La mula blanca

Sebas 1987

Habíamos sido capaces de adornarlos.

¿Pero a qué lobo le importa?

Solo a vos mismo que estás preparado para hacerlo.

Entonces, sin decir más boberías, ¡prendé ese frío que hace fuego, comemierdas!

(¡La mula blanca a los irrebatibles!)

​Los lobos, los lobos.

Famosos como el que perseguía a los cerdos arrogantes,

el tierno, el elegante,

el que tiende trampas,

el petulante, el de capa roja,

el de Hesse, el literario,

el lobo del comisario ruso,

el lobo de los noventa,

el feroz que sonríe en las boletas electorales.

Aquel que pasa el día en la televisión,

ese que se come y eructa lunes y lunas,

el que aún espera encontrar en la sangre la espesura de la luz.

Este que aúlla en las colinas blancas,

debajo de las camas de los temerosos.

Aquel viejo lobo que bebe debajo de los puentes,

el sin pulgas,

el devorador de tiempo,

el incuestionable y, por ende, insospechable,

lobo bruto devoto de las gentes.

El lameetiquetas,

el que devora ilusiones,

el creyente iluso, el limosnero.

El lobo que se peina los colmillos

en las vidrieras,

el que come de las manos

y vomita en el plato.

Aquel lobo que reza solo los domingos y solo esos días nace de empatías.

El inmortal que solo muere los domingos y solo en esos días es capaz de revivir.

El mudo,

el ahuyentador de otros lobos y el que huele a pescado.

Lobo bruto, embalsamado feroz,

felizmente feroz,

felizmente embalsamado…

Pero él era el único que podía adornarlos, y también estaba preparado para eso, entonces qué mierda importa.

​La mula blanca, a los irrebatibles…



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