía sobre la órbita eclíptica.

—¡Ya comienza! —clamó el Leñador. El metal de su hacha rutiló con reflejos nacarados mientras se preparaba para contener a los Acechadores, que se volvían más feroces a medida que la luz flaqueaba.

Akelia, con los pies firmes en la tierra, invocó el poder de su báculo vital. Un domo de protección envolvió al grupo; una barrera de lianas de fuego que restallaban como látigos contra las sombras.

—¡Ve al altar, Titania! —gritó la Gran Ninfa, con el rostro transpirado por el esfuerzo— ¡Yo mantendré a raya a estas manchas de nada!

En el cenit, la sizigia fue absoluta. Un rayo de luz primigenia, amalgama de perla y fuego, rasgó el firmamento impactando sobre el ara. El aire osciló con un son armónico tan lígrimo que los Acechadores retrocedieron profiriendo espeluznantes alaridos, desintegrándose irreversiblemente en microsegundos.

Titania ascendió hacia el epicentro. Allí, suspendido sobre el granito que relucía con iridiscencias especulares, palpitaba el Velo de la Aurora. Era un tejido de éter con los matices del primer amanecer. Sin embargo, al intentar asirlo, el tejido se volatilizaba entre sus dedos con una burla lúdica, esquiva como el rocío.

—¡No se deja atrapar! —exclamó frustrada, viendo cómo el Velo se retorcía caprichosamente como humo juguetón.

Entonces, recordó las palabras del Oráculo y comprendió su error.

—No se puede tomar por la fuerza... —masculló Titania— Es un regalo, no un trofeo.

El hada cerró los ojos y descendió suavemente sobre el basalto. Y olvidando el fragor de la batalla, comenzó a entonar una antigua melodía de las hadas primeras:

— “¡Oh, luz de la alborada

sin dueño ni destino!

Yo no quiero ser guiada,

mas quiero ser camino.

 

Vengo de donde el viento

con la savia de la historia,

allí donde el sentimiento

con el tiempo florecía.

 

Huye de tu recelo,

deshaz el nudo fiero,

que en este bajo suelo

tu sentir yo prefiero.

 

¡Oh, luz de la alborada

sin dueño ni destino!

Yo no quiero ser guiada,

mas quiero ser camino.

 

Raíz, vida y memoria,

en fuente clara y fija:

no hay triunfo ni hay gloria

sin que al alma se aflija.

 

Cae el manto de albores   

sobre la paz de la tierra,

que colma los amores

que el universo encierra.

 

¡Oh, luz de la alborada

sin dueño ni destino!

Yo no quiero ser guiada,

mas quiero ser camino”.

 

Al pronunciar la última estrofa, el aire alrededor de Titania dejó de resistirse para venerar el eclipse, quedando impregnado de un aroma a incienso y ozono.

Con la pureza de esta melodía, el Velo cesó su juego. Dócilmente, como una caricia de raso, se dejó caer sobre los hombros de Titania, envolviéndola en una calidez que borró de golpe el frío residual de la Garganta de los Suspiros.

Con el Velo en su poder, la oscuridad del eclipse se disipó. Los Acechadores se evaporaron como una débil neblina bajo un sol de mediodía. El valle recobró su calma, aunque una nueva amenaza pesaba sobre los viajeros.

Titania descendió del altar. El manto, ahora invisible para el ojo común, emanaba un aura de tal dignidad que incluso el viento enmudeció mostrando respeto a su paso.

Para el Leñador, un hombre de acción y materia, la melodía de Titania fue como si el peso de su hacha desapareciera. Sus músculos, tensos por el fragor del combate contra las sombras, experimentaron una distensión relajante.

Akelia, como ninfa y ser vinculado a la naturaleza, sintió la canción en su propia estructura celular. Sus venas se llenaron de ambrosía revitalizante. El esfuerzo agónico de mantener el domo de protección se evaporó y ella recuperó su resistencia habitual frente a la fatiga.

Cerró los ojos y dejó que su báculo floreciera espontáneamente en flores de azahar y jazmín, algo que nunca había sucedido en medio de un eclipse. Sintió una conexión telúrica tan potente que sus pies parecieron echar raíces invisibles en el basalto del altar. Fue una batalla ganada.

El Leñador se dejó caer sobre una roca, envainando su hacha con un sonoro estufido de alivio. Y dejó escapar un comentario tan espontáneo como irónico:

—¡Uf! parece que esto acabó. Tiempo para descanso que yo soy un mortal, no un hada… Pues menos mal que te ha dado por cantar, Titania —comentó, secándose el sudor de la frente con el antebrazo— Peor hubiera sido que los bardos del Bosque Nevado estuvieran aquí con sus horribles canciones. Esas sí que habrían atraído a más acechadores, o al menos nos habrían dejado sordos antes de tiempo.

Titania esbozó una sonrisa conciliadora, aún envuelta en la dignidad de su manto astral:

—No seas tan severo, buen hombre— Repuso Titania. En sus cantos también habita la memoria de las flores; aunque a veces confundan la afinación con el entusiasmo.

—Así es —añadió Akelia, mientras contemplaba cómo los pétalos de jazmín de su báculo se mecían plácidamente— Hay que apelar a la tolerancia y a la buena voluntad de los bardos. Al fin y al cabo, ponen todo su corazón en cada nota... por muy estridente que resulte para nuestros oídos.

—¡Sigamos atentos!. Con este prodigioso Velo podremos ocultar nuestra presencia de los ojos del Gran Vacío —sentenció Akelia insuflando una buena dosis de arrojo ente ellos, aunque su mirada seguía escudriñando el imprevisible horizonte— Pero el Velo solo protege lo que cubre. Las sombras huelen nuestro rastro y no se detendrán hasta encontrar la forma de quebrar nuestra marcha. ¡Estemos preparados!

*********

 

 

Episodio XXI

El Espíritu de la Tierra

El Velo de la Aurora envolvía al grupo, protegiéndolo de la mirada aniquiladora del Gran Vacío. Sin embargo, la magia exigía un precio severo: uno de ellos debía ofrecerse como voluntario para custodiarlo, convirtiéndose en un centinela eterno, una estatua inamovible de vigilancia perpetua.

Titania se negaba a permitir que sus amigos se transformaran en piedra. Miró a Akelia y al fiel Leñador, y supo que el sacrificio de cualquiera de ellos quebraría la sólida sincronía que habían forjado.

