Te escribo desde el crepúsculo que cada tarde,
cuando regreso a casa, gozo desde mi ventana,
mientras tú, ahí medio en sombra ya, transformas
la luz que se va en una emoción que permanece
y que percibo en el diccionario entreabierto de tus calles.
Miro la cárdena claridad que se va esfumando,
luego te miro a ti envuelta en la luz azul
con que te cubre la majestad del cielo
y que pinta el aire azul con tu hermosura
y reviste tu perfil azul con suave velo.
Entonces, para saber que existo y que te amo,
necesito ser consciente de que me esperas.
Amo lo que eres, en secreto,
y no es necesario que lo diga.
Amo el extravío del otoño que te sube por la risa.
Amo la furia que ocultas bajo el frío sin quitarle tierra a las estrellas.
Te amo a ti, sin el bíblico concepto de conocerte,
cuerpo de ciudad con viejo río y venas que arden.
No es necesario morir para que lo entiendas. Vivir,
vivir, vivir es lo que importa. Y mis pasos
se dirigen a ti con el silencio del beso
que me roza la boca en ese jardín
de oportunas soledades con que me arropas,
con que me miras con tus ojos ojivales
tras las celosías de tu piel mudéjar.
Y permaneces ahí en el horizonte que mi mano alcanza,
y me desarraigas de los ojos sentimientos
que se me escapan por los dedos de las manos,
como imágenes de un caleidoscopio
que nunca dejase de girar.
Amor de mis amores, vida mía,
nunca eres la noche, aunque cierre los ojos para verte.
La leve insinuación de tus historias
es luz que deshace el silencio del tiempo.
Y entonces yo te amo más, o siento que te amo
y que bebo el licor impreciso de tus labios
trabado con palabras que vuelan
como hojas secas de los árboles
en el otoño de los parques.
Y llegan los recuerdos como el humo
y como el humo se desvanecen por los pináculos
de tus curvas torres o se adensan bajo los techos
de tu pelo. Pero... yo sé dónde estoy. Aquí,
perdiéndome en lágrimas, ¡silenciosas lágrimas!,
La urgencia de sentir envuelve el instinto de hermosura
y el corazón toma conciencia de que existir es amar,
es subir y bajar, bajar y subir de la luz de la mezquita
al minarete que ahora es tu alma, tu torre de campana,
y alcanzar el orden que aplaca el furor de los suspiros.
¡Qué dulce estado! ¡Qué descansado sufrir!
¡Qué quietud más resistente al fuego de los siglos!
¡Qué compañía tan llena de misterios infinitos
que hacen costumbre la caricia tranquila!
¡Qué alficén y que alcaná, tu cuerpo,
que, de tan antiguo, no envejece y me mira
con las plazas de tus juveniles ojos!
¡Qué anillos que nos atan con flores de almendro y de granado!
¡Qué lealtad! ¡Qué amor!
¡Quiero tu nombre!
y que lleves en la boca del ordenado desorden
de tu sentir un vaso de mi agua,
el aliento que respiro
y la tierra luciente en la que crecen amapolas.
¡Quiero tu nombre! para olvidar todos los nombres,
y abrazarlo y escucharlo con las voces gregorianas del alba,
porque en este fuego de tierra y de aire, de agua, piedra y luz,
todo es beso,
todo es hoy
y no hay tiempo ya donde el sol se oculte,
y espero que se rompa, amor, tu pecho silencioso
en la campana que da cima al viento y la mañana.
¡Que no cese esta llama que envuelve el alba y el ocaso!
¡Que este suave encantamiento no tenga medida en los relojes!
¡Que no cese el hermoso dolor de esta tierna herida
y no se cure la llaga ni con tierras, ni con aires, ni con aguas,
pues su fuego más se aviva y el gozo se agranda en tan gran vuelo
que la razón no encuentra frases ni palabras
para dar cuenta del ardor que tanto maravilla.
¡Qué emoción transparente!
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Autor:
Antonioillan (
Offline) - Publicado: 8 de junio de 2026 a las 12:45
- Comentario del autor sobre el poema: Amor muy cotidiano.
- Categoría: Amor
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, El Hombre de la Rosa, Sheilo Sanz, Mauro Enrique Lopez Z.

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