En el ocaso de la vida, cuando la luz declina,
huimos de la multitud, del ruido que nos mina, de grupos de pantallas,
de la notificación,
de la conversación vacía, sin alma sin razón.
Nos volvemos hacia adentro, en busca de la verdad,
para encontrar el sentido, la propia identidad.
En el silencio monástico, hace siglos comprendieron,
trabajando sin descanso, viviendo en comunidad,
en la oración de las horas, en la permanente frugalidad
que la respuesta está dentro,
y no en la exterioridad.
Anacoretas solos, en el desierto inmenso,
hallaron el camino, el más hondo, el más perfecto.
Los hindúes vaciando su mente en quietud,
repitiendo el mantra, consiguen, la más alta virtud.
Cristianos con su rosario, musitando su fe,
otros en su alabanza, unidos en su visión
supieron temprano, el sentido de la vida,
y al Todo se rindieron, en la senda elegida.
Santa Teresa de Ávila, con su Castillo Interior,
nos muestra las moradas, nos guía en el clamor.
Abandonando todo, el alma ya dispuesta,
a pasar al más allá, a encontrar la respuesta.
Y mientras vamos, inexorable transcurre el tiempo
Y nos prepara para el viaje, para la travesía,
cuando el más allá se acerque, y se vuelva el día
y conozcamos al fin la verdad,
sí, existe nuestra inmortalidad,
sí, existe nuestra eternidad.
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Autor:
Dante Lucrecio (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 9 de junio de 2026 a las 07:49
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Daniel Omar Cignacco

Offline)
Comentarios1
Y la eternidad del poema.
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