—La Arborelia no acepta presiones, ni siquiera las del destino— declaró Titania con determinación— Si permitimos que uno de nosotros se convierta en un pedrusco, la paz nacerá de una pérdida, y eso sería una victoria para las sombras. El Velo no tendrá un guardián visible; su custodio será la propia determinación del cielo. Además, nuestro Bosque queda ya a muchas jornadas de aquí; no podemos permitirnos perder a nadie en este propósito.

El silencio en el claro se volvió opresivo. Akelia mantenía la mirada perdida entre las hojas del ramaje, mientras el Leñador apretaba el mango de su hacha con una resignación que lastimaba el corazón de Titania. Ambos, por lealtad, estaban dispuestos al sacrificio.

—Pero alguien debe custodiarlo —intervino el Leñador con voz ronca— El Velo es frágil; en campo abierto se desvanece y quedaríamos expuestos.

Titania levitó unos palmos sobre el suelo. Sus ojos amatista resplandecían con una claridad sobrenatural.

—Si el Velo necesita un centinela, fundiremos su protección con la melodía de lo eterno. Lo anclaremos al oxígeno mismo.

Era una audacia sin precedentes, un desafío a las leyes que sostenían el equilibrio de los ciclos terrenales.

Al intentar alterar el destino del Velo, la realidad pareció rasgarse. El suelo articuló lamento hondo, un sonido que brotaba de las profundas placas tectónicas donde descansan los secretos del orbe terrenal.

De las grietas recién abiertas emergió el Espíritu de la Tierra. Una gigantesca criatura nacida del primer compás de la creación. Esta criatura del estrato era una manifestación colosal de la "Memoria del Tiempo". Su origen se remontaba a la Era en que el mundo solo contenía roca y fuego, una bola candente de terraformación que orbitaba en el espacio solar. Él era el juez encargado de vigilar que nada fuera eterno sin pagar su tributo a la muerte, pues sin fin no hay renacimiento.

Su figura era una construcción de pesadilla y belleza: extremidades de raíces petrificadas, hombros de carbono diamantino que refractaban la luz de forma amenazante y un torso cubierto de un verdín tan compacto que podía absorber cualquier onda posible que emanara de toda materia. Su rostro, una máscara de granito severa, de ojos volcánicos, observaba todo lo que acontecía a su alrededor. Al fijar su mirada ígnea en los viajeros, las placas de su pecho vibraron con un crujido de reconocimiento: detectó al instante el fulgor cenizo en el hacha del Leñador y el pulso telúrico de la varita de Titania, aquellas dos llaves cuya energía él mismo había sellado eras atrás en las Fraguas del Norte y en el sentido de la orientación de la ninfa.

—¿Por qué pretendes atar lo eterno a lo que debe morir? —clamó el Espíritu, provocando aludes en las montañas cercanas —Yo soy el peso de los siglos. Si el Velo se funde con el aire, el ciclo se detendrá y vuestro bosque no conocerá más primaveras. La vida solo avanza si algo se entrega a cambio. ¡La magia no es gratuita, pequeña centella!

La presión gravitatoria del gigante obligó a Akelia y al Leñador a hincar una rodilla en tierra. Pero Titania, impulsada por una chispa de rebeldía interna, voló valientemente hacia el centro del torbellino de azufre que rodeaba al coloso.

—No vengo a detener el reloj de la vida, Guardián de Piedra —respondió ella, con sus alas batiendo a la velocidad febril de un colibrí— No busco la inmortalidad estéril, pretendo darle al tiempo un escudo que respire con él. El sacrificio será inútil si se marchita una vida.

El tono de ambos era agresivo. La batalla que parecía inminente y terrible no sería de acero, pues la espada no hiere a la tierra; sería una lid de voluntades. El Espíritu extendió un brazo pétreo y el espacio alrededor de Titania se volvió inorgánico.

—Tú hablas de escudos, pero yo veo cadenas —tronó el gigante— ¿Acaso no comprendes que la belleza del ocaso reside en que debe morir para que nazca el nuevo día? ¡Entrégame un corazón de sangre o retírate!

Titania, resistiendo la presión que amenazaba con quebrar sus alas, replicó:

—Tú ves el tiempo como una línea de cenizas, pero yo lo veo como un círculo de polen que fecunda la existencia. No busco detener la caída de la hoja, sino asegurar que la tierra que la recibe no sea devorada por el Vacío antes de que la semilla despierte. Si el Velo canta, la vida prosigue, ¡se eleva! ¡Acompañadme! ¡Que la música sea nuestro puente sobre el abismo!

El leñador, comprendiendo que su corpulencia bruta era inútil, canalizaba su desacuerdo contra la mole gigantesca golpeando repetidamente el suelo con el mango de ébano de su extraordinaria hacha. Era el latido de un corazón silvestre; la persistencia del trabajo que doma la naturaleza sin destruirla.

El rítmico ¡Cloc, cloc, cloc! del hacha del Leñador comenzó a calar en los cimientos del Espíritu de la Tierra que mostraba sus dudas,

Fue entonces cuando Titania miró a Akelia. La ninfa, comprendiendo que la palabra debía ceder a la fuerza del alma, lanzó una nota tan nítida que el limo que recubría al gigante floreció súbitamente más verde y fresco.

Akelia unió su voz con un canto de siglos antiguos, arpegios que celebraban la belleza de lo pequeño: 

— Canta ninfa lo sencillo

que es del mundo tu brillo,

con trinos de pajarillo

y pasos de cervatillo.

 

Nace el sol de la mañana,

tras el sueño de la tierra,

una luz pura y lozana

tu figura bella encierra.

 

Viene el oro del otoño

con su lluvia de cristal,

cuidando cada retoño

con el secreto vital.

 

Canta ninfa lo sencillo

que es del mundo tu brillo,

con trinos de pajarillo

y pasos de cervatillo.

 

Van arpegios de hojas verdes,

voz de savia y de madera;

si en el bosque tú te pierdes,

sigue su senda verdadera.

 

Escuchad el fiel aviso,

pequeña es la bendición:

que en el nuevo paraíso

late fuerte el corazón.

 

Canta ninfa lo sencillo

que es del mundo tu brillo,

con trinos de pajarillo

y pasos de cervatillo.

 

—¡Mírame! —gritó Titania al Espíritu —¡No es un ruego, es una canción de bondad! No obstaculices nuestra determinación frente a las tinieblas.

En el centro del torbellino, Titania tejió un tapiz de limpio claror, entrelazando las hebras del Velo con el ritmo del hacha y la melodía de la ninfa. Con un estallido de fuegos químicos, el Velo de la Aurora se fragmentó en billones de chispas que se integraron en cada molécula de oxígeno.

