Se escribe en el día.
Y mientras la luz avanza lentamente sobre las cosas,
el corazón me acompaña,
como si supiera antes que yo
el camino que toman las palabras.
Caen las gotas de la noche,
exactas y silenciosas,
sobre el desvelo que guarda tu memoria;
descienden despacio,
como si buscaran el sitio preciso
donde una presencia aprende a permanecer.
Llegas entonces
a la camisa del aire,
y el mundo parece abrir un espacio para recibirte.
Te acercas a mi agua,
a este espejo brusco y movedizo
que todavía intenta comprender su propia profundidad,
y reposas en su corteza temblorosa
como una claridad que encuentra morada.
Me pregunto:
¿en qué letra de tu nombre
comenzó nuestro beso a florecer?
Porque hay nombres que no sólo nombran.
Hay nombres que abren una región secreta,
un lugar donde algo empieza a revelarse.
Memorizo el tuyo.
Lo sostengo lentamente,
limpio como el gesto del alba
cuando toca por primera vez la superficie del mundo.
Y así como el río se entrega al mar
sin abandonar el agua que ha sido,
también los sueños se inclinan sobre nuestros hombros
y permanecen allí,
respirando con nosotros.
Sobre mi pecho cae el día.
Mi pulso se agita.
Y siento que algo en mí se desprende lentamente:
mis manos dejan de pertenecerme del todo,
avanzan hacia la música que nace de tu cercanía,
como si buscaran una armonía anterior a toda palabra.
Entonces el alba se talla en tus pestañas,
sueña con sus estrellas detenidas,
y el mar regresa a tu cabellera
entre la mordedura leve del viento
y la serenidad que lo acompaña.
La luna cuaja en la cintura del mundo.
El agua madura su voz sobre la arena,
la espuma trabaja lentamente los suspiros,
y el deseo ya no arde:
respira.
La lluvia toca la piel
como quien reconoce un antiguo instrumento,
los árboles levantan sus ramas hacia la noche,
y las hojas, suavemente,
se inclinan hacia la ternura.
Porque cuando nace el pétalo de la alegría,
las nubes descienden un poco más
sobre el cuerpo desnudo del mar.
Y el atardecer, entre tus manos,
se vuelve una geografía secreta:
montañas verdes,
barandas de crepúsculo,
voces que bordean lentamente
la respiración de las olas.
Entonces comprendo algo que permanecía oculto:
que dentro de mí
la virtud más firme no tiene forma de piedra.
Es apenas una gota de lluvia,
una pequeña luz que insiste,
una palabra sostenida por el amor,
una sílaba que encuentra su lugar en el poema
y sonríe, silenciosamente,
porque ha encontrado dónde habitar.
Es el momento de nuestra risa
Es el momento de nuestra risa.
Algo se abre lentamente en el aire,
como si la luz, al desprenderse de la mañana,
buscara una forma de permanecer entre nosotros.
Una línea atraviesa el día,
desnuda y silenciosa.
El azul pasa detrás de las nubes,
se oculta, regresa,
respira dentro del mundo
y deja apenas una huella sobre las cosas.
Permanezco mirando.
Hay instantes que no atraviesan el tiempo;
lo detienen un momento
y levantan una pequeña ternura
en medio de su curso.
Comienzo entonces a recorrer el domingo.
Aparto lentamente sus racimos de horas,
como quien toca frutos suspendidos en una rama,
como quien busca entre la claridad
algo que todavía no ha sido pronunciado.
Y apareces.
Tu presencia modifica el espacio.
Mis ojos dejan de mirar solamente;
entran en el movimiento de las cosas,
aprenden otra gravedad,
otra forma de permanecer cerca.
Los labios llaman.
No irrumpen con violencia,
ni llegan con la urgencia del deseo;
se acercan lentamente,
como aquello que ha esperado mucho tiempo
para revelarse.
Entonces los colores encuentran su cauce,
la distancia abandona sus orillas,
y una corriente desconocida
comienza a respirar entre nosotros.
Soy una fuente escondida en tu interior,
un agua que ignoraba su recorrido
hasta encontrar su lugar.
El beso desciende lentamente,
como un fruto madurando bajo la luz.
Gira alrededor de nuestra cercanía
hasta convertirse en un centro silencioso,
en una claridad pequeña
que sostiene el instante.
Entro contigo en el viento,
no como quien atraviesa un territorio extraño,
sino como quien regresa a una habitación abierta
después de una larga travesía.
Te toco con la punta del corazón.
Escucho entonces una música antigua
moviéndose en la sangre,
una memoria dormida
que despierta cuando algo amado
se aproxima.
Debajo del instante encuentro una cifra secreta:
un canto que asciende lentamente,
como agua buscando su forma
sin apresurar el cauce.
Me sostengo en el remo de tu aire.
Despierto entre tus brazos
y percibo cómo la existencia vuelve a moverse,
cómo las cosas abandonan su silencio
y aparecen nuevamente.
La luna permanece arriba,
no como distancia,
sino como una compañía que vela.
Tu rostro se abre delante de mí lentamente.
La luz oscila entre la sombra y el resplandor.
Y acerco mi voz a tu presencia
como una lluvia que regresa a la tierra.
Te cubro con palabras nacidas del silencio,
con agua sostenida por la memoria,
con aquello que esperó mucho tiempo
una forma para decirse.
Te entrego mi verano,
mi respiración,
mi mirada de espuma.
Y permanezco en la terraza de tu espalda,
uniendo lentamente los hilos del instante,
hasta escuchar cómo la noche y las venas
encuentran un mismo murmullo.
Permanezco allí.
Porque a veces el amor no llega como incendio.
A veces llega apenas como una claridad,
y encuentra, lentamente,
el lugar donde habitar.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 8 de junio de 2026 a las 00:10
- Comentario del autor sobre el poema: Los dos poemas parecen formar un mismo cauce lírico. Comparten una respiración lenta, una poética de la revelación y una concepción del amor como presencia que no irrumpe, sino que se manifiesta gradualmente. Más que narrar una historia amorosa, exploran un modo de habitar el mundo a través de la cercanía, la contemplación y el lenguaje.
- Categoría: Amor
- Lecturas: 12
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, Pedro Novoa Pavon Novoa, Mauro Enrique Lopez Z.
- En colecciones: Poemas de amor.

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