El salón de Chico Ramírez!!!

la flaca

El salón quedaba al final de la calle, el rótulo neón dejaba ver una luz a lo lejos, parpadeaba medio descompuesto entre la niebla de las tres de la mañana y hacía pequeños cortes de corriente con la humedad y los cables expuestos.

 

El salón no tenía ventanas ni salidas, tampoco aire acondicionado, sólo cuatro ventiladores mugrientos pegados al techo que daban vuelta despacio, ¡tan despacio!, en el centro colgaba una enorme bola de espejos, tirando destellos moribundos que originaban las escuálidas luces del destartalado recinto. Además, los luceros navideños que jamás se descolgaron que generaban en los asistentes la perturbadora sensación de que algo, no se sabe qué, se había detenido en el tiempo.

 

Las mesas estaban hacinadas hasta el final con las sillas arriba, el aire aún espeso y nauseabundo, que se inhalaba muy despacio, apenas para no caer.

 

Dando vueltas en el salón, con el trapo del piso estaba Yolanda, la esposa del dueño, una y otra vez daba vueltas concéntricas de manera automática. Ella era regordete y blanca, sudaba como un trozo de sal, el pelo lo tenía rizado y mal lavado, limpiaba el piso asqueroso con un trapo que recogía desde saliva hasta semen, chicles, basura, condones, papeles, colillas de cigarros y cuanto desperdicio dejaran los visitantes cada noche, en la madrugada ella bajaba a hacer lo mismo en aquella circunferencia infinita y, sin embargo, minúscula, que se había vuelto su existencia.

 

Como era de esperar Yolanda ya estaba harta de su vida, de trapear, del salón del chico, y de Chico a fin de cuentas, el viejo era flaco, cualquiera juraría que estaba enfermo y ¿cómo no? si se fumaba unos 60 cigarros al día y tomaba café con whisky en cada comida. Yolanda se lo había advertido dos semanas atrás, se iba a largar de una vez por todas, pero Chico se acomodó a la idea de que las mujeres tienen la costumbre de hablar porque no tienen el valor de actuar.

 

Esa madrugada Chico subió al cerrar el salón y dejó a Yolanda sola con todo el trabajo, al ser las 4:15 am la mujer oyó que la llamaban por entré los barrotes herrumbrados del portón: ¡Yolandita, Yolandita!, era Remigio Quesada, un hombre grande y de buen porte pero feo como él sólo, sacaba guaro de contrabando y proveía a todos los chinchorros y adictos del barrio, Remigio siempre le ofreció a Yolanda una buena vida, pero hubo un tiempo en el que ella en verdad amaba a Chico Ramírez, el mocoso flacucho de ojos saltones que escribía poesías y sabía de música, en cambio Remigio era sólo un buey pero con mucha plata, desde siempre fue así, su tata sabía cómo hacer florecer cualquier negocio a punta de malos tratos y Remigio siguió con la indigna pero muy floreciente empresa de su padre, “siempre hay gente con ganas de olvidar”, decía entre carcajadas en las barras de los bares que frecuentaba.

 

¡Yolanda, Yolandita!

- ¿Qué querés?

- Di nada Yolanda, pasar a tomarme un trago, si vos me acompañás mejor.

- Ya está cerrado

- Tan guapa vos y siempre fregando, vos has fregado toda la mediocridad de tu marido.

- Ándate y no volvás.

- Abrí, que sólo quiero un trago

 

Yolanda por alguna razón abrió el portón, le sirvió un trago y se sirvió uno para ella.

- Y ¿el Chico?, ¿dónde se metió?... yo, francamente Yolanda no entendí nunca esa idea tuya de preferir la pobreza.

- No seas necio, yo preferí un hombre muy diferente al inútil que tengo ahora, pero bueno la vida a todos nos jode.

-Venite conmigo Yolanda, vas a estar mejor.

-Viejo más necio, que yo nunca he querido irme con usted.

-O te venís por las buenas o por las malas.

 

Y se le echó encima como un animal desaforado, Yolanda intentaba quitárselo a punta de fuerza, pero sin hacer ruido para no despertar a Chico, imposible el buey tenía ya maña en eso de obligar muchachas y aunque Yolanda era una vieja, era la vieja que siempre había querido.

 

Yolanda de pronto se vio llena de sangre, el infeliz queriendo romperle la blusa sudada y vieja, le arañó las tetas, en un ataque de pánico, más que de aquella escena, de que Chico bajara y le preguntará porque lo había dejado entrar. Yolanda se arrastró por encima de la barra y tomó el revólver que estaba detrás de la caja registradora y mientras Remigio se restregaba entre las piernas de ella tratando de quitarle la falda, Yolanda le detonó dos tiros en la cabeza, desde un ángulo en el que Remigio, en su afán de verle el culo, nunca se preocupó por saber dónde estaban sus manos.

 

Yolanda quedó maltrecha entre la barra y el banco, con la cabeza de Remigio despedazada entre las piernas. Chico bajó como alma que lleva el diablo y, al ver aquello, se quedó paralizado.

 

De pronto, Yolanda soltó a llorar. Mientras Chico se acercaba con cuidado, preguntándole, casi susurrando, qué había pasado, ella, viéndolo fijamente, vio el resto de sus días en aquel salón, limpiando una y otra vez toda la basura de la gente, contemplando la sombra de un muchacho ya sin poesías, sin largas charlas de música ni arte, sino apenas un mugriento salón de baile y un viejo moribundo, que, en realidad, dejó de estar vivo hace años, pero se empeña en respirar.

 

Yolanda quería gritarle, culparlo, matarlo también. Fue entonces cuando Yolanda levantó la pistola y detonó la última bala, pero esta vez en su cabeza y Chico Ramírez sintió que lo había perdido todo.

Comentarios +

Comentarios1

  • JUSTO ALDÚ

    Tienes mucha facilidad para la prosa.
    Narrativamente, el conflicto va creciendo con eficacia. La aparición de Remigio introduce una amenaza inmediata, pero también representa una alternativa falsa: riqueza y protección construidas sobre la violencia y la degradación moral. El enfrentamiento culmina en una escena brutal que rompe la monotonía del relato, aunque el verdadero clímax no es la muerte de Remigio, sino la revelación interior de Yolanda cuando comprende que, aun sobreviviendo, seguirá atrapada en la misma existencia vacía.

    El desenlace resulta especialmente trágico porque desplaza el foco de la agresión física al vacío espiritual. La decisión final de Yolanda nace menos del miedo o la desesperación momentánea que de la certeza de que sus sueños murieron mucho antes que ella. Así, el texto trasciende el drama criminal para convertirse en una reflexión amarga sobre el fracaso de las ilusiones, la erosión del amor y la lenta destrucción que puede producir una vida sin horizonte.

    Saludos



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