Llevo mi alma a la luz de tu corazón  

José Honorio Martínez Ochoa

Llevo mi alma a la luz de tu corazón

 

Te doy unos versos para despertar en tus rumores.

No llegan desde la prisa,
ni buscan romper el silencio;
llegan como el viento entre las ramas,
con la paciencia de aquello que conoce el camino
y vuelve lentamente a una casa antigua.

Me envuelvo en tus ojos.

Permanezco allí,
como una claridad que encuentra un sitio donde reposar,
como el aire cuando atraviesa los árboles
y descubre que también la quietud respira.

Entonces algo en mí comienza a brotar.

Asciendo desde una profundidad que desconocía,
con un tibio silencio de peces,
con esa lentitud secreta de las corrientes
que avanzan bajo el agua
sin interrumpir la serenidad del mundo.

Y comprendo que el amor
no aparece como un relámpago.

Surge lentamente,
como una flor que abre sus pétalos
sin saber todavía que está siendo mirada.

Tu presencia permanece delante de mí,
y deja señales:
mis huellas encuentran refugio en tus ojos,
mis manos reconocen el camino de tu espalda,
y el beso comienza a dibujar una aurora
que todavía no tiene nombre.

Respiro tu nombre por el cielo.

Porque hay nombres que no son solamente palabras;
hay nombres que abren un espacio,
que despliegan una cercanía,
que permiten que algo oculto
encuentre su forma de revelarse.

Mis manos vuelven a tus contornos
como quien regresa a un paisaje conocido
y descubre que nunca dejó de aprenderlo.

Tu rostro se inclina hacia el mar,
y el agua busca en la luz del crepúsculo
las heridas que deja el día al retirarse.

Mi corazón comienza entonces a construir:
levanta una pequeña morada
bajo la sombra tranquila de tus párpados,
un sitio donde la respiración y la memoria
puedan permanecer juntas.

Mis dedos recorren tu rostro
como agua que encuentra nuevamente su cauce;
mis versos atraviesan la noche
como laureles silenciosos,
y busco entre tu risa
el movimiento de las hojas y los lirios,
la indecisión leve de la hierba
cuando el viento la toca por primera vez.

No te distraigas con este aire ardiente.

Llego con el silencio del mar,
con esa voz profunda que permanece debajo de las olas,
y me acerco lentamente
a la estrella escondida de tu corazón.

Aliso los pétalos que el tiempo dejó dispersos,
recorro con mis manos
la dulzura que aún permanece abierta,
y escucho cómo tu presencia modifica el espacio,
cómo las cosas cambian de lugar
cuando alguien verdaderamente llega.

Escúchame bajo el leve temblor de las estrellas.

No permitas que se extinga esta claridad naciente;
el sueño todavía conserva su azul,
y el crepúsculo deposita rosas sobre el pecho del mundo.

Tengo pequeñas gotas de ti.

Las guardo en mí
como quien conserva agua entre las manos,
como quien sabe que ciertas presencias
continúan respirando en nosotros
incluso después del silencio.

Tu mirada avanza como un campo abierto,
y una luna fragmentada
desciende lentamente sobre la noche.

Me refugio entonces
entre los muros rojos de la buganvilia.

La niebla atraviesa el alma herida,
y la luz del corazón se derrama sobre las manos,
como si aquello que permanecía oculto
hubiera esperado este instante para mostrarse.

El sol abre lentamente el lecho de mi interior.

Y escucho el mar.

Escucho su antigua respiración,
su entrar y salir interminable,
su modo de permanecer sin quedarse inmóvil.

Entonces llevo mi alma hacia la luz de tu corazón,

porque amar, quizá,
sea acercarse lentamente a una presencia,
habitarla sin poseerla,

y descubrir, en esa cercanía,
que también nosotros comenzamos a revelarnos.

La gota azul del origen

 Recuerdo la gota azul del cielo.

No la recuerdo como quien vuelve a una imagen,
sino como quien regresa a una respiración antigua
que aún permanece dentro de las cosas.
Hay algo en ella que no terminó de pasar;
algo que continúa acercándose lentamente,
como una claridad que busca de nuevo
el lugar donde alguna vez habitó.

Desciende y se anilla
en el ramaje secreto de mi puño.