El cambio fue vertiginoso. Las flores exhalaban ahora un aroma que actuaba como una barrera infranqueable para la oscuridad. El Velo ya no era una carga; era el aire mismo. Mientras hubiese música, risas o el susurro del viento, el escudo seguiría vivo.

El gigante de piedra, cuyo cuerpo de granito y carbono comenzó a cuartearse, no se desmoronó con violencia, sino con una parsimonia reverencial. Los ojos volcánicos del coloso perdieron su furor amenazante, transformándose en dos faros de benevolencia profunda que inundó el claro. Por primera vez desde la Era de roca y fuego, el Espíritu de la Tierra sonrió, un movimiento sutil que hizo brotar cieno perfumado de sus severas facciones.

—He grabado vuestros nombres en las raíces del mundo, pequeños mortales —retumbó su voz, ahora convertida en una bella aurora montañesa— Mis ojos os juzgaron hoy, pero mi propia esencia ya os acompañaba en el filo de vuestro acero y en la brújula de vuestro compromiso.

Mi juicio buscaba la rigidez de la ley, pero vuestra alma ha demostrado la flexibilidad de la vida. Vuestra misión no nace de la soberbia, sino de una bondad honesta que incluso las capas de la tierra pueden sentir. Id en paz, pues el suelo que pisáis os reconoce ahora como sus salvadores y os sostendrá en vuestra marcha contra las tinieblas.

Con un último gesto de aquiescencia, el Espíritu comenzó a hundirse, fundiendo sus extremidades petrificadas con los estratos de los que había emergido. Las grietas del suelo se sellaron silenciosamente, dejando en su lugar un lecho de algodones fecundos que exhalaban el aroma del primer amanecer de la creación. Titania descendió exhausta. Su halo era delicado, pero sus alas habían cambiado: ahora lucían un iris permanente que reflejaba todos los matices de los crepúsculos.

El Leñador guardó su hacha con un claro ademán de alivio — Lo hemos logrado —dijo con asombro— Ya no custodiamos el Velo. Ahora... el Velo nos guarda a nosotros.

Akelia sonrió al sentir el sol acariciar su rostro, la comunión sagrada entre su linaje y la tierra redimida. Dando un paso al frente, la Ninfa Guardiana extendió sus manos hacia los brotes nuevos; a su paso, el soplo del Bosque Nevado que portaba en su interior se fundió con el terreno creando belleza y vida prometedora. Su figura, envuelta en una capa majestuosa, parecía ahora el puente viviente entre el pasado ancestral y la primavera imperecedera.

—Escuchad... el aire está sonriendo de nuevo —pronunció Akelia, y su voz portaba ahora el sello solemne de los guardianes que no temen al tiempo.

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Episodio XXII

Elogio de la Victoria

Tras la integración del Velo de la Aurora, la realidad misma pareció protestar, como una forma obligada a integrar un tejido que no le correspondía. La atmósfera se volvió apelmazada, casi táctil, transformando el oxígeno en una sustancia saturada de partículas que recordaban al estrato residual de estrellas muertas. Cada inhalación era una lucha física; los pulmones de los viajeros se cargaban con el regusto metálico de una fruta que sabía a óxido acibarado. Era el aroma de la supervivencia tras el rayo, una quemazón impalpable que se negaba a disiparse.

Bajo el Sauce de Cristal, cuyas hojas tintineaban con un sonido vidrioso, el grupo permanecía en un mutismo de espera. Akelia, sentada entre unas raíces de cuarzo, intentaba calmar el temblor de sus manos trenzando diademas con flores de azafrán. Sin embargo, la magia remanente era tan potente que las fibras fluctuaban entre sus dedos como brasas cárdenas. Pequeñas volutas de humo se elevaban de su piel, dejando aparentes manchas que ella ignoraba, mientras mantenía la mirada perdida en un horizonte que apenas reconocía.

A su lado, el Leñador se abstraía observando la exquisita pulcritud del filo permanente de su prodigiosa hacha, imposible de ser mellada, y tan impecablemente pulida que reflejaba todo como un espejo de azogue. Esa admiración le impedía sucumbir a la distorsión de la realidad.

Titania no hallaba descanso. Esa última acción no solo había unido planos dimensionales; había dejado algunas lesiones mínimas en su propia sustancia feérica (la composición innata a todas las ninfas): Hilos de argente líquido presionaban sus vasos capilares haciendo visible su desconcierto. Al caer la noche, una grieta de penumbra absoluta comenzó a devorar el horizonte hacia el oeste. La oscuridad consumía los fotones antes de que pudieran reflejarse en el vapor vidrioso.

—Siento una boca que se abre —balbuceó Titania, con una voz que parecía resonar más allá de su propia garganta—. Una ansiedad que desea devolver el mundo al olvido, como si buscara silenciar este curso tan familiar de la existencia.

De pronto, el suelo rugió. Una trepidación nacida en las profundidades tectónicas sacudió el bosque con tal violencia que el Sauce de Cristal desprendió una lluvia de teas ígneas. Guiada por el eco de la vibración, Titania escarbó entre las raíces milenarias, hundiendo las manos en la tierra hirviente hasta desenterrar, incrustado en un bloque de raigambre carmesí, un cilindro de cobre desvaído.

Al tacto, el sello de cera negra se fracturó y la voz del Espíritu de la Tierra retumbó en la atención de los viajeros:

—Escuchad el latido que se apaga —resonó la presencia telúrica, sacudiendo la médula misma del grupo—. El Velo de la Aurora os ha salvado del cataclismo inmediato, pero el tejido de este mundo ha quedado exhausto, debilitado por la paradoja de albergar planos que no le pertenecen. Si vuestras almas permanecen inalteradas, la inercia de vuestro propio pasado os convertirá en el ancla que termine por desgarrar esta dimensión. Este nuevo viaje no es una senda hacia la gloria; es una trashumancia forzosa. La verdadera victoria exige que mutéis vuestra propia esencia antes de que el entorno colapse por completo.

—Titania, hija del equilibrio: el Velo es un baluarte firme, pero ninguna defensa resiste si el brazo que la sostiene flaquea. Os aguardan nuevos desafíos que requerirán purificar y fortalecer vuestra identidad. Buscad la Ciudad Flotante de Áureo; allí reside la continuidad de la canción de Akelia, la única capaz de contener futuros desgarros —advirtió el ser fantasmagórico— En vuestro camino contaréis con el amparo de una entidad magnánima y de gran poder, quien os facilitará los medios necesarios para consumar vuestra épica.

El estruendo subterráneo amainó ligeramente, cediendo el paso a un cuchicheo entre las hojas de cristal que desvelaba los pormenores de la encomienda:

—Para alcanzar Áureo, la urbe inmarcesible, cruzaréis umbrales donde la carne cede ante el pensamiento —reveló el titán de roca y lodo—. No busquéis senderos en los mapas de los hombres. El artefacto de cobre que sostenéis es un vínculo cósmico que os conducirá a través de las frecuencias invisibles del Abismo. Una vez allí, vuestra meta será sintonizar el canto fragmentado de Akelia con las esferas celestes del tiempo suspendido. El Guardián de las Horas os aguarda, y solo aquel que se despoje de la herrumbre del ego podrá reclamar el favor de quien custodia los puentes de oro. Si fracasáis en este refinamiento místico, la gravedad de vuestras propios miedos os despeñará al vacío de los eones.

El grupo, unido y compacto, hizo caso de esta directriz , se levantó decidido y partió hacia el Oeste, atravesando un paisaje que se desgajaba en esquejes mortecinos. Los árboles se transformaban en láminas bidimensionales al mirarlos de reojo. El cielo cambiaba el cromatismo con cada parpadeo. Tras varias jornadas de fatigosa marcha, el suelo que sostenía sus pisadas simplemente desapareció. Ante ellos se abría el Abismo de los Eones, una declive infinito donde las estrellas se veían por debajo de sus pies. Sobre este plano flotaba Áureo, la ciudad de oro y del tiempo suspendido, girando perezosamente bajo un sol caleidoscópico que proyectaba rayos de frecuencias imposibles.

Para acceder, debían cruzar el Puente de la Arena Etérea, un camino de granos dorados que levitaban magnéticamente. Allí emergió el Guardián de las Horas, un autómata de proporciones colosales hecho de engranajes cósmicos. Su rostro no tenía facciones; era un espejo cóncavo que devolvía a cada viajero la imagen de sus propios yerros y arrepentimientos.

—Nadie entra en Áureo mientras su interior sea irregular —tronó el guardián, y el sonido hizo que la arena del puente oscilara— El paso exige pureza. Entregad algo que no sea físico: una memoria, una generosidad, un miedo.

Akelia retrocedió, viendo en el rostro del guardián el incendio de su infancia. Pero Titania, con una autoridad hierática y los ojos encendidos en un blanco incólume, dio un paso al frente.

—Aceptamos el trato —declaró— Pero no entregaremos un miedo baldío, pues este nos mantiene alerta. Entregamos el sacrificio de nuestra identidad. El saber quiénes somos para poder ser lo que el mundo necesita que seamos.

En ese instante, sus nombres se borraron de sus mentes durante un segundo eterno, dejando un bloqueo perturbador.

Al cruzar el Estuario de los Susurros, la última etapa antes de las puertas de la ciudad, el espacio se volvió viscoso. Akelia vaciló al ver espejismos de su hogar entre la boira; sus pies comenzaron a hundirse entre las nubes que se sentían blandas como arcilla húmeda.

—¡No mires atrás, no mires el ayer! —le gritó Titania, sosteniéndola con una entereza que le amorató el brazo—. El pasado es un lastre de plomo. ¡Áureo solo acepta el presente! ¡Sigamos adelante!.

Sin embargo, al alcanzar el último peldaño de la gran escalinata de oro, ocurrió lo inesperado. Un diafragma de clepsidra líquida, una osmosis de inocencia casta los rechazó violentamente. La ciudad estaba blindada por una sonda de virtud absoluta.

Los viajeros, cubiertos por el barro de la marcha, con las ropas rasgadas, el aliento entrecortado y el alma manchada por el dolor de la batalla, eran "ruido". Eran una nota discordante en una sinfonía de perfección matemática. La ciudad no los odiaba; simplemente no podía permitir un ápice de impureza que pudiera desintegrar su imponentes muros.

En un estallido de energía defensiva que amenazaba con deshacer sus moléculas, el cilindro de cobre en el cinturón de Titania actuó como un enlace de emergencia. El artefacto succionó la flecha del rechazo, plegando el espacio sobre sí mismo como una hoja de papel mojada.

En un lapso de vacío temporal, fueron teletransportados de regreso a un claro del Dosel Viejo, en el Bosque Nevado. El contraste fue brutal: del clima templado de la proximidad de Áureo al frío cortante de la nieve que caía en silencio sobre sus rostros.

El Leñador se dejó caer de rodillas, enterrando sus manos en la nieve para limpiar el rastro del "oro" de sus mejillas. Titania, de pie, contempló cómo el cilindro de cobre se enfriaba.

—Áureo no es un destino geográfico —comprendió ella, mientras su identidad regresaba como un torrente de agua fría—. Es un recinto psíquico que debe ser conquistado mediante una evolución positiva interna.

Akelia la miró fijamente buscando respuestas.

—Somos ruido terrenal, Akelia. Estamos levemente corruptos para entrar en la ciudad de la virtud perpetua.

Comprendieron entonces su nueva misión: para asaltar el cielo por segunda vez, primero debían descender al enredado sistema circulatorio de la savia bajo la corteza terrestre. Debían encontrar y sanar la Raíz Herida en el subsuelo. Solo cuando la tierra recuperara su composición armónica, sus propias emociones cambiarían. Solo entonces dejarían de ser "ruido terrenal" para convertirse en la "música angelical" que las puertas de Áureo les exigían para abrirse de par en par y permitir su acceso. Con este doble propósito, ellos mismos quedarían ungidos con toda una purificación mística.

Titania utilizó el cilindro de cobre para abrir una grieta en la base del Sauce de Cristal. Se deslizaron por túneles de tierra uliginosa y visión cadavérica que les conducían al sistema neurálgico del subsuelo.

El descenso fue un viaje hacia las entrañas de la existencia, donde el aire ya no era oxígeno, sino el vestigio límpido de la vida en su principio de ebullición.

Al llegar al fondo, hallaron un océano de resina lechosa que alimentaba a todos los bosques. En el centro, la Raíz Herida se retorcía, ennegrecida por una gangrena que plañía un duro lamento de socorro.

Para sanarla, Titania vertió su onda de inmaculada ninfa sobre la herida, mientras Akelia cantaba una melodía de crecimiento. Y el Leñador, con su hacha, podaba con precisión las excrecencias venenosas que asfixiaban el flujo de la reanimación.

La nervadura volvió a discurrir impoluta. La voluntad del grupo cambió; el "ruido" de sus almas se armonizó con el decurso terso de la tierra, convirtiéndose en el preludio de una nueva sinfonía

Con la raíz sanada y sus cuerpos en sintonía con la pureza exigida, ya estaban finalmente listos para volver a ascender hacia Áureo.

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Episodio XXIII

El Acorde de la Eternidad

El tránsito desde el Subsuelo de la Savia hasta los estratos nubosos de Áureo fue más que una escalada, fue una exfoliación de todo lo negativo que pudiera contener el ser. Al emerger de las venas internas del mundo, el grupo ya no arrastraba el lodo de la contienda ni el resquemor de antiguas culpas. La sanación de la Raíz Herida había actuado también para ellos como un filtro, refinando la calidad de sus pensamientos y transmutándolos en acordes de perfección completa.

—Es extraño. ¿Os dais cuenta de que nuestros pasos no dejan huella en la nieve? ¡Solo queda una mínima estela vaporosa— expresó el leñador claramente sorprendido!

El frío del Dosel Viejo ya no enfriaba sus músculos; se filtraba en sus poros como una reparadora gasa caliente.

— Y mirad los copos de nieve. Apenas rozan el suelo, ni siquiera se derriten como siempre hemos visto en el Bosque Nevado. Actúan de forma diferente. Se convierten en pequeñas burbujas. Se deslizan entre los dedos conservando su estructura— dijo Akelia examinando maravillada aquellas diminutas esferas espejadas que terminaban acolchando el suelo por donde pisaban.

—Estamos pasando por un lugar desconocido hasta ahora. Es como si el espacio se manifestara de una forma totalmente inusitada. Incluso el paso de las horas parece tener un lapso diferente. Es la antesala de otra dimensión. No podemos controlar estas anormalidades de aparente hermosura en las que estamos inmersos. Deberíamos consultar con nuestras hermanas hadas. Tal vez ellas puedan ayudarnos a encontrar una solución, una salida que nos permita volver a Áureo— propuso Titania.

La hermandad de las hadas de todo el planisferio terrestre oyó esta llamada y se conjuró para asistir a sus dos hermanas ninfas y al Leñador. Magnificando el poder del Cilindro de Cobre proporcionado por el Espíritu de la Tierra y sincronizando mentalmente todo el poder de su magia, las magas plegaron el tejido del espacio con la docilidad de una a tierna hoja de primavera, teletransportándoles y depositándolos frente al Puente de la Arena Etérea, allí donde el tiempo se detiene y el día adquiere la diafanidad del diamante.

Nuevamente ante el Guardián de las Horas, observaron que el autómata no hizo ademán de consultar el laudo imparcial de su balanza. Sabía que la ligereza honorable de sus almas se igualaba al peso de una pluma. El complejo mecanismo de relojería que lucía en su pecho —un enjambre de engranajes y sueños despiertos— se ralentizó hasta detenerse por completo. El espejo de su rostro, que en el primer encuentro devolvió el reflejo de los temores recónditos del grupo, era ahora una superficie pulcra que solo mostraba la determinación honesta de los visitantes.

—Ahora sois parte de la sinfonía universal— sentenció el Guardián con una entonación que reordenó sus complejas piezas— Habéis dejado de ser sujetos desorientados para convertiros en flujos coordinados con todas las polifonías afectuosas.

El leñador, cuyo sentido de la trascendencia cósmica seguía firmemente anclado a la solidez de un buen tocón de roble, contempló el intrincado pecho del autómata y luego miró de reojo las nítidas superficies de Áureo. Confiando en la densidad del aire místico, susurró de forma casi inaudible:

—En mi cabaña no hay tantos engranajes y siempre sé la hora que es. A este relojero aficionado le faltan las agujas…

Los finos oídos de Akelia captaron sus palabras y reprobó la inoportuna apreciación del leñador con una mirada capaz de congelar un fuego sagrado. En un reino donde el tiempo se plegaba como una sutil seda poética, medir la eternidad por la falta de manecillas resultaba una herejía de una rusticidad imperdonable.

—Por favor, guarda tu pragmatismo para los árboles, buen hombre. Estamos ante el Guardián de las Horas, no ante el cuco de tu pared. Un poco más de reverencia y un poco menos de cronometría forestal— le respondió con severidad Akelia.

El leñador bajó la mirada, carraspeó con timidez y ensayó una leve reverencia, excusando su inadecuada espontaneidad mediante un repentino e intensísimo interés por la limpieza de sus botas.

Las puertas de Áureo, antes muros de cuarzo infranqueable giraron silenciosamente sobre sus ejes invisibles. Ambas hojas se deshicieron en un arcoíris acuoso que los invitó a entrar. Al cruzar el umbral vieron la fantástica arquitectura de Áureo que desafiaba toda lógica tridimensional. El aire no se respiraba: se asimilaba, filtrándose a través de sus epidermis.

Los viajeros caminaban sobre alfombras de blandas urdimbres delicadamente dispuestas bajo sus pies. A cada paso el Leñador producía una nota grave y profunda de violonchelo; el paso de Akelia producía arpegios de liras; Titania componía complejos pentagramas de sonidos que deleitaban los más finos oídos.

 —Cada uno de nosotros producimos unas notas musicales que unidas formamos una admirable partitura. Es nuestra comunión con la inmensidad del Universo— interpretó el hada con notoria fascinación.

—Los tres viajeros miraban asombrados el escenario que se abría ante su vista.

La ciudad no se visitaba: se interpretaba. Los edificios y estructuras de la ciudad no estaban anclados al suelo. Las torres de la ciudad flotaban en una danza orbital lenta, siguiendo las leyes de una gravitación poética.

El cielo sobre ellos carecía de nubes; estaba compuesto por ecuaciones rutilantes que describían el nacimiento de nuevas estrellas. Los senderos cambiaban de tono según el sentir de quien los cruzara, componiendo una musicalidad singular para cada caminante.

Titania avanzaba a la vanguardia, convertida en una joya de claridad constante. Sus pies apenas rozaban el mármol pulido que devolvía el reflejo dorado de sus alas, extendidas como láminas de refulgencia estelar. Tras ella, el Leñador y Akelia mantenían un estupor fascinante ante lo que contemplaban sus ojos. El Leñador acariciaba el mango de su hacha, admirado de que el metal dejara la alerta permanente para integrarse con la polifonía de las esferas. Akelia, con los ojos muy abiertos, atendía a las peculiares sombras que proyectaban matices de azul cobalto donde parpadeaban, como luciérnagas, los recuerdos del futuro.

En el corazón de la urbe, bajo un sol cenital de ondas apacibles, se erigía un edificio blanco de torres bulbosas. Allí aguardaba el Arquitecto, una figura de algodón nacarado, envuelta en esferas armilares de zafiro que trazaban a velocidades vertiginosas las órbitas del destino.

Antes de cruzar el umbral del recinto, se activó de forma automática el ceremonioso protocolo de audiencia de la urbe celestial: una leve vibración armónica exigió que las armas quedaran en reposo y que las mentes se abrieran en absoluta transparencia. Conscientes de la solemnidad del encuentro, tanto Akelia como Titania se habían provisto de elegantes vestimentas tejidas con hilos de aurora marciana, coronadas por unos zapatos de diamante rosa que destellaban con cada compás de sus pasos, listos para la gran recepción.

—Habéis sanado la raíz para poder llegar al cielo —dijo el Arquitecto, y su voz fue una respuesta súbita a todas las interrogaciones que acuciaban sus mentes— Titania, el Cilindro de Cobre que portas es el remiendo para la Gran Costura. En épocas recientes el universo perdía su tono activo, diluyéndose flemáticamente en un silencio entrópico negativo. El orbe era un instrumento desafinado por el egoísmo de algunos de sus moradores insensatos. El fluido que rescatasteis de la Raíz Herida contiene la frecuencia de la primera palabra jamás pronunciada. Dichosamente, tú traes la llave y la afinación.

Sin embargo, el destino, que posee un sentido del humor bastante más terrenal que la geometría de Áureo, decidió que tanta elevación espiritual requería un recordatorio de las leyes de la física. Titania, cuyos pies estaban habituados al mullido tapiz de hojarasca del bosque, no calculó la nula fricción de aquel suelo mármol celestial, pulido con el esmero de mil ángeles de suma eficiencia. En un parpadeo, el dobladillo de su imponente vestido de aurora marciana traicionó su elegancia; la ninfa tropezó y, rompiendo la música de las esferas con un seco e inesperado impacto, cayó de rodillas ante el mismísimo Arquitecto.

El Leñador ahogó una exclamación y Akelia contuvo el aliento, temiendo que el universo se colapsara por semejante afrenta a la etiqueta divina. Pero las hadas, incluso caídas, operan bajo otra categoría de gravedad. Titania se puso en pie con una fluidez que hizo dudar a los presentes de si aquello había sido un accidente o una vanguardista reverencia. Sacudió su falda con delicadeza, irguió el cuello y, con una sonrisa de absoluta suficiencia, declaró:

—Disculpad, respetable Arquitecto. Parece ser que vuestros perfectos suelos carecen de la hospitalaria resistencia de la tierra de nuestro Bosque Nevado. Mi caminar ha querido rendir un homenaje demasiado impetuoso a la pulcra solidez de estos pulimentos.

El Arquitecto, cuyas esferas armilares de zafiro tintinearon con lo que pareció ser una ráfaga de suave diversión, inclinó levemente la cabeza. Comprendiendo que incluso la melodía más pura admite una nota discordante, restó importancia al incidente con un gesto de su mano de algodón nacarado:

—La gravedad, querida Titania, es solo el poema con el que la materia expresa su amor por el suelo. No hay torpeza en quien busca la alineación del Cosmos, solo un exceso de entusiasmo en el contacto.

Titania retrocedió unos pasos sin ocultar cierto rubor y manteniendo una sencilla elegancia.

El Cilindro de cobre en sus manos comenzó a modularse con la benevolente venia de los maestros antiguos, en gratitud por la vida recuperada. Siguiendo las indicaciones del Arquitecto, subió la escalinata hasta un monumental órgano decorado de marfil y compuesto por tubos polifónicos de un extraño metal hallado allende las estrellas. En un hueco particularmente luciente encajó el Cilindro en un sitio reservado para acogerlo. Era la ecuación faltante en el insondable Órgano del Todo. Al activarse el mecanismo, los dedos de Titania se volvieron transparentes. Su mirada se tornó de un índigo infinito, sustituyendo el viso de sus ondinas pupilas. Contempló a Akelia y al Leñador que permanecían en un recatado estado de embeleso. Ya no percibía a sus diligentes colegas como seres temporales, los consideraba como un conjunto de partículas lucientes integradas en el Universo. Sintió una punzada de nostalgia al recordar su amado Bosque Nevado y no pudo reprimir que sus ojos se humedecieran por un repentino sentimiento de emotividad. Una lágrima brotó de ellos en forma de perla estilizada. La gota que cayó era el destilado purificado de todos sus miedos, amores y pesares mundanos, que el sistema de Áureo absorbió para convertirlos en una nueva constelación en el firmamento de la ciudad.

La ciudad entera, inoculada con esta clemente intimidad del hada, emitió un acorde perfecto que viajó hasta los confines de la gran eclosión, zurciendo cada grieta que interrumpía la realidad cósmica.

En ese culmen de exaltación, la conciencia de Titania se expandió; dejó de ser una ninfa de los bosques para permutarse en la singular directora de una orquesta que trascendía más allá de lo visible. Con una lucidez destacable, comprendió la interconexión total del mundo: vio los hilos de energía blanca que unían las galaxias con las raíces de los helechos más modestos. Sin embargo, la perfección revelada exigía un precio adicional.

Para sostener la cadencia del mundo, Titania debía aderezarse de una actitud más amplia. La conmiseración se transformó en equilibrio y el amor en ley. Su mirada se volvió límpida como un lago de alta montaña. Clavó sus ojos en el Leñador y Akelia —sus amigos, sus anclas— y vislumbró cuan hermosos, leales y amados eran, como inigualables paisajes distantes vistos desde una altura inalcanzable.

—La canción continúa— siseó Titania. Por última vez, su timbre de ninfa delicada se quebró emitiendo una chispa de humanidad: un ápice de emoción sincera que fue advertida por todos los presentes.

El Arquitecto inclinó su frente en señal de respeto. El Cilindro de Cobre ocupaba su lugar en el gran Órgano del Todo. La misión estaba cumplida.

No obstante, el grupo, percatándose con llaneza de la inmensidad de Áureo, vislumbró que el retorno al Bosque Nevado y a sus propios sueños no sería un camino fácil.

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Episodio XXIV

La Odisea de los Mares de Hierro

Finalizada la ceremonia en el Salón de las Frecuencias, un silencio de plenitud exultante envolvió el ambiente. Titania permanecía en comunión con el Arquitecto, mientras el Leñador y Akelia sentían cómo la magnificencia de Áureo los elevaba hacia una superior octava existencial; un plano donde el pensamiento se hacía acto y la palabra un sello imprescindible.

Sin embargo, pronto experimentaron que la armonía era un organismo tan vivo como vulnerable. Una punzada de arritmia sacudió el pecho de Akelia señalándole que la Arborelia, el espíritu del Bosque Nevado que sostenía el esplendor del sur se marchitaba. Ante tal sospecha, su faz denotó un evidente desasosiego.

—¿Qué te ocurre, Akelia? —preguntó el Leñador, alarmado al ver que las mejillas de la guardiana perdían su color habitual, compitiendo en palidez con la mismísima nieve.

—Algo va terriblemente mal —murmuró ella, con una voz tan tenue que casi se la llevó el viento—. La Arborelia se debilita; el Sur se apaga y necesita auxilio inmediato. Si esa raíz muere, nuestro mundo quedará reducido a una masa orgánica inerte —Un escalofrío recorrió su espalda al recordar la calidez de su noble hogar, ahora en peligro inminente.

—No hay un solo segundo que perder. Vayamos de inmediato —sentenció Titania con determinación, aunque el dramatismo del momento se vio ligeramente empañado mientras intentaba, sin mucho éxito, ajustarse el pomposo e incómodo vestido de gala que amenazaba con asfixiarla antes que las fuerzas del mal.

El Arquitecto intervino con la templanza que lo caracterizaba:

—Mucho me temo que las buenas intenciones no os servirán de alas. No podréis regresar por vuestros propios medios; si pretendéis navegar por las traicioneras corrientes de los mares de nubes, necesitaréis un transporte que sea tan sólido como vuestra voluntad... y, ya que estamos, mudaros a ropas bastante más adecuadas para vuestro quehacer cotidiano— sugirió con una sonrisa pragmática—. ¡Venid, a trabajar!

Bajo su guía, la ciudad celestial engendró un prodigio: el Bajel Celeste. Su casco, tallado en Secuoya Roja por los duendes de Áureo, poseía la ligereza de una hoja de hierba y la resistencia del más sólido diamante. Un mástil soberbio sostenía unas velas tejidas con hilos de seda de araña lunar, capaces de captar el viento celeste y las coordenadas gravitatorias que mueven los astros. La rueda de cabillas quedaba conectada al timón por medio de fibras de centellas trenzadas por los incorpóreos duendes de Áureo. Su manejo no requería ninguna fuerza extraordinaria,  obedecía simplemente a la voluntad de quien lo gobernaba.

El Arquitecto, contemplando la majestuosidad de la obra terminada, extendió sus manos modeladoras sobre la proa del navío y formalizó la entrega al grupo. Con una reverencia que mezclaba la solemnidad del creador y la calidez de un mentor, puso el destino de la nave en manos de Titania.

—Este bajel no os pertenece por herencia, sino por derecho de propósito— declaró ceremonioso— Llevadlo con la certeza de que cada una de sus maderas respira en consonancia con vuestras loables intenciones.

Acto seguido, el sabio constructor fijó su mirada en los viajeros y les deseó éxito en la inminente travesía. Sus palabras de despedida fueron un bálsamo de coraje ante la incertidumbre:

—Que las corrientes superiores os sean propicias y que el tejido de estas velas rasgue la oscuridad que pretende cernirse sobre los caminos. Partid con paso firme hacia el Sur. Los benevolentes auspicios de Áureo os acompañarán en vuestros recorridos.

Fue en ese preciso instante cuando la Ninfa Akelia, con los ojos fijos en el horizonte austral, compartió el peso de su don premonitorio. El sutil malestar que antes la aquejaba se transformó en una certeza helada; su conexión con la naturaleza le advertía que el Sur no solo sufría un debilitamiento natural, sino que algo genuinamente perverso y artificial estaba corrompiendo sus cimientos.

—La herida de la Arborelia es profunda y provocada— advirtió a sus compañeros, conteniendo un temblor— Huelo a metal herrumbrado y a voluntades cautivas; el peligro que nos aguarda en el Sur es una maquinaria que busca silenciar la vida misma.

Antes de que la tripulación soltara las amarras de la nave, Titania sincronizó su mente con toda la estructura del navío y emprendieron el vuelo encauzando la extraordinaria navegación por los cielos insondables.

A medida que abandonaban la pureza del Cenit, el aire se cargó de electricidad estática. El viaje fue vertiginoso: la espuma de las olas celestes mutó en un aire apelmazado, que dificultaba respiración. Bajo la quilla, el hielo se fragmentaba en una especie de arena acuosa que refulgía con un naranja ionizado. Pero la belleza era un espejismo; las negrezcas grietas supuraban un humo atezado que se propagaba paulatinamente sobre el límpido paisaje

De pronto, el bajel retumbó entre los pantocazos. Del mar de vapores surgieron Gárgolas de Ceniza, criaturas de obsidiana y ojos ígneos que iniciaron un imprevisto ataque contra la nave. El Leñador defendió la cubierta; cada golpe de su hacha irisada liberaba ondas eufónicas que desintegraban a los atacantes en polvareda inocua. A su lado, Akelia empleaba su visión de "Recuerdos del Futuro" para anticipar los peligrosos arrecifes de burbujas neurasténicas, guiando la nave con destreza entre los terribles escollos para evitar embarrancar.

En el horizonte emergió Ferrum-Ker, una metrópolis de hierro suspendida por cadenas magnéticas. Era la antítesis de Áureo: una arquitectura del olvido diseñada para mecanizar el espíritu de sus moradores y convertirlos en esclavos carentes de libertad y pensamiento. El arribo fue una colisión de realidades. Al atracar en el Puerto de los Engranajes, una legión de centinelas con lanzas de puntas melladas y llenas de herrumbre les cerró el paso. El Leñador lideró el asalto. Al tocar el suelo metálico, su hacha emitió una resonancia tan limpia que los enemigos, incapaces de procesar esa frecuencia superior, estallaron como pompas de espuma pringosa provocando residuos húmedos de negro hollín y tornillos doblados.

—Hay algo más que está drenando una parte de la Arborelia desde los sótanos de esta opaca ciudad— advirtió acertadamente Akelia, sintiendo un dolor agudo en sus propias alas— Algunas de sus raíces están presas y sufriendo.

En el núcleo de la ciudad descubrieron la infamia: raíces procedentes de la Arborelia habían sido inmovilizadas con pesados garfios de hierro venenoso. Una inmensa bomba, con un ritmo agónico, extraía su vigorizante tónico interior para alimentar las fraguas industriales. Ignorando el calor sofocante, Akelia posó sus manos sobre la caldera principal y entonó la Frecuencia de Retorno, para revertir el estado pernicioso de esa malograda ciudad.

Al reconocer a la Ninfa Guardiana, la savia cautiva se rebeló reventando las tuberías y disolviendo el óxido de los engranajes. La metamorfosis urbana fue inmediata: el pavimento se cubrió de hierba esmeralda y el estruendo de los engranajes se transformó en una nana de frescos rebrotes. La estridencia insoportable de la maquinaria cesó; las rudimentarias calderas de vapor se apagaron, dando paso a fuentes de agua cristalina que lavaron el hollín de los suelos y paredes de los edificios.

Akelia retiró sus manos de la caldera ya fría, sintiendo el flujo de la vida recuperada. Entonces, la visión de la Arborelia se materializó y le habló:

—Siento tu temor, Hija del Acorde. Has visto cómo el propósito podrido de los hombres convirtió el hierro en una cadena. Algo de mí empezó a marchitarse en este recinto amurallado poque creía que ya no habría nadie que cantara para mí..

Akelia cerró los ojos, dejando que las lágrimas limpiaran las cenizas de su rostro.

—No es miedo lo que muestro, Madre Raíz, es aflicción. No comprendo cómo el mal pudo cavar surcos tan profundos en esta tierra. ¿Cómo permitiste que el metal dañara tu benefactora protección?

—La naturaleza se defiende con obras, pequeña ninfa— respondió la Arborelia con un guiño espontáneo que hizo sonreír a los nuevos retoños de flores— El hierro no es el enemigo; es el propósito el que estaba podrido. Los hombres de Ferrum-Ker dejaron de crear para destruir, y empezaron a extraer metales dañinos para dominar todo el lugar. Cuando el corazón se vuelve codicioso, la tierra se vuelve esclava.

Akelia asió algunos tallos nuevos que sobresalían entre los recovecos de la maquinaria, sintiendo que algo impoluto empezaba a renacer. Y respondió en el lenguaje hermético de las hadas:

—El equilibrio es una melodía que nunca se apaga, Madre Raíz. Solo requerías recordar tu propia influencia en el dominio vegetal.

—Lo sé. El equilibrio que has restaurado hoy es halagüeño— la voz de la entidad cobró más protagonismo— Has ennoblecido el hierro con dulzura. Has hecho más que recordar mi canción; has compuesto una estrofa donde la forja y la raíz danzan juntas. Mira a tu alrededor: el metal ya no oprime, ahora es un armazón que sostiene. Debemos recordar lo malo sucedido para preservar la limpieza del futuro. La Arborelia exhaló un vaho de luz que terminó de disolver las sombras.

—A partir de hoy, estas raíces de hierro reciclado serán el puente entre lo creado por la mano del vencido egoísmo y lo fecundado por la tierra. Una naturaleza que ha sobrevivido al hierro y lo ha integrado es invencible— Has luchado con valentía para que la Savia volviera a fluir libre. Desde hoy tendrás el reconocimiento de mi gratitud con esta vara personal que te otorgo.

Una rama florecida se desprendió del espíritu de la Arborelia y levitó hacia Akelia. Era el Brote de Savia: un tallo de hierro flexible con la textura de un pétalo de lirio y el poder de las misteriosas Fraguas Volcánicas del Norte donde Akelia, la propia Ninfa Guardiana ostentaba cierto dominio. Sería la llave para abrir caminos flamantes donde la tecnología y la naturaleza confraternizasen.

Akelia guardó el obsequio cerca de su pecho, sintiendo cómo todo su ser quedaba ligado a ese pulcro Brote de Savia.

—Nosotros continuaremos tu mensaje y lo llevaremos de vuelta a la Rosa de los Vientos para que guíe a los moradores de todas las aguas y tierras —concluyó Akelia, exhausta, pero en paz.

Sin embargo, la transmutación de Ferrum-Ker no estaba exenta de peligro. Aunque las raíces se expandían liberadas, la repentina desconexión de la inmensa bomba industrial provocó una descompresión en las cadenas magnéticas de la metrópolis. El suelo de hierro crujió y la ciudad flotante comenzó a escorarse peligrosamente, amenazando con desplomarse sobre los mares de nubes y aplastar los nuevos brotes. El Leñador intentó golpear el suelo con su hacha para estabilizar la frecuencia, pero la masa metálica era colosal.

—¡Atrás los dos! —resonó una voz impetuosa.

Era Titania. Al ver la crisis, no había dudado en rasgar definitivamente los últimos encajes del pomposo vestido de gala, revelando una indumentaria verde y rústica, mucho más ligera y apta para la acción.

Corriendo hacia el puente de mando del Bajel Celeste, Titania aferró la rueda de cabillas con ambas manos. Su mente, antes en psíquica conexión con el Arquitecto, se fundió ahora de forma total y absoluta con el armazón de la nave. Las fibras de centellas trenzadas del timón quedaron unidas al mando de Titania.

—¡No os entregué mi voluntad para veros caer! —voceó Titania, dirigiéndose tanto a la ciudad como al navío.

Demostrando que el timón obedecía únicamente a la fuerza de su disposición, Titania hizo virar el Bajel Celeste en un ángulo imposible. Las velas de seda de araña lunar atraparon las corrientes gravitatorias del sur con tal magnetismo que crearon un vórtice de viento ascendente. Utilizando el propio bajel como un áncora de energía incontestable, enlazó las fuerzas de la nave a las debilitadas cadenas magnéticas de Ferrum-Ker.

Con un esfuerzo supremo que hizo destellar sus ojos con el fuego de los astros, Titania enderezó la metrópolis, nivelando la ciudad suspendida y asentándola firmemente sobre el nuevo colchón de nubes oxigenadas.

El Leñador y Akelia contemplaron la escena atónitos. Titania ya no era solo la timonel; era la Almirante indiscutible de la travesía.

Desde la proa, con el viento agitando su cabello y una sonrisa de triunfo pragmático, Titania contempló el horizonte pacificado. Ferrum-Ker ya dejó de ser una prisión de metal oxidado para reconvertirse de nuevo en el ubérrimo jardín flotante integrado en el éter.

La tripulación estaba presta para conquistar cualquier tormenta que el destino les deparase.

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*Autores: Nelaery & Salva Carrión

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