Allí permanece,
entre la memoria de la piel y el movimiento de las manos,
como si quisiera recordarme
que también el cuerpo guarda un origen,
una forma silenciosa de recordar aquello
que nunca aprendió a decir con palabras.

Su luz se traduce en gestos.

No habla;
apenas inclina la sombra,
modifica la respiración,
toca suavemente las cosas
hasta dejarlas aparecer de otro modo.

Por eso hablo de la lluvia y del viento,
de su nacimiento en el cielo,
de la roca esbelta junto al mar
que permanece inmóvil mientras las aguas regresan y se alejan.

Hablo de las nubes del mediodía,
de sus círculos lentos,
de la lluvia necesaria que traían consigo
para abrir una alegría discreta en los ojos.

Entonces soñaba.

Y mientras soñaba,
la lluvia descendía con una paciencia antigua
sobre el cáliz silencioso del horizonte.

Los versos y las imágenes
se entrelazaban lentamente,
como raíces buscando profundidad,
como palabras que todavía no conocían su destino
y avanzaban a oscuras hacia una forma.

Después una nostalgia entró por mi ventana.

No llegó como una herida.
Llegó con la lentitud de una yedra azul
subiendo por el muro de la sombra,
buscando una superficie donde sostenerse.

Y sentí mis manos llenarse de una tristeza tranquila,
de esa clase de tristeza que no rompe las cosas,
sino que permanece junto a ellas.

La luna inclinó entonces su luz sobre mi cansancio,
y en el lecho de la hierba
descubrí un corazón imantado por el azul,
una pequeña fuerza secreta
filtrándose en el sonido y en el silencio,
como si quisiera abrir algo dentro de mí.

Los campos comenzaron a desplegarse
delante de mi pensamiento.

Y comprendí que hay una fuerza en el alma
que no pertenece al ruido ni al dominio;
una fuerza que simplemente aparta la oscuridad
para permitir que algo aparezca.

La fuerza del sol era dulce.

Las nubes, al retirarse,
dejaban lirios sobre mis manos,
y las horas avanzaban lentamente por mis venas,
como una escritura que aún no terminaba de revelarse.

Sin embargo algo dolía en el prado,
algo dolía en el jardín,
como si la tierra también conociera
el peso de esperar.

Por las mañanas el arroyo pronunciaba un enigma.

Y yo me preguntaba:

¿será la misma rama inclinándose sobre la piedra,
pidiendo en silencio
que el alma aprenda lentamente a madurar?

El agua levantaba su respiración,
la niebla ascendía sin alas,
y los pájaros abrían sobre el aire
una armonía sencilla y antigua.

Los escuchaba.

Parecían voces llegadas desde muy lejos,
poetas ocultos entre los senderos,
custodios de una claridad mínima
que todavía insistía en revelarse.

Entonces llegaron las noches de abril.

Entré en sus labios
como quien atraviesa una puerta apenas entreabierta.

Las rosas afirmaban lentamente su presencia,
y una sed nacía en secreto entre las estrellas.

El corazón se entregó sin resistencia,
descendió hacia la historia,
como una mano que deja algo precioso
en los bolsillos del tiempo.

Noches de abril.

Fuego sereno.
Orillas del mar detenidas en la luz.
Calor suspendido sobre el crepúsculo.

Y todo parecía permanecer allí,
en una tarde interminable.

Entonces tomé la ilusión entre mis manos,
besé su ternura silenciosa
y derramé mi vida sobre el río.

Desperté junto a ella.

Y comprendí que la inquietud
había entrado en mis ojos,

y que dentro de mí
ya no existía una sola corriente,

sino una multitud de mares respirando,
buscando lentamente
el lugar donde regresar y habitar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  • Autor: José Honorio Martínez Ochoa (Offline Offline)
  • Publicado: 9 de junio de 2026 a las 00:09
  • Comentario del autor sobre el poema: Estos dos poemas forma un mismo movimiento interior: el primero avanza hacia la presencia amorosa; el segundo regresa hacia una fuente más profunda, casi originaria, donde memoria, naturaleza y conciencia se entrelazan. Leídos juntos, dan la impresión de un poema unitario que explora la revelación, la cercanía y el origen de la experiencia amorosa y espiritual.
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 4
  • Usuarios favoritos de este poema: ElidethAbreu
  • En colecciones: Poemas de amor.


Